El Gran Otro

El Muro de Bran se erguía imponente y eterno, una vasta barrera de hielo que separaba el mundo de los vivos del desconocido y temido Norte. Los hermanos de la Guardia de la Noche, vigilantes en sus torres y parapetos, reducido a un número que atestiguaba que nadie se preocupó en muchos años de apoyarlos, no podían creer lo que sus ojos veían. Desde lo alto del Muro, la visión que se desplegaba ante ellos era una pesadilla hecha realidad.

Una horda de muertos vivientes se extendía hasta donde alcanzaba la vista, una marabunta interminable de cadáveres reanimados. Hombres con ojos vacíos y piel putrefacta se mezclaban con mamuts y gigantes, todos convertidos en abominaciones de la muerte. Los gigantes, antaño seres majestuosos, eran ahora monstruosidades que inspiraban tanto terror como compasión. Sus colosales cuerpos, animados por una fuerza oscura, parecían ansiosos por destruir todo a su paso.

Los Caminantes Blancos, figuras altas y esqueléticas de piel azulada, se movían entre los muertos con una gracia macabra. Montaban caballos igualmente muertos, sus ojos brillando con una luz fantasmal. Eran los generales de este ejército de la muerte, sus presencias imponentes y aterradoras.

Sin embargo, incluso estos señores del frío y la muerte parecían subordinados a una figura que destacaba por encima de ellos. En el centro de la horda, sobre un trono de hielo improvisado, un niño con piel azul y cabellos blancos observaba el Muro con una mirada penetrante y vacía. Su figura era pequeña, pero emanaba un poder antiguo y aterrador. Los Caminantes Blancos se mantenían a su alrededor como guardianes, pero era claro que el niño era el verdadero líder, el conductor de esta marcha de la muerte.

Jon Nieve, en lo alto del Muro, no podía apartar la vista de esta inquietante figura. Los relatos de los Antiguos y las leyendas de los Caminantes Blancos habían advertido de un peligro que pocos habían tomado en serio. Ahora, esa amenaza estaba aquí, visible y tangible. La presencia del niño de piel azul parecía casi un desafío, una provocación a la humanidad para defender lo que quedaba de su mundo.

“Jon,” dijo Edd Tollett, acercándose a Jon con una expresión grave. “Los exploradores informan que no hay fin a la vista para esta horda. Se han detenido, pero no sabemos por cuánto tiempo.”

Nieve asintió, sus pensamientos corriendo a través de todas las estrategias posibles. Sabía que no había preparación suficiente para algo así. Pero también sabía que no podían ceder al miedo.

“Fortalezcan las defensas,” ordenó Jon. “Reúnan a todos. No permitiremos que crucen el Muro. Debo hacerle entender a Stannis o a Daenerys que no podremos aguantar.”

Mientras la noche caía, el aire se enfriaba aún más, el miedo y la tensión palpables en el ambiente. Las antorchas parpadeaban, reflejando la ansiedad en los rostros de los hombres. Los Caminantes Blancos y su ejército de muertos no se movían, pero su presencia era una constante amenaza, una advertencia de la guerra que se avecinaba.

Jon miró una vez más hacia la figura del niño, preguntándose qué tipo de poder oscuro podía darle tal control sobre la muerte. Sabía que enfrentarse a ellos no sería fácil, pero también sabía que no había otra opción.

La batalla por el Norte, por la vida misma, estaba por comenzar.

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