La declaración de independencia había transformado a Los Gemelos en una caldera. La actividad era febril, y cada noche, simpatizantes de la revuelta y leales al Imperio se enzarzaban en peleas que a menudo terminaban en tragedia, mientras el gobierno civil, despojado de su guarnición, observaba impotente.
El avance del Ejército Imperial, con el Alto Mariscal Alester Vance a la cabeza, había sido tedioso por la burocracia, pero al medio día comenzó la acción. La inteligencia confirmaba la esperanza imperial: los boltoncheviques, aunque desplegados, carecían de artillería. Sin cañones, la guerra moderna era una condena.
Las primeras divisiones del Imperio alcanzaron el Puente Viejo, marchando en formación. La plaza mayor se convirtió, de pronto, en una trampa mortal. Pese a las órdenes estrictas de Vance de evitar el enfrentamiento, alguien abrió fuego. Tras el primer tiro de fusil, las ametralladoras milicianas rugieron. Una compañía entera de infantería imperial cayó antes de que los cañones de campaña pudieran responder. El estruendo fue ensordecedor; las gárgolas del Palacio de Gobierno se quebraron y cayeron.
El Puente Viejo, símbolo de unidad y traición, quedó casi destruido. Las vigas de piedra se partieron, y la corriente del Tridente arrastró los cuerpos del gobierno civil rebelde. En el caos, solo una figura logró escapar de la aniquilación: Yara Umber, con el abrigo chamuscado y la mirada de quien ha visto comenzar una guerra que solo terminará con la aniquilación.
La intención de desescalar se hizo imposible; el humo se aclaró para revelar una carnicería. Decenas de miles de civiles yacían muertos, y diez mil milicianos enemigos habían caído. El Imperio había perdido tenido bajas pero controlaba la ribera oeste y todos los puentes. Sin embargo, más allá del río, cada casa parecía ocultar un francotirador.
Vance tomó la decisión de imponer un toque de queda inmediato y ordenar el repliegue al interior. Las baterías de artillería restantes fueron fortificadas en los accesos de los puentes, protegidas por las tropas, y las casas circundantes fueron desalojadas, con la promesa de compensación imperial. La orden era defender los puentes sin bombardear la ciudad indiscriminadamente.
La táctica funcionó: los milicianos, desorganizados, se retiraron hacia el noreste, dejando la ciudad, por el momento, en manos imperiales. La batalla por Los Gemelos había sido ganada a un coste terrible.