Una espora de moho se asienta sobre la madera húmeda de las gradas. Sus hifas penetran la celulosa. Segregan enzimas. Las cadenas de polímeros se rompen. La energía se transfiere y la espora se multiplica. No hay propósito emocional en su expansión, ajena a los cánticos de los aficionados. El ciclo orgánico no se detiene ante el concepto abstracto del tiempo. Nurgle ve.
Un músculo estriado se contrae bajo la presión extrema del esfuerzo. El ácido láctico se acumula en el tejido. La respiración se agita. Gotas de sudor caen sobre la tierra apelmazada del terreno de juego. En cada gota habita un ecosistema microscópico que busca nuevos huéspedes. El agotamiento físico es la puerta hacia la adaptación térmica y bacteriana. Nurgle ve.
La epidermis es una membrana delgada. Apenas unos milímetros de tejido aíslan el medio interno del vacío exterior. El roce continuo contra las armaduras desgarra esta frontera protectora. La dermis queda expuesta, temblando ante el descenso brusco de temperatura. Un microorganismo solitario se asienta en la herida abierta. Es diminuto, frágil e inconsciente. No comprende el dolor del huésped. Solo busca refugio y calor para no perecer en la sequedad del aire. El gigante sangra. El microbio se aferra a la vida. Ninguno tiene la culpa de su propio diseño. La existencia es un estado de exposición constante. Nurgle ve.
La matriz ósea de un receptor elfo cede ante un impacto cinético superior a su resistencia. El hueso se fractura. La médula queda expuesta a la atmósfera viciada del estadio. Las plaquetas intentan inútilmente cerrar la brecha. Bacterias oportunistas inician la colonización de la herida. No existe malicia en la infección, solo el imperativo celular de proliferar. La vulnerabilidad es el estado natural de la materia. Nurgle ve.
Cuarenta mil entidades biológicas comparten el mismo espacio delimitado. Sus pulmones intercambian gases constantemente. Sus fluidos se vaporizan y se mezclan en el aire. Cada exhalación es un puente invisible entre organismos que se creían aislados. La multiplicidad de espectadores garantiza una dispersión eficiente de material genético. La aglomeración masiva es el sustrato perfecto para el florecimiento. Nurgle ve.
Las glándulas del roedor segregan hormonas de estrés en exceso. Sus sinapsis eléctricas codifican el rencor, un gasto de energía ineficiente. El espécimen planea utilizar agentes patógenos como instrumento de venganza contra otros huéspedes. Pero el microorganismo es ciego. Un bacilo no comprende de agravios históricos, ni necesita la ira para atravesar una membrana celular y replicar su ARN. Su multiplicación ocurrirá de todas formas, dictada únicamente por la temperatura y la proximidad de los cuerpos en el estadio. La biología no requiere de maquinaciones complejas ni de ayudantes voluntarios para expandirse sobre la vulnerabilidad de la carne. El esfuerzo consciente del roedor por dirigir la enfermedad es irrelevante, un eco solitario en un universo mecánico que funciona por pura inercia. Nuffle ve, Nurgle también.
Los Ositos Coprófagos avanzan hacia la línea de golpeo. Sus cuerpos son vectores, simples receptáculos de vida superabundante. El fango se adhiere a la carne hinchada y a los esqueletos asimétricos. No buscan la gloria deportiva, ni comprenden la rivalidad. Solo ofrecen contacto físico ineludible. Intercambio directo de fluidos. Exposición absoluta y total. El árbitro hace sonar el silbato. Nuffle ve, Nurgle sonríe.