Olor a pelo quemado

-¿Y qué os dicen vuestros hombres dentro de los muros de mi padre y mis hermanas? -le inquirió a Lord Roose un pálido y ojeroso Robb.

-Poco o nada. Están recluidos en la Fortaleza Roja, no se les ha visto por la ciudad desde hace meses.

-¿Creéis que estarán a salvo?

-No -contestó lacónico Lord Bolton-. Los usarán para intentar presionaros para que abandonéis el asedio. Si no hay una salida negociada, asumo que serán ejecutados, si no lo han sido ya.

Robb asintió lentamente y se incorporó. Le hizo una señal a su escudero para que le ayudara a ponerse la armadura. Lord Roose arqueó la ceja.

-¿Pensáis entrar en la ciudad en cuanto se abran las puertas, no es así? E ir directos a la Fortaleza Roja a negociar por la vida de vuestra familia -Robb asintió en silencio, con la mirada clavada en el infinito-. ¿No me oísteis cuando os dije que los hombres del Rey han preparado una trampa para Lord Stannis? -le reprendió en tono severo-. ¿Que tan pronto como entre por las puertas se desatará el infierno?

-Yo no soy Lord Stannis. No se atreverán a hacerme nada -dijo, como queriéndose convencerse a sí mismo-. ¿Y qué sugerís si no? ¿Que me quede aquí, temblando de miedo, mientras ejecutan a mi padre? ¿Mientras Sansa y Arya son sometidas a vejaciones?

-Robb, no dejes que las emociones te cieguen. No debes…

-Tú no eres quien toma las decisiones aquí, Roose -le interrumpió-. Más te valdría recordarlo -le dijo dirigiéndole una mirada de acero valyrio.

Roose hizo un gesto de resignación. Robb terminó de armarse y salió del pabellón, con Viento Gris a su zaga.

-Hmph. El honor hace a los hombres tan previsibles -musitó para sí mismo.


Viento Gris se le acercó más y enseñó los dientes. Se veía poca gente al otro lado de la Puerta del León. Un par de curiosos le miraban entrar, rodeado de sus leales, sentados en los rellanos de las casas colindantes. Tras una ventana, unos ojos brillaron en la oscuridad, y el postigo se cerró. Se respiraba una calma tensa. Habría quien diría que se notaba algo en el aire. Una anticipación. Pero Robb no sentía miedo.

Sentía vergüenza, por haber ordenado un asalto fallido y que tantas vidas se había cobrado. Sentía el peso del cargo aplastándole. La certeza de que, por muchos logros que consiguiera, su mandato como Señor de Invernalia se vería empañado para siempre por su primer fracaso como general. ¿Quién seguiría a la guerra a un señor que solo había luchado una batalla, y la había perdido? ¿Al hombre que trajo a diez mil norteños a morir por Stannis en Desembarco del Rey mientras su familia en el Tridente reclamaba desesperadamente su ayuda? ¿Habría caído ya Aguasdulces? ¿Habrían muerto Lord Hoster y Ser Edmure? Las noticias que recibían no eran buenas. Pese a la audacia de los generales ribereños, la superioridad de las tropas reales hacía las cosas muy difíciles.

¿En qué punto se había equivocado? ¿Cuando decidió no cruzar Los Gemelos? ¿Cuando decidió dar la orden de asaltar la ciudad? ¿Y para qué? Habían terminado rindiéndola por hambre. ¿Para qué había servido nada de lo que había hecho? ¿La muerte de tantos norteños?

Llevaba semanas durmiendo apenas a ratos sueltos. Y siempre se despertaba con la respiración agitada y cubierto en sudor. Se veía una y otra vez luchando sobre los muros. Veía a Alysane Mormont interponiéndose para cubrir su retirada. Las lanzas del enemigo atravesándolas de nuevo. Entre la vigilia y el sueño, suplicaba a su padre que volviera. Que se hiciera cargo del Norte. Que le liberara del peso de un cargo que le aplastaba. Que no le dejaba respirar. Que solo le hacía ansiar una cosa. Una dulce liberación.

Al entrar en la puerta, pisó un charco. ¿Era de agua? ¿U otra cosa? Parecía que algún líquido espeso goteaba del dintel de la Puerta del León. Sin pensárselo, dio otro paso adelante. ¿Qué importaba, a fin de cuentas? Oyó un grito. A Viento Gris gruñir. Y un gran resplandor verdoso inundar su campo de visión.

Y después, solo el calor. Un calor abrasador. Miró a su derecha y vio a Viento Gris retorcerse en el suelo cubierto de llamas. Sus acompañantes corrieron en todas direcciones, aunque apenas llegaron a dar un par de pasos. Tras eso ya no vio más.

Recordó Invernalia. Luchar contra Jon y Theon en el patio de armas. Cabalgar con su padre por el feudo. Las cacerías. Los banquetes. A Sansa enseñándole el emblema que le había cosido en el jubón. Arya convenciéndole para que le dejara su daga para jugar. La regañina de su madre. Bran saltando encima de él desde un árbol. El día que encontraron los lobos. La familia Stark reunida. La manada, junta. Que nunca nada ni nadie podría separar.

Después, el vacío.

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