El salón del trono

El rey Aerys había dispuesto todo para que la recepción en el salón del trono fuera lo más fastuosa posible. Pendones del dragón tricéfalo sobre fondo de sable se veían por doquier colgando orgullosos de las columnas de la estancia. Esperaba el monarca sentado en el Trono de Hierro y rodeado formando un semicírculo por una élite de hombres armados cuidadosamente seleccionados que capitaneaba Ser Barristan Selmy, todos ellos portando armaduras brillantes y lustrosas. A ambos lados del salón, bajo la atenta mirada de las calaveras de los dragones, se amontonaban los nobles de la corte, consejeros del rey y dignatarios extranjeros presentes en la capital, todos ellos luciendo con sus mejores galas. Ser Myles Mooton se había abierto paso hasta la primera fila, con la esperanza de no perder detalle de nada de lo que ocurría.

Rhaegar entró en la sala capitaneando la comitiva y acompañado por ser Oswell Whent a su izquierda y Lord Stannis Baratheon a su derecha. Junto a ellos estaban los señores de Caron, Massey y Peake, los más leales a la Mano del Rey. Tras estos seis hombres y rodeados por una guardia de hombres de Rocadragón marchaban encadenados los dos Lannisters, el antaño rey Tywin y el joven Jaime Lannister, que a pesar de la pesada marcha cargando con el peso de sus cadenas desde la Plaza del Pescado como si fueran vulgares criminales se mantenían erguidos con cierta dignidad. Tras los Lannisters marchaban el resto de señores del Dominio y del Occidente que habían sido apresados, siendo estos franqueados por una mezcolanza de señores y hombres de armas leales a la Corona. Todos ellos esperaban poder recibir el perdón y renovar sus votos de lealtad para con su Majestad. La corte aplaudía y lanzaba vítores pero cuando el príncipe Rhaegar llegó al pie del trono Aerys alzó una de sus manos y se hizo el silencio. El príncipe dio un paso al frente y se dirigió a su padre y rey.

Largos días han pasado desde la última vez que nos vimos, pero he vuelto con la victoria, Padre, tal y como te prometí –Rhaegar hizo una breve pausa para girarse y hacer un gesto. Los hombres de Rocadragón se adelantaron y pusieron a Lord Tywin Lannister y a ser Jaime Lannister a los pies del Trono de Hierro– . He aquí a Lord Tywin Lannister, caudillo de la rebelión que ha amenazado con poner fin a la legítima autoridad de la Corona sobre el reino, junto con su hijo y heredero, ser Jaime Lannister. ¿Qué debemos de hacer con ellos, Padre?

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El rey descendió del trono lentamente mientras Ser Barristan se mantenía a escasos metros, mano en el pomo de la espada y con la mirada amenazante, hacía menos de una hora que había perdido a uno de sus hermanos y estaba intranquilo.

El gran salón estaba abarrotado, no solo los habituales de la corte sino también los generales y capitanes de la campaña de los ríos y las docenas de nobles de Occidente y el Dominio, con las cabezas gachas y preguntándose cual sería su suerte.

Ser Oswell– gritó el rey al acercarse a Lord Tywin –¡abrid estos grilletes! Traidor o no Lord Lannister y su heredero no se presentarán ante mi como vulgares rateros – Ser Oswell dudó por un instante hasta que la mirada del príncipe le dio el visto bueno a las órdenes de su padre. –Habéis cumplido vuestro cometido con habilidad, como supe que haríais ahora que volvéis a estar bajo mi ala, mi querido Rhaegar. Mas antes de juzgar cualesquiera crímenes y antes de celebrar la victoria debemos recordar a los caídos, a aquellos hombres de los Feudos, del Tridente y del Valle que con valentía han llevado los estandartes del dragón. Y a los valientes hombres de las Capas Doradas que, bajo el mando del buen Ser Jonothor Darry hicieron cumplir la ley y hacer pagar con sangre los ataques de las víboras Martell– la corte estalló en insultos hacia los dornienses dejando bien claro que, al menos en Desembarco del Rey, nadie dudaba de que lo acaecido era justo –Mas Rhaegar, y que esto pese sobre tú conciencia, la última vez que nos vimos fue por tu palabra que Jon Connington mantuvo la vida, la sangre del más leal de la Guardia Real está en tus manos y cualquier penitencia será poca para compensar a la muy leal y muy sufrida casa Darry

