Karaz-Valentia y la familia Roz

Llevaban semanas sin poder salir cómodamente de sus casas. Una desafortunada visita de un grupo de seres del inframundo había extendido una fiebre sin nombre que había dejado ya cientos de cadáveres. Desafortunadamente Karaz-Valentia se edificó a algo menos de un centenar de millas de una de las entradas a aquel submundo, la entrada murkiana, Pakko-Roz siempre mandaba a sus peores trabajadoras a hacer aquella ruta. Quizá debió informar cuando cuatro de sus caravanas enviadas habían retornada con enanos pidiendo la baja.

Por fin, la mañana del vigesimotercer día, las autoridades locales permitieron salidas controladas. Obviamente, sus trabajadores llevaban desde el primer día manteniendo sus turnos, había que seguir comiendo y los mercados