El nuevo amanecer

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Las horas pasaban. Por la mañana Rhaegar mantuvo una reunión con los señores presos en los que se fijaron definitivamente los términos de rendición, más la jura de lealtad formal llegaría con la coronación, que estaba prevista para realizarse con solemnidad al final de la semana. Se redactaron muchos documentos y cartas, pero todo distaba mucho de estar bien atado: quedaban aún muchas jornadas hercúleas de trabajo. Después de comer, el futuro rey se retiró a sus aposentos advirtiendo que no quería ser molestado, dejando en manos de Myles Mooton y Stannis Baratheon el resto del trabajo que quedaba por hacer. Nadie le culpó, pues la pérdida de sus familiares había sido demasiado reciente.

Rhaegar se retiró a la habitación más pequeña del Torreón de Maegor. Era esta una estancia preparada para alojar como mucho a tres o cuatro personas, teniendo en cuenta que estuvieran de pie, de paredes sombrías que sostenían un par de estanterías con libros carcomidos y una fina rendija a modo de ventana. El motivo de la edificación de aquella sala murió con Maegor, pues chocaba con el resto de estancias de la torre, mucho más amplias y ricamente decoradas. Cuando Lord Cuervo de Sangre gobernó como Mano instaló ahí un pequeño pilar que sostenía una vela de cristal verde, como las que usaban los antiguos hechiceros del Feudo Franco. Nadie se había molestado en retirarla. Rhaegar se preguntó si alguna vez habría ardido en los últimos siglos. A él le daba la sensación de que no.

Rhaegar se sentó en un sencillo taburete de madera y se limitó a observar por largo tiempo la vela inerte de vidriagón. Muchas imágenes cruzaron su mente. La reina Rhaella leyéndole un cuento en la cama antes de irse a dormir. Su hermano Viserys sonriendo cuando le regaló un caballito de madera hermosamente tallado. Su padre sonriéndole con afecto cuando lo contemplaba portando la insignia que le identificaba como Mano del Rey. Su recién nacida hermana Daenerys durmiendo plácidamente en el regado de su madre. Y por último, el rostro de Jon Connington, con su melena roja ondeando al viento y una mirada que parecía contener toda la tristeza del cosmos. Un aura de melancolía empezó a llenar la estancia.

Estáis ahí, Connington, no os puedo ver pero sí sentir —el príncipe miraba a su alrededor, a la mugre de las estanterías, buscando dar con la esencia de su difunto amigo—. ¡Vamos, a qué esperáis! ¡Mostraos de una vez!

Nadie respondió. Nada se movió. Pero Rhaegar siguió con su diatriba. Algo que no podía concretar bien le decía que las cosas en esa habitación no funcionaban como deberían.

¿Es eso? ¿Vais a guardar silencio y no vais a decir nada? Había que hacerlo de ese modo. Si no, el infame de mi cuñado habría puesto fin a mi vida y a la del Príncipe que Fue Prometido, ¿o eras tan estúpido de pensar que no dejarían cabos sueltos? Dejar el trono en manos de los Martell, ¿eso querías? ¿o acaso creías que ibas a tener ascendencia sobre ellos? —la carcajada de Rhaegar fue amarga—. No, no me hagas reír. Habrían jugado contigo como un triste muñeco de trapo, como hicieron conmigo cuando marché a Lanza del Sol. Tan cegados están por la ambición que han coronado a mi hijo rey. No les importa que el continente tenga otro baño de sangre mientras ellos sean los que dirijan los hilos que gobiernan el reino. Y no pueden, no deben. No están preparados para liderar la lucha que se avecina. Elia escuchaba con gentileza sobre la profecía, pero muy en el fondo creería que soy un lunático. No puede ser consciente de la amenaza que se cierne sobre todos. No pensaba alterar el orden de sucesión, pero no me van a dejar otro remedio. La ley es la ley. No actuaré contra ellos, pero si insisten en ponerse en mi camino los aplastaré —A Rhaegar le pareció escuchar como una madera gemía. ¿Una señal de desacuerdo?— ¿Crees que no soy capaz? ¿Que no tengo la fuerza necesaria para ello? Son sangre de mi sangre, pero, ¿qué son frente a los cientos, miles, millones de vidas que perecerán si sucumbimos a la Larga Noche?

El príncipe siguió sin recibir aparente respuesta. Aquello le sacó de sus casillas.

¡Arrrrrgh! —Rhaegar pegó un puñetazo contra la piedra sobre la que reposaba la vela de vidriagón, enigmática y sin aparente actividad— ¡Te detesto, Jon Connington! Si eso es lo que deseas, sea. Nuestros caminos jamás volverán a encontrarse. Tarde o temprano, desde el edén en el que estés verás como me consumo en el infierno. Seguro que eso te complace…

¿Majestad? ¿Majestad? —la voz de Barristan Selmy podía oírse a través de la puerta. Rhaegar se levantó bruscamente y salió a recibirle— Disculpad la interrupción, Majestad, ya sé que no queríais ser molestado, pero acaban de desembarcar en el puerto ser Arthur Dayne con Lady Lyanna Stark.

¿Lyanna, decís? ¿Estáis seguro?

Sí, Majestad, así es.

Vamos pues, ser Barristan, no hay tiempo que perder. Hoy vais a conocer a una reina.

Cuando Rhaegar Targaryen cerró la puerta, la estancia quedó sumida de nuevo en una tenue oscuridad, más no por mucho tiempo. Nadie pudo contemplar como la vela empezó a arder, con una luz en un tono de verde que solo podía ser producto de la magia.