Y con todo, debemos juzgar lo acontecido, muchos señores aquí presentes se levantaron en armas bajo premisas falsas, siguiendo los estandartes de quienes les prometieron un Poniente mejor. Serán ellos y sus rentas los que paguen la reconstrucción, Occidente y el Dominio pagarán uno de cada cuatro granos de trigo, lingotes de oro, cabezas de ganado o cuales quiera sean sus rentas a aquellos que han sufrido por la guerra. Mas su falta de juicio no será castigada bajo la espada del verdugo, al igual que un padre perdona a su hijo cuando se aventura lejos de sus designios – Aerys sostuvo la mirada del príncipe Rhaegar durante unos seguntos que parecieron horas – un rey puede perdonar a sus vasallos por sus crímenes. Pupilos serán intercambiados, edictos redactados y toda la ira caerá sobre aquel que decida ignorar los designios del Trono de Hierro

¡Petyr Baelish! – ante el grito del rey el consejero de la moneda avanzó raudo –Sobre vuestros hombres queda el que el reparto se justo, no me decepcionéis como hizo vuestro antecesor– el joven hombre del Valle miró a todos lados buscando una mirada cómplice mientras el gentío trataba de buscarle sentido a las palabras del rey, la cabeza de Lord Qarlton Chested había acabado en el regazo de Tywin Lannister por trabajar bajo sus órdenes –Y ya que estáis en el candelero, que avance vuestra señora esposa. Lady Lysa, vuestro tío se levantó el primero en armas dejando claro quien fue la mano que en Aguasdulces orquestó el secuestro de la pobre Lady Dustin, más la huida de veustro padre de la hospitalidad real debe ser castigada, hablad, ¿cual creéis debiera ser el castigo de Aguasdulces?

Lysa Tully no esperaba aquel momento. Su momento. La mirada de Petyr se encontró con la suya y le pidió cuidado. Lysa había llevado a cabo la huída de Aguasdulces guiada por amor y odio a partes iguales. Había llegado a aquella ciudad, había encontrado cobijo en el Rey de Poniente…y desde aquel día nunca había dudado. Había sentido la muerte de su tío, el único que se había preocupado de verdad por ella en toda su vida. Y no había sido agradable observar la muerte de Catelyn, porque sabía que le quería, y le había cuidado. Pero todo aquello no había hecho más que acrecentar su instinto más primordial, el de la supervivencia. Dio un paso al frente, pero lento, y pensó en que iba a decir. Ella, una chiquilla frente a un Rey, y delante de todos aquellos hombres.

– Aquello que decida el Rey de Poniente será lo que se deba cumplir.- Dijo Lady Lysa. Y podría haber sido lo único, pero tras unos segundos en silencio, prosiguió.- Pero si algo he aprendido del Rey Aerys Targaryen es que agradece los comentarios de aquellos a los que pregunta.- Eso no sabía muy bien si era verdad…o más bien lo dudaba mucho.- Mi tío cometió rebeldía, y lo pagó con la muerte. Mi hermana también lo hizo, y le correspondió lo mismo. Si el Rey Aerys piensa que mi padre es un rebelde, él decidirá su fortuna.- Lysa no tenía en alta estima a su padre, esa era la verdad, pero…- Pero no toda la Casa Tully cometió tal crimen. Yo os serví, mi Rey. Y mi hermano es un chiquillo, que no sabe nada de todo esto que ha ocurrido. Quizás la tutela de su tía, y de mi esposo, pueda hacer que la paz llegue al Tridente, y que todo vuelva a la calma, como antes.- Edmure era aquel por el que hablaba. No había nadie más por quien hacerlo.

