Sus pasos apenas eran audibles entre aquellos pasillos que se extendían como las venas oscuras y metálicas de los monstruos de guerra. Aunque los ecos del futuro presente se colaban por las ventanas en forma de rugido de motor de diesel, el aire olía a piedra húmeda, papel viejo y tabaco rancio. Añoraba el buen tabaco que se fumbana antes de la revolución. Ylyn Sefin se deslizaba sin apenas hacer ruido, con un abrigo negro que prácticamente cubría sus pies, como el avance de un reptil antes de abalanzarse sobre su presa. A su paso nadie hablaba más de lo necesario.
Bolton lo saludó de forma que algunos, los que le concían, podían catalogar de efusiva para el lider del Norte. El ambiente de la estancia era más cálido, con la música suave de un gramófono embolviéndolos y las luces amarillas proyectándose sobre una estancia envuelta por decenas de estantes repletos de libros y un gran escritorio con varios mapas extendidos.
– No podemos esperar más – dijo mientras redirigía un semblante más serio hacia un gran mapa del Norte --. Puede que hayamos triunfado, pero la revolución correrá siempre peligro sin una revolución en Poniente.
Horas después el despacho de Bolton permanecía en penumbra, solo una pequeña lámpara de queroseno arrojaba algo de luz sobre el escritorio. Fuera Boltongrado dormía bajo la nieve. El tic-tac del reloj de pared marcaba con precisión el tiempo, que el Comisario Supremo empezaba a ver como uno de sus principales enemigos. Sus pensamientos saltaban de la teoría a la táctica, del obrero al campesino, del presente incierto al futuro que trataba de construir.
Un ajedrez hecho de árbol arciano decoraba una esquina de la estancia, se quedó observando las piezas. Las suyas estaban en marcha, esperaría a Renwyl y sopesaría sus opciones. Por ahora dedicaría unas palabras al mundo, socialistas de todo Poniente, amgos y enemigos, estaban pendientes de sus palabras. No tardaría ni dos días en difundirse entre los principales boletines progresistas del mundo. La parte más exaltada decía así:
"La guerra que viene será el resultado de la fase más alta del desarrollo capitalista, una vez sobrepasadas las fuerzas productivas de los Estados nacionales y los restos de los antiugos imperios. Las potencias ponientís se lanzarán a la guerra no por la libertad de los pueblos, a los que sigue sometiendo mediante la ilusión de la libertad. La guerra será por el reparto de zonas de influencia, de mercados y por el dominio más allá de los mares.
Los obreros de Poniente no deben apoyar a sus gobiernos, sino transformar esta guerra imperalista en una guerra civil contra su propia burguesía".



