El aroma al café del Alto Canciller contrastaba con el hedor a rivalidad entre el Archiduque Hostwyn Bracken y la deslumbrante Ravella Blackwood. Krevyn se debatió durante unos instantes. ¿Debía ser el complaciente tecnócrata con el acostumbraban a tratar o blandir la verdad como un arma? La sombra de la guerra eligió por él.
El Canciller les entregó los informes que había dejado sobre la mesa. No esperaba que los leyeran, sino que los trasladasen a sus Ministros para que les aconsejaran. Él, por su parte, procedió a exponer las líneas maestras que habían guiado su redacción. Todos y cada uno de los problemas que enfrentaban. En tono serio y asertivo, como si hablase de radios de curva, clotoides y pendientes máximas a su Ayudante cuando trazó la línea férrea que unía Aguasdulces y Descanso del Caminante. No dejó espacio a réplica. Tampoco se fijó en si las facciones de sus interlocutores mutaban; le bastaba saber que no se habían dormido.
Cuando terminó, no esperó a que expresasen sus dudas. Sabía que si aquellos dos comenzaban a hablar, acabarían discutiendo. Y pese a que aquel era un fin irremediable, prefería postergarlo. Les hizo entrega de un nuevo dosier. Las soluciones. Uno no planteaba los desafíos que les aguardaban sin haber previsto la respuesta. Así siempre era mejor recibida.
Una vez más, precedió a describir el fondo de aquella línea de actuación en cuanto a alianzas, enfatizando su amistad natural con Occidente y las oportunidades que el Valle ofrecía. Incluyendo ambas partes. Un juego al que ya se había acostumbrado: o contentar a ambos o a ninguno. Sólo así prosperaría cualquier propuesta.