Parece que habéis aprendido maneras durante vuestros días en la corte. Habláis con sabiduría y tenéis razón en que el joven Lord Edmure no ha cometido crimen alguno. Hace lo que parece una eternidad ordené a vuestra hermana a acudir a Desembarco con el joven Lord Edmure para que fuera tutelado y creciera sabiendo ser un gran señor de alguien más capaz que vuestro padre. Ahora os ordeno a vos lo mismo, partid hacia los ejércitos liderados por vuestro padre, que sean desconvocados en paz y la justicia del rey será benévola para con los crímenes cometidos. – el rey detuvo su discurso durante unos segundos para tomar aliento –¡Ser Myles Mooton, Lord Ambrose Darry, Lord Myles Toyne!– los hombres avanzaron ante el llamamiento del rey –Acompañaréis a la dama con los ejércitos reales para aseguraros de que mi voluntad se cumpla. Y Lord Toyne, no os olvidéis de reclamar vuestros derechos.

Hombres del Dominio, presentaos ante mí – el rey volvió a tomar asiento, se le veía visiblemente aburrido, los agravios para con Aguasdulces estaban cerca de su corazón, pero con Mace Tyrell muerto el tema del Dominio era cuestión de repartir el botín, tarea de contables, no de reyes –las acciones de Lord Mace Tyrell son deleznables pero ya ha pagado con su vida y a los muertos no se les puede castigar más. Y con todo, no fue solo el finado Lord Mace quien rompió su juramento, sino Altojardín en pleno que abandonó su juramento y no son dignos de confianza de ostentar el cargo de Lord Protector del Mander que mi ancestro les otorgó. Mientras hombres buenos luchaban del lado de la justicia y la ley, y morían por él, los banderizos del Dominio corrían a esconderse bajo las bardas del que parecía el caballo ganador guiados tan solo por el ansia de poder. ¡Pues no más! Es la última vez que el poder de Altojardín amenaza al dragón, Antigua y sus banderizos no son más, vasallos de Altojardín, sino que responderán ante el Trono de Hierro directamente. Ser Warryn Beesbury, vos sois testigo de lo aquí acontecido y sobre vuestros hombros cae la responsabilidad de hacerlo cumplir.

Y aún más, hombres de Picaestrella, Dustonbury, La Sidra, Sotoblanco, Vado Ceniza, Puenteamargo, Hammerhal, Valdehierba, Ladera y todos aquellas cuyas tierras se encuentran al sur del Mander y sus afluentes. Allí, junto a los estandartes de los victoriosos leales se alza el cazador de los Tarly, cuyo muy leal y muy capaz Lord Randyll Tarly ha acompañado a mi hijo durante toda la campaña haciendo valer la fuerza de sus hombres por 10 de los vuestros. Mirad hacia ese estandarte y aprended de su figura, pues será la que os lidere como Lord Protector del Mander.

¡Sobrino, adelantate! – Lord Stannis no se esperaba ser llamado en ese momento y por un segundo casi perdió su recia compostura, casi – Vos estabais presente cuando Lord Gerold Hightower derrotó a vuestro hermano en combate singular y le recordó a quién debía su lealtad. Que su honor de señor no valía nada lo sabía todo Poniente, pero que su honor de guerrero tampoco lo aprendimos cuando se negó a combatir contra los hombres del Tridente junto a Lord Velaryon y Lord Toyne. ¿Habéis vos aprendido algo de los innumerables fracasos del borracho de vuestro hermano?

Stannis se arrodilló lento pero impasible. “Mi hermano Robert Baratheon luchó y murió. Bastión de Tormentas es vuestro. Yo, Lord Stannis Baratheon juro lealtad a la Casa Targaryen, que nuestros caminos no vuelvan a separarse.”

Ser Warryn Beesbury era el heredero de Sotomiel y durante los días que al ejército de Rhaegar y sus aliados les había costado llegar hasta la capital había pensado bien que iba a hacer llegado el momento. Había visto al ejercito dorniense marcharse hacía su tierra, había oído de la traición del príncipe hacía su cuñado y su amigo el Connington y había callado. Había callado porque poco podía ganarse con las palabras de un caballero del Dominio derrotado y a la espera de juicio. Sin embargo en aquel momento, en el salón del Trono de Desembarco del Rey, frente al mítico asiento de los reyes Targaryen, creado por el fuego del legendario Balerion ser Warryn Beesbury supo que no podía mentir.

