Enmendar un error

Jon Connington se sintió desfallecer. De todos los futuros que había imaginado mientras caminaba hacia el salón del trono, aquel no entraba en ninguno de sus planes. La Mano del Rey…la Mano del hombre contra el que Rhaegar se había levantado.

¿Qué pensaría su príncipe plateado?, ¿qué pensaría Robert Baratheon, siempre presto a la cólera e impetuoso, como él, en la toma de decisiones? Aerys sonreía y penetraba su alma con aquellos ojos violeta mientras Jon se ahogaba en un mar de dudas. Él, el caballero sin tacha que había desafiado a la muerte y la lógica por rescatar a un señor al que jamás le importaría. Él, el hombre que podía traicionar su honra y reputación por…

Por amor.

Porque al final todos los juramentos, todas las promesas, todas las palabras. Todos los emblemas de la caballería…todo se había desplomado ante la mención de Rhaegar. Ante la visión de su príncipe plateado muerto, traicionado por tantos enemigos a sus espaldas. Y en la sonrisa de Aerys veía la promesa de que él podía cambiar las cosas. De que él podía salvar al Reino…de que él podía traer la paz.

El corazón le latía despacio, al ritmo de la respiración, a medio camino entre cansada y ansiosa. Miró por la ventana. Aerys podía perder pronto la paciencia. Tenía que decidir. Toda la gente de la ciudad, todos los Siete Reinos. Todo Poniente en su mano en aquella decisión, con una hoguera gigante ante el Sept de Baelor como culmen si no aceptaba.

Y Rhaegar.

-¿Qué será de mi familia? Si acepto, Robert acabará con ellos. Los considerará traidores. - Roland, Dorian…¿Cómo salvarlos? Que renegaran de él. Que volvieran con Robert. Él los convencería. -¿Cómo se les protegería?

Y Aerys Targaryen sonrió aún más, porque sabía que ya lo tenía.