El grifo desplumado

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La llegada de los ejércitos de la Mano revolucionó la capital. La visión de los elefantes de guerra de la Compañía Dorada atrajo a miles de hombres hacia la Puerta Vieja, frente a la cual miles de hombres acampaban, fuera de los muros de la misma.

Señores y capitanes desfilaron por la ciudad, rumbo a la Fortaleza Roja con Lord Jon Connington a la cabeza. Vitoreados y alabados los hombres lucían orgullosos y, a su llegada al salón del trono fueron recibidos por la corte al completo y, al fondo, sobre el trono de hierro, el rey Aerys con sus hijos Rhaegar y Viserys a su diestra, y la reina Rhaella, visiblemente embarazada a su siniestra.

¡Ah, mis queridos generales! — el rey se levantó y avanzó hacia la comitiva flanqueado por Ser Jonothor Darry — ¿Qué buenas nuevas me traéis? Lord Velaryon trajo noticias de la batalla hace varios días. ¿Qué es de Cuerno de la Puerca y de Hayford? ¿Vuelven a lucir el estandarte de sus señores? ¿Qué es de los prisioneros?

Jon casi había llorado.

A su alrededor, los pendones con el grifo revoloteando, el dragón rojo sobre fondo negro ondeando orgulloso sobre los muros de Desembarco del Rey y el pueblo aclamando su nombre, el de Aerys y el de Rhaegar. Una visión de unidad como no se había producido en aquella zona del Reino desde el inicio de la Rebelión de Lannister. La victoria había sido balsámica, y las mieles eran tan dulces…todo aquello con lo que siempre había soñado se mostraba ahora ante sus ojos.

Las mujeres lanzaban flores al paso de la comitiva, y alegres muchachitos de carnes prietas reían y cantaban mientras los caballos piafaban a medida que se acercaban a la Fortaleza Roja. Cuando cruzaron las puertas, hubo una ronda de aplausos de los nobles del reino que allí se habían reunido mientras desmontaba y tendía las riendas de su montura a Alistair. Se quitó los guantes y ajustó el cinturón antes de subir por las escaleras, sonriendo a los que le saludaban, henchido de gloria.

“El reposo del héroe” pensó para sí. Y le gustaba.

Entonces las puertas se abrieron y…

Allí estaba, Rhaegar. Su amigo. Su príncipe. Su amor. El hombre por el que habría encarado la hoguera de Aerys. No lo veía desde hace más de un año, no en persona, al menos, y aunque sus emisarios se habían enviado cartas, probablemente siguiera pensando que lo había traicionado para irse con el Rey.

Ojalá pudiera decirle que siempre estaría con él, fuera donde fuera, pero no podía. No en ese momento. No con Aerys en el trono.

Su Majestad. Mi reina.— Jon hizo una genuflexión y bajó la cabeza. —Mis príncipes, es un honor verlos a todos. Celebro ser portador de buenas noticias. Los ejércitos de los Ríos y el Norte están en desbandada y parece que prestos a pedir la paz.— Observó a Aerys —Robert Baratheon incumplió el acuerdo y partió sin ayudarnos. Por las noticias que escucho, los señores de la Tormenta están descontentos con sus viles actuaciones y abandonan su ejército. Pero Lannister es el principal problema ahora mismo. Debemos acabar con la víbora que pretende hacerse con el Reino.

Cambió la mirada a Rhaegar, lágrimas de alegría apenas reprimidas en sus ojos.

Cuerno de la Puerca y Hayford son nuestros. Mi primo, Lord Roland, las recuperó con el bravo concurso de vuestros hombres de la Corona. Si me lo permitís, mi rey, iremos a dar muerte a Tywin Lannister y someter la Roca a vuestra voluntad de nuevo.

Buenas noticias, mi querida mano, buenas noticias. Más no os excedáis en vuestras funciones, no os puse a mi servicio para buscar la paz, sino para ganar una guerra — un murmullo se extendió por el salón ante la inesperada reprimenda del Rey — Dad mi enhorabuena personal a vuestro hermano, su labor no quedará olvidada. Y sobre el estado de la guerra, más tarde podremos discutirlo en consejo privado. Mas … ¿qué es de los prisioneros y los cambiacapas? Traed a Lady Catelyn a mi presencia, y a los hombres de Frey y Whent.

Jon tragó saliva. Aquello no presagiaba nada bueno. Lo que había parecido del color de las rosas hace poco se tornaba ahora en el negro de los buitres sobrevolando el lugar en el que se va a producir la batalla. Apartó la mirada de Rhaegar y la fijó en el rey.

-Vuestra enhorabuena será dada, Majestad. - Jon inclinó la cabeza. - Respecto a aquellos que reclamáis, varios son los motivos por los que no están aquí. Frey y Whent se negaron a salir de Harrenhal, pues las tropas Tully parecían estar reorganizándose para asaltar el castillo. El Tridente amenaza con colapsarse en una guerra intestina que aprovechará Lannister. Ser Duncan Whent, por cierto, se mantuvo siempre a nuestro lado, aunque no sea yo quien defenderá la mancha que pesa sobre muchos en su familia.

Inspiró hondo antes de soltar lo siguiente. Las palabras de las que podía pender su vida. A su alrededor, los murmullos en el salón del trono se apagaban.

Lady Catelyn no está aquí. Me encargasteis ganar la guerra y en ello trabajo, pero no puede vencerse sin pacificar a los enemigos.— Sostuvo la mirada de Aerys. ¿Qué escondían los ojos violeta? —También mandé los huesos de Lord Rickard al norte. El honor es importante, mi señor. Hice un juramento a Lord Hoster Tully, y, ante todo, soy un caballero. Vos me perdonasteis la vida y me nombrasteis Mano. He honrado el juramento de la caballería y el que os presté a vos, y os he traído, con ayuda de vuestros nobles generales, una victoria. Pero el título que me otorgasteis se puede revocar con la misma facilidad. Si no os he servido bien, disponed de él.

¿Lo haría?, ¿o subiría la apuesta? Jon Connington, el vencedor en Poza de la Doncella, Aerys Targaryen, el Rey de los Siete Reinos, y Rhaegar, el heredero y antaño conspirador contra la locura de su padre. Los tres formaban un triángulo en el centro del salón del trono. El reino observaba…y esperaba la respuesta del Rey.

¡Dejadnos todos! — el fuego llenó los ojos del rey que pasó de la calma a la tempestad en tan solo segundos — ¡Todo el mundo fuera! ¡guardias!, ¡echadlos a todos! — la multitud comenzó a abandonar el salón del trono mientras el rey desataba su ira sobre los que estaban a su alcance. — Tú no, Lord Toyne, esto te atañerá.


Jon Connington no habló mientras Darry lo agarraba y le propinaba un golpe en la espalda para hacerlo andar. Tampoco mientras Aerys firmaba su sentencia de exilio. Ya no era Lord Jon Connington. El título había pasado a manos de Roland. Ahora era simplemente Ser Jon. Jon, el exiliado. Jon, caballero de ninguna parte.

¿Por qué sonríes, imbécil?— Darry lo miraba, una mueca de asco en la cara. —Sin tierras, sin título, sin nada. Eres escoria ahora, Connington— Lo esperaba un caballo. Marcharía ahora mismo, en soledad. —Quizás pueda matarte yo mismo un día.

Jon se subió al caballo. La multitud que esperaba en la puerta de la Fortaleza Roja esperaba, silenciosa. ¿Qué había ocurrido?, ¿por qué salía la Mano sin sus pendones?

Puede que así sea, Darry. Nos veremos pronto.— Y partió.