Las sienes le palpitaron conforme avanzaba entre los suyos. Caballeros de la casa Costayne, Beesbury, Hightower y demás vasallos de estos últimos le habían seguido en el combate y en la derrota y aunque al verlo avanzar pudo sentir el temor y la preocupación de muchos alguno le miró con determinación. El honor y la palabra eran, al final, todo lo que tenía un hombre y ser Warryn Beesbury no lo olvidaba. Por eso avanzó frente a los suyos, carraspeando al llegar delante de todos ellos y mirando a Aerys a los ojos, con una mezcla de pánico y valor en sus tripas.

En nombre de Lord Leyton, señor del Faro, Lord Protector de la verdadera Fe y Mano de Tywin Lannister os digo que no, no acatamos vuestras órdenes. No sois nuestro rey y no lo seréis jamás – dijo con una templanza que hasta a él mismo le sorprendió. En ese momento en el salón del trono se acalló cada murmullo, cada paso y cada respiración. Aquello era algo inaudito – Violasteis a Malora Hightower, obligasteis a atacar Lanza del Sol a mi señor despreocupándoos después de las consecuencias y mientras estéis sentado en ese trono ni la casa Hightower ni sus vasallos os rendirán pleitesía. Pedid perdón y marchad al muro Aerys a pagar por vuestros pecados – las armaduras sonaron a su espalda. Unos pocos, desarmados pero tan estúpidos, locos o quizás con sentido del honor como él se le acercaron, apoyándole.

Ser Warryn avanzó entonces un paso y miró a Rhaegar – siempre habéis tenido fama de hombre de honor. Así lo he creído hasta este día y salvo que me equivoque un caballero defendería a una dama que ha sido violada, ¡buscaria justicia!. Vuestro padre violó a la hija de Lord Leyton en este mismo castillo. No vino como enemiga, no vino como una amenaza, y sin embargo vuestro padre la forzó y la mancilló. ¿Cuándo reinéis queréis hacerlo sobre esa mancha príncipe Rhaegar? Decidid ahora, mostrad a Poniente si sois un caballero o solo otro valyrio loco con ínfulas de grandeza – le espetó mirando ya de reojo al trono. Aquello solo tenía un final posible.

Stannis observó la escena. “Beesbury tiene razón. El rey es un maldito loco pero parece que el Príncipe quiere darle otra oportunidad. He tenido que soportar como insulta la memoria de mi hermano, pero todo esto tendrá un fin.” pensó “Hoy tampoco moriré pero mi deber es apoyar a cualquiera que se oponga a la tiranía de ese loco.” Todo el mundo estaba esperando la respuesta del Príncipe. Stannis seguía cerca del Trono de Hierro pero en un ángulo lejano al ojo del Rey. No quería llamar su atención. Simplemente esperaba caerle suficientemente en gracia para sobrevivir algunas horas más. ¿Rhaegar se ha dejado el honor a las puertas de Desembarco para esto? ¿O acaso Aerys es el caballo ganador?" Stannis meditaba con rostro impasible y azules ojos oscuros.

«Mi príncipe, os lo ruego, detened esta demencia». La voz de Lord Jon Connington reverberaba en la mente de Rhaegar, desde que había dejado morir al caballero del Nido del Grifo este seguía atormentándolo desde el paraíso al que lo había enviado. Estaba claro que ese tal Warryn Beesbury estaba influenciado por el espíritu de su difunto amigo. Los dos eran igual de necios. El príncipe estaba de un humor de perros y contemplar a unos hombres que parecían tener muy poco aprecio por su vida y un nulo entendimiento de la situación en que se encontraban no mejoraba su humor.

