El último dragón

La mañana había amanecido fría, y vientos gélidos soplaban desde el Norte. Llevaban pocos días en Invernalia, pero Daenerys y los suyos habían aprendido a abrigarse bien. Los Manderly les habían suministrado a ella y a su ejército bastas prendas de pieles que cumplían con su función. Atrás y muy lejos quedaban los tórridos días húmedos de la orgullosa Volantis.

Cuando anunció en el castillo que marchaba a dar un paseo matutino, el rey Stannis montó en fría cólera. Se suponía que Stannis había convocado una reunión a primera hora para decidir el orden de marcha hacia el Muro y para organizar los suministros del gran ejército que se había convocado. Retener contra su voluntad a una joven que montaba a un dragón y podía achicharrar a su ejército en un acceso de cólera no era el más prudente de los caminos. Y Dany, por supuesto, consentida como era, se aprovechaba de ello. Tampoco es que ella fuera aceptar de buena gana que ese aspirante a rey le dictase su agenda.

Había mandado a Doreah a llamar al joven Jon Nieve y le había citado a la entrada de un pequeño bosque en el que los Stark acostumbraban a practicar la cetrería. Mientras lo esperaba, decidió montar en Drogon y sobrevolar por los alrededores. No había mayor placer para ella más que ver el mundo desde las alturas y notar como el aire agitaba su larga melena plateada al viento. Rhaegal no se había decidido a acompañarles en aquella ocasión, el dragón verde había hecho un ovillo y se había puesto a dormir plácidamente en la entrada del bosque. El frío le había vuelto aún más perezoso de lo que ya era, últimamente se pasaba la mitad del tiempo durmiendo. Cuando aterrizó con Drogon a tierra, se encontró con que sus invitados ya habían acudido al lugar de la cita.

Alteza —se anunció la Consejera de Rumores, inclinando respetuosamente la cabeza. Vestía ya como una auténtica dama sureña, aunque quizá se maquillaba en exceso el rostro—. Os traigo a Jon Nieve, del Pueblo Libre, tal y como me habíais pedido.

Gracias, Doreah. Puedes retirarte —la reina examinó al joven de cerca. Era delgado, con cara alargada, ojos grises y pelo castaño oscuro. Si Rhaegar Targaryen era su padre, desde luego que había dejado poca herencia en él. No sabría decir el por qué, pero a Dany se le antojó guapo. La reina le tendió el brazo a Nieve y le sonrió con picardía—. ¿Queréis acompañar a esta joven dama en su paseo matutino?

Descortés sería no hacerlo.

Jon tomó el brazo de Daenerys y los dos jóvenes empezaron a caminar sobre la fría nieve. Una docena de Inmaculados los seguían a una distancia prudencial, guardando el perímetro.

¿Habíais visto ya a mis dragones, Jon?

Sí, pero no tan de cerca.

¿Y qué os parecen?

Son magníficos. De eso no cabe duda —Jon se mantenía serio y solemne. Era difícil discernir si estaba tranquilo o intimidado por Drogon, que no dejaba de mirarle con sus ojos dorados—. ¿Para qué me habéis mandado llamar, mi señora? Espero que no me hayáis convocado solo para enseñarme vuestros dragones…

Decís bien, Jon Nieve. Eso habría sido una pérdida de tiempo —Daenerys sonrió. «Hay que admitir que tiene carácter para que me hable con ese descaro»—. Hay varios asuntos a tratar, y prefería hablarlos con vos en un lugar apartado, sin oídos molestos a nuestro alrededor. El primero, el relativo a ese «pueblo libre» del que tanto hablan aquí en el Norte. ¿Tenéis autoridad para hablar en su nombre?

Ojalá pudiera —esta vez, le tocó sonreír a Jon—. El Pueblo Libre sólo sigue a los fuertes y a quiénes respeta. Yo sólo puedo hablar por mi grupo, y me consta que hay dos más con tanto poder como el mío. Si os ganáis a Tormund Puño de Trueno y a Mance Rayder, tendréis al resto de vuestra parte.

Algo de eso sé. Entonces no son tan diferentes de mis dothrakis… ¿Qué me podéis contar de esos hombres, pues? ¿Puedo confiar en ellos?

Sí y no. Sin duda, aceptarán luchar contra el enemigo común, pero no esperéis que os juren lealtad o que acepten vuestras leyes sin luchar.

Están al sur del Muro, en mi territorio —señaló Dany—. Soy su reina legítima. Eventualmente me tendrán que reconocer como tal.

