Fuegos volantinos

Estaba rodeada de esclavos. No podía esperar otra cosa del Puente Largo, por otra parte. Los reconocía sus marcas: moscas para los que limpiaban excrementos, picos para los que trabajaban la piedra, lágrimas para las prostitutas… una muestra perpetua de su condición. Para que no olvidasen quiénes eran y cual era su lugar en ese lugar del mundo. Había visto que algunos soldados esclavos se enorgullecían de sus rayas de tigre tatuadas en sus mejillas. Quaithe no veía que orgullo había en llevar grabada en sus carnes la marca de la sumisión. La gente se apartaba a su paso, volvía a vestir con su habitual atuendo oscuro y su máscara roja lacada. Nadie quería tener a una domadora de sombras cerca. Había olvidado ya la última vez que había caminado entre los hombres sin causar esa sensación. Había pasado tanto tiempo ya… entonces aún tenía un rostro hermoso y no tenía necesidad de ocultarlo. Se detuvo entonces a mitad de camino. Una multitud se había agolpado alrededor de una sacerdotisa roja, alta, fina y espigada. Los dueños de los carromatos que intentaban pasar mascullían maldiciones y blasfemias contra el Dios Rojo. Subió por unas escaleras que había en un bloque de edificios a su izquierda que daba un patio porticado para poder tener mejor visión de ella.

¡Señor de Luz, arroja tu luz sobre nosotros! —clamaba la sacerdotisa. Los fieles repitieron el rezo. La mujer roja tenía rasgos orientales. «Yitiense. Una historia curiosa debe tener detrás, para estar tan lejos de su tierra»—. Pues la noche es oscura y alberga horrores. Una vez fui como vosotros. Fui comprada y vendida. Azotada, marcada y humillada.

» El Señor de Luz escucha vuestras voces. Escucha tanto al amo en sus mansiones como al esclavo de los suburbios. En especial, escucha a los inocentes y a los que sufren, al hombre de piedra que sufre en su miseria, al pobre que no tiene con qué pagar el pan. Pero pronto ese sufrimiento terminará. ¡Rh’llor nos mandó a su enviado para ponerle fin! Un cometa rojo anunció su llegada, y renació de entre las llamas para reconstruir el mundo… —la sacerdotisa abrió entonces sus dos brazos y los extendió en toda su longitud—. ¡La reina dragón! ¡La reina dragón! Viene desde Asshai desde el oriente para liberar a los hombres. ¡La reina dragón!

«¡La reina dragón!», coreaba la multitud. A Quaithe le pareció que era momento de retirarse cuando vio que la sacerdotisa fijaba su mirada en ella. ¿Acaso ella la veía con los mismos ojos que Benerro? El Sumo Sacerdote del Dios Rojo, desde luego, había sido claro con ella. «En los fuegos os he visto, una figura alta, oscura, sin rostro que descendía de la noche estrellada, manipulando a reyes con la sabiduría de los cielos». Ella ya había jugado esa partida antes y no pensaba volver a quemarse los dedos. Quería pensar que era más sabia. «El equilibrio del mundo está en juego».

2 Me gusta