La corte dividía su atención entre el rey Aerys y el príncipe de Rocadragón. Unos esperaban un previsible estallido de furia del monarca, otros, la reacción sosegada de su hijo. «Mi príncipe, os lo ruego, detened esta demencia». Todos se vieron decepcionados.

¿Como os atrevéis a acusar a Su Majestad de ser un vulgar violador? –el tono de Rhaegar era ronco y su voz estaba nublada por la ira–. Ya he escuchado suficiente. ¡Guardias! Llevaos a estos indeseables de nuestra vista y encerradlos en las celdas negras. En los próximos días serán ajusticiados por rebelión y traición hacia el Trono de Hierro.

Luego cayó en la cuenta de que sus palabras eran aire, pues la última palabra la tenía el rey. De hecho, había hablado de más, pero las últimas semanas había ostentado el poder de manera indiscutible y el príncipe se había hecho a la rutina de hablar y ser obedecido sin rechistar. Los hombres de la guardia de la Mano empezaron a rodear a los nobles que habían alzado su voz, desafiantes. Alguno pareció flaquear en su ánimo al verse rodeado de hombres armados con porte marcial pero la mayoría se mantuvieron altivos, con Beesbury a la cabeza. «Mi príncipe, os lo ruego, detened esta demencia». ¿Eran los ojos de Beesbury los que le miraban, acusadores, o los de Connington? El príncipe apretó la mandíbula y se esforzó por contener un irrefrenable alarido de ira que subía con su garganta. Se limitó a recorrer la sala con una mirada de furia inhumana que inquietó a muchos de los que le rodeaban.

No deseo más estupideces. Los que sean del mismo parecer que ser Warryn, que den un paso al frente y serán acompañados a las mismas celdas. Los que deseen aceptar el perdón real y volver a la paz del Rey, que guarden silencio.

La respiración del príncipe pareció calmarse, no así la tensión que se había instalado en la estancia. Le pareció a Rhaegar que Tywin Lannister lo miraba con ojos burlones, o lo más parecido a la burla que podía verse en ese rostro rubio tan poco acostumbrado a mostrar los sentimientos. La mirada que le dedicó al señor de la Roca estaba cargada de oscuras promesas, la Mano del Rey deseaba ejecutarlo cuanto antes pues incluso privado de libertad era un hombre sumamente peligroso. Tenía que eliminar del tablero a todos los jugadores que pretendiesen cuestionar el poder de la Casa Targaryen, pues fuese quién fuese el enemigo siempre es enemigo y hay que eliminarle por el medio más rápido.

¡No, deteneos! – Aerys volvió a descender del trono, esta vez visiblemente furioso – Los asuntos de política requieren diplomacia y saber hacer, un rey puede ser misericordioso y paciente en los asuntos de estado – el rey hablaba despacio mientras caminaba entre sus consejeros, como buscando algo –Mas en asuntos de honor la respuesta debe ser inmediata y rotunda – Aerys se detuvo unos instantes para hablar al oído de un hombre menudo, vestido con ricos ropajes carmesí que pocos en la corte conocían. Tras ello se dirigió hacia Ser Warryn Beesbury, obligado a permanecer de rodillas por la fuerte mano de dos Capas Doradas.

Os ofrezco piedad y despreciáis mi mano, si lo que deseáis es un castigo digno de vuestra alcurnia lo recibiréis. Que todo Poniente sepa que Sotomiel, con todas sus rentas, derechos y deberes será entregado a quien, noble, plebeyo o extranjero me traiga la cabeza de hasta el último hombre que comparta familia con Ser Warryn Beesbury – el condenado se dispuso a gritar pero la mano del rey, con sus largas uñas curvadas se clavó en sus mejillas sujetando la mandíbula abierta y, con un rápido gesto abrió el pequeño frasco de arcilla que sostenía en su otra mano.

El silencio se hizo en la corte cuando todos comprendieron quién era el hombre menudo con el que el rey había hablado momentos antes. Ser Warryn trató de gritar, pero la sustancia ya había carbonizado su boca y garganta y tan solo un leve quejido recorrió el gran salón mientras el caballero se revolvía en el suelo.

