– ¿Sabes qué creo? – la sonrisa de Ted no se borraba, ni tras un choque brutal entre sus jugadores que podría haber dejado más que una lesión.
– ¿Qué? – el semblante de su segundo funcionaba como un contraste cómico del alegre entrenador --.
– Que este equipo puede hacer algo especial.
– ¿Aunque seamos más lentos?
– Bueno, sí. Pero eso no significa que nos puedan superar.
– ¿Aunque un equipo enano no gane la liga desde hace décadas?
– Eso es verdad – reconoció sin alterar un ápice su alegre rostro.
– ¿Por qué actúas como si la victoria fuese segura?
– Sé que cuando un grupo de personas trabaja junto y confía unas en otras, pueden conseguir cosas que parecían imposibles.
– Me das ganas de vomitas. ¿Y si perdemos?
– Pues perderemos juntos.
– ¿Y eso te parece suficiente?
– No. Me parece que es el primer paso para conseguir que algún día ganemos juntos.
Las gradas estaban al completo y sus jugadores dispuestos, el entrenamiento de aquella jornada se realizaría a puertas abiertas. El método Morlasso parecía extenderse entre los más hoscos y huraños enanos. No era solo su nuevo entrenador lo que generaba tal expectación, las nuevas instalaciones y los nuevos fichajes habían hecho correr la voz entre todos los enanos de la Isla de Nuffle y cientos habían tenido que conformarse con dar la bienvenida a los jugadores, que aguardaban alrededor de decenas de rugientes hogueras. El clamor de los acampados se entremezclaba con el griterío de las gradas. El estruendo solo daba un respiro entre jugadas, cuando los enanos aprovechaban para llenar sus barrigas y observar atentamente a sus jugadores fetiche.
Tras múltiples embestidas y derribos, el balón cambiaba de manos entre carreras cortas y seguras. Apenas se veían pases, solo brechas abriéndose y cerrándose, un muro de barbas entre las que se colaban a cabezazos los jugadores más avezados. Entre todos ellos destacaba un viejo y veterano jugador. Grombrindal Cazaorcos conseguía aprovechar cada oportunidad, atravesaba la aperturas de la línea defensiva a la menor ocasión, era capaz de placar jugadores más corpulentos y sabía exactamente como detener las intenciones de los rivales y dar espacios necesarios para sus compañeros. Sus jugadas eran las que arrancaban los mayores vítores.
A medida que la afición elegía su nueva estrella, sus grandes momentos se narraban de padres a hijos, recordando las grandes gestas de una carrera extensa y en cierta manera exitosa. La favorita de todos, sin duda, la noche mágica en la que Grombrindal se había lanzado a la carrera contra dos orcos negros y los había derribados al mismo tiempo, algo pequeños para ser orcos, pero dos al fin y al cabo. Su estado de forma, nada desdeñable para rondar el siglo de edad, daba esperanzas a todos de una temporada plagada de éxitos.
– Fíjate Boro, si todos cumplen con tal diligencia las instrucciones nuestro techo será tan alto que ni elfos, orcos o humanos romperán nuestras líneas – la grada enloqueció tras un tanto del protagonista de la conversación de ambos técnicos --. Hemos encontrado a nuestro capitán.