Técnicamente no, mi señora. Están asentados en el Agasajo, que es propiedad de la Guardia de la Noche. Allí no aplican las leyes de la Corona como tal.

La Guardia de la Noche es historia, Jon Nieve —bufó Daenerys— . Mis informes me dicen que no llegan a más de medio millar de hombres. Afortunados pueden considerarse si no les castigo por su irresponsabilidad criminal de perder el Muro. El Agasajo tiene que quedar en manos más fuertes y aptas…

La Guardia luchó con honor, no había nada que pudieran hacer —objetó Jon con decisión—. Por cada uno de los suyos había veinte de los nuestros, y una muralla sólo tiene fuerza si está bien defendida. Los sureños abandonaron a la Guardia a su suerte. Si tenéis que culpar a alguien, culpadles a ellos.

Oh, pagarán por su irresponsabilidad, por eso no temáis. Han llevado a mis reinos al borde del desastre y eso es algo que no pienso olvidar…

Como digáis, mi señora.

¿Y bien? Si no podéis hablar por todo el pueblo libre, ¿para qué habéis venido aquí?

Para avisar. Para dar cuenta del desastre que se nos viene encima. Muchos norteños piensan que esta es una invasión salvaje más, como otras que hubo antaño. No es así. La realidad es que están huyendo. Huyen de los Caminantes Blancos y sus espectros, cadáveres renacidos por magia negra.

Sí. La Lucha por el Amanecer. Una nueva Larga Noche se avecina, y si no estamos preparados, la vida sucumbirá.

¿Entonces me creéis? —Jon parecía visiblemente sorprendido. «Ah, si hubieras visto lo que yo he visto…»— ¿Tomáis por sincero mi testimonio? ¿No necesitáis más pruebas que mi palabra?

Os creo. ¿Por qué no debería? Lord Stannis os creerá también. Los dos los hemos visto en los fuegos. No a los terribles amos, claro, pero sí a sus legiones de esclavos. El ejército de los muertos. Legiones y legiones de cuerpos. Fríos, muertos, ominosos, de ojos azules. Caminando lenta e inexorablemente hacía aquí sobre el suelo helado.

Veo que los habéis visto. Algo así no se olvida.

¿Os los habéis encontrado, entonces? ¿Habéis llegado a pelear con ellos?

Sí, pero no en batalla campal como tal. Ellos siempre estaban ahí, acechando. Atacaban a los pequeños grupos que se quedaban rezagados o aislados. Nunca a la luz del día, siempre se amparaban en la oscuridad. Rara era la semana que no hacían acto de presencia. El hostigamiento era continuo. Para matar a los cadáveres basta con el fuego, pero con respecto a los Otros… no estoy yo tan seguro.

¿Los habéis visto también? ¿Los Caminantes Blancos?

Si los hubiera visto cara a cara no estaría aquí. Pero he sentido su presencia, mi señora. Es… difícil de explicar, pero os aseguro que sabréis en cuanto lo experimentéis. Notaréis un frío que cala en lo más profundo de vuestros huesos, y a los animales de la zona inquietos. Y sabréis que algo no va bien.

He escuchado que el vidriagón es anatema para esos seres. He ordenado minar las abundantes reservas que hay en mi fortaleza de Rocadragón. Conforme hablamos, cargamentos del mismo están llegando semana tras semana a Puerto Blanco. Los Manderly nos las enviarán talladas para armar a quiénes luchen con nosotros.

Eso dicen las viejas leyendas. Habrá que confiar. Pero hay alguien con quién deberíais hablar sobre estos asuntos. Quizá el pueda daros más información al respecto…

¿Y quién es ese mirlo blanco? Contadme.

Es el maestre Aemon. Aemon Targaryen, hermano de vuestro bisabuelo, el quinto Aegon —«Por todos los dioses, ¿otro Targaryen? ¿Este mundo se ha vuelto loco? En fin, Jon parece sincero. Habrá que verlo»—. Es probablemente el hombre más sabio que he conocido. Está en el Castillo Negro. Aún vive, pero tenéis que apresuraros. A fin de cuentas, es un anciano centenario. Su salud es delicada.

Tenía previsto adelantarme en solitario con mis dragones para entrevistarme con los líderes salvajes y ganar tiempo organizando las defensas. Si voy sola con mis dragones creo que les causaré impresión. También porque prefiero adelantarme a Lord Stannis. Stannis está condicionado por los norteños que le apoyan y los norteños detestan a los salvajes. No creo que él sea la persona más indicada para tratar con ellos. Si además puedo entrevistarme en solitario con mi tío maestre, mejor que mejor.