¡Acabemos de una vez con esto! – gritó Aerys mientras se acercaba a las posiciones de los reos de verdadera importancia – Lord Tywin, Ser Jaime, arrodillaos. Vuestros crímenes son los más inefables, no tanto por su alcance sino por quienes sois. Yo, que siempre actué con amor para contigo, Tywin, que siempre te traté como un hermano, ¿y así me lo pagas? Y tú, Jaime, que te di lo que más deseabas en el mundo y, en respuesta, ¿esto es lo que recibo? – Aerys suspiró, la ira le había abandonado y quienes le conocían sabía que esa mirada era de tristeza –Sois hombre de estado, Lord Tywin, como bien pueden decir en Castamere sabéis como pocos en Poniente de las relaciones entre señor y vasallo, ¿qué castigo debe caer sobre vos y vuestra familia?

Tywin se había arrodillado y bastó un leve gesto para que Jaime hiciera lo propio. Aerys estaba exultante y había comprobado que Rhaegar iba a la par del padre, por lo que era momento de ser cauto. Y algo más.

El castigo es la muerte para el señor vasallo que se rebela contra su señor, Rey Aerys. – Dijo sin inmutarse. – Su familia ya es castigada por la pérdida de la cabeza de la misma, sobre todo si ya se le ha castigado con el cargo de las indemnizaciones por los daños ocasionados.

¿Eso es lo que hicistes con las Casas Reyne y Tarbeck? – Preguntó el rey.

Tywin miró a los ojos de Aerys y bajó el tono de voz dotándolo casi de amenazante.

Pero yo no soy un Reyne ni un Tarbeck, Aerys. Soy un Lannister. No lo olvides igual que yo no he olvidado que eres un Targaryen. Si quieres acabar con la guerra, ya sabes a quién castigar y cómo hacerlo.

Pecó de exceso de celo, pero el idiota del Beesbury lo había complicado todo; tenía controlado a los Targaryen y todo iba como esperaba pero el de Sotomiel provocó en demasía a Aerys. El honor. De nuevo el honor. Y ahora Jaime estaba amenazado. A Tywin, que Poniente sangrara le daba igual, era parte intrínseca de los Reinos. Pero siempre debía haber un Lannister, y Aerys acababa de insinuar con borrarlos del mapa.

La guerra ya ha acabado, hermano – incluso Lord Tywin se mostró sorprendido ante el tratamiento, una cosa era insinuar la cercanía, pero aquello era inaudito –Tienes toda la razón, sé lo que tengo que hacer. Es tan solo que no tengo deseo ninguno de hacerlo– el rey miró a Rhaegar, que apretaba los dientes a la espera de la conclusión de todo, toda la sangre derramada, todas las noches sin dormir, todos los amigos perdidos llevaban a este momento –¡Y no lo haré! ¿Os acordáis del bueno de Steffon, Tywin? Qué distinto habría sido todo si aquella maldita tormenta no se lo hubiera llevado, tú podrías haber vuelto a la Roca y el resentimiento no habría crecido entre nosotros, y si cualquiera nos hubiera amenazado ¡habríamos cabalgado juntos como hicimos contra los Reyes Nuevepeniques hace media vida!

¿Se habrían atrevido esas víboras dornienses a actuar en mi contra? – Aerys escupió al nombrar a los Martel –Si algo bueno ha traído esta maldita guerra ha sido extirpar su ponzoña de la mente de mi hijo. Nunca más un Martel volverá a tener influencia sobre mi estirpe. Jaime, ¡levántate!– el muchacho esperó a que su padre diera la aprobación –Tras de ti tienes todo el poder de la Roca, úsalo para traerme a mis nietos sanos y salvos y tus crímenes serán perdonados. Y tú, mi estimado Tywin, traidor o no eres un hermano para mí, y no seré yo quien acabe con mi estirpe. Siéntate de nuevo a mi lado, esta vez no como consejero, sino tan solo como amigo.

Aerys tomó a Tywin de los hombros, obligándolo a levantarse y tras abrazarlo le besó en las mejillas mientras susurraba –¿Creías que te librarías de mi tan fácilmente?