Es una apuesta valiente. ¿Y consideráis prudente dejar atrás a todos vuestros seguidores, rodeados de nobles que no simpatizan con vos?

Stannis ha accedido a una tregua. Ese hombre será muchas cosas, pero juzgo que es hombre de honor. Mantendrá su palabra. Y si no lo hace… en fin, mi prioridad ahora mismo es salvar al reino —suspiró la reina— . Ahora ya no voy a echarme atrás, el resto de problemas vienen después. ¿Me acompañaréis al Castillo Negro, Jon Nieve? Creo que podríais serme un aliado muy útil.

Si tuviera alas, aceptaría con gusto, mi señora. Pero no veo manera de seguiros el ritmo con mi caballo, me temo.

Bueno, eso tiene fácil solución —Dany señaló al fondo, donde Rhaegal dormía plácidamente—. Ahí al fondo hay un dragón que no tiene jinete. Creo que está esperando a que lo reclaméis como montura…

La expresión de sorpresa e inseguridad que asomó al rostro de Nieve no tuvo precio.

Mi señora, debéis de estar burlándoos de mí…

Me temo que no, Jon Nieve —Dany volvió a ponerse seria. Ahora empezaba la parte más complicada—. Ese es el principal motivo por el que os he mandado llamar. Prestadme ahora atención. Lo que os voy a revelar quizá sea duro, pero os juro por los dioses antiguos y los nuevos que lo que os digo es cierto. O al menos, hay posibilidades muy razonables para considerar su verosimilitud.

Jon Nieve no dijo nada, se limitó a asentir. Y entonces Daenerys habló. Le habló sobre todo lo que Lord Varys le había revelado, le habló acerca de su verdadera ancestría y que cuadraba demasiado bien con el conocimiento que tenía ella sobre su hermano Rhaegar y su historia. Pero también le habló del desastre de Refugio Estival, de las visiones que habían atormentado a sus familiares durante las últimas generaciones, sobre profecías y otras muchas cuestiones relacionadas. Jon se limitaba a escuchar, de cuando en cuando planteaba alguna pregunta o pedía alguna aclaración, pero por lo general escuchaba a la reina en respetuoso silencio. Cuando Daenerys terminó de hablar no supo qué decir por largo tiempo. Ella le respetó, a fin de cuentas, era demasiada información a asimilar.

Todo esto es tan… absurdo…

Lo es —respondió Dany con una sonrisa alegre, contenta al ver que al fin se había animado a romper el silencio—. Hay días que me pregunto si de verdad estoy viviendo en un sueño. Pero si acabáis de ver dragones de carne y hueso con vuestros propios ojos, y a los muertos levantarse de nuevo de sus tumbas, ¿por qué no vais a ser un Targaryen?

» He viajado hasta Asshai de la Sombra, donde me fueron revelados los antiguos secretos de mi pueblo, la raza de Valyria. Creedme, Jon Nieve. Solo alguien con la sangre del dragón puede establecer un vínculo estable con un dragón. No entraré en los detalles del por qué, pero es así. Sólo hay una manera de probar de que todo cuanto te he contado sobre tu ascendencia es cierto. Y desgraciadamente, solo tengo a un candidato para montar a Rhaegal. Si mi sobrino Aegon no hubiera muerto las cosas quizá habrían sido distintas… pero el mundo es como es, no como queremos que sea. Rhaegal necesita un jinete para la batalla que está por venir. Mi vínculo con Drogon es irrompible, pero el que tengo con Rhaegal es bastante más frágil. Y para la tormenta que se nos avecina, tengo que estar completamente segura de que no va a descontrolarse.

» Así que os lo preguntaré, Jon Nieve. ¿Intentaréis reclamar a Rhaegal? ¿Me acompañaréis al Norte a hablar con los líderes salvajes y a unirlos bajo mi estandarte para luchar contra el enemigo común? ¿Lucharéis junto a mí y a mi dragón cuando llegue la Larga Noche?

¿Puedo confiar en ti, Daenerys?

Depende… si tenéis valor para tenderle la mano a una bruja —Dany le dedicó una sonrisa traviesa—. Pero sí. Podéis confiar en mí. Nada gano mintiéndoos. Te ayudaré para que Rhaegal te acepte con más facilidad y no te intente convertir en su menú del día. ¿Puedo confiar yo en ti?

Podéis confiar en mí —cuando Dany vió la fuerza con la que esos ojos grises la miraban fijamente, supo que lo había ganado para su causa—. Alteza.

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