Jaime miró a su padre confundido y casi no sabía qué hacer, hasta que Tywin le hizo un ademán, asintiendo.

Así lo haré, mi rey. – Dijo el joven arrodillándose de nuevo.

Tywin estaba, de veras, confundido. Aerys había sido su gran amigo, habían vivido muchas cosas juntos, y por eso le había dolido verlo degradarse tanto; el rey lo había insultado y humillado, y en últimas instancias, derrotado, pero ahora le tendía la mano de nuevo. Sin duda, Aerys estaba loco pero con aquel acto no sólo había rearfirmado su inestabilidad mental a ojos del Señor de Occidente, sino que lo había desarmado.

Tan cerca como estaban, Tywin se atrevió a contestarle en susurros igualmente.

¿Estás seguro, viejo amigo?

Por toda respuesta su alteza real Aerys, de la casa Targaryen, el segundo de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino tendió su mano hacia el señor de la Roca. Tywin se maldijo a sí mismo: se sentía, por primera vez, culpable.
Tomó la mano de Aerys, y se situó a su lado, un paso por detrás.

"Hay que degollar al rebelde, la ley es la ley", siseó Lord Stannis, Rhaegar casi podía notar como rechinaba sus dientes a sus espaldas. La Mano del Rey se volvió un instante, lo mínimo para que su gesto pasase inadvertido para su padre, que parecía mantener su atención en su ya rehabilitado amigo. “No es el momento de hablar eso aquí”, gruñó al señor de la Tormenta. Aquello no pareció apaciguar a Lord Stannis. “Esto no debe quedar así”. Por fortuna para el príncipe, no añadió nada más. Ser Oswell había llevado su mano al puño de su espada, pero un simple gesto de la mano de Rhaegar bastó al Capa Blanca para que relajase su actitud.

El pueblo tiene razón al hablar de la generosidad de Su Majestad –comentó Rhaegar en un muy ensayado tono que fingía alegría, con una habilidad para enmascarar sus verdaderos pensamientos que desconcertó a los más observadores–. No dudo del futuro brillante que le espera al reino, cimentado sobre el perdón y la reconciliación.

Después llegó la jura de lealtad de otros señores menores y se dio paso al banquete, pero Rhaegar Targaryen apenas prestaba atención al ambiente que le rodeaba. Todos lo achacaban a la bien consabida melancolía del príncipe, pero un solo pensamiento producto del rencor rondaba por la mente de la Mano. «La guerra no ha terminado. Lord Tywin, no creáis que esto quedará así».

Cuando vio arder el rostro de Beesbury y el salón entero mirarlo callado Stannis pensó “¿Hasta cuándo aguantaremos esto? Otro honorable imbécil. Pero el rey tiene los días contados.” La cercanía de la espalda del rey le hizo llevar la mano a la empuñadura de su espada, todos los ojos estaban clavados en el caballero del dominio. “Un salto, una estocada y todo habrá terminado.” Pero mirar al Príncipe lo detuvo “Qué estómago tiene, tanto deshonor me está revolviendo las tripas. Espero que esto termine pronto. Tiene que ser ya.” Entonces Aerys perdonó a Tywin y el mundo volvió a acelerarse. “Rhaegar, os está humillando, os está despojando de vuestro poder. El rebelde debe morir, junto al tirano.” Y se lo comunicó entre dientes al Príncipe. Sabía de sobras que había que callar, que no debían lanzar por la borda todos aquellos sacrificios. Lo había aprendido en la guerra. La mirada del joven señor de la Tormenta hacia el heredero del Reino era elocuente. “O lo hacemos ya, o el reino se convertirá en una desvergüenza.”

Pese a todo lo sucedido la Fortaleza Roja y todo Desembarco era una fiesta. El vino corrió, las comidas se sucedieron e incluso los prisioneros mantuvieron el espíritu alto sabiendo que si todo marchaba bien podrían regresar con vida a sus casas.

El futuro aún era incierto y la calma tardaría en volver a los Siete Reinos, pero estaban un paso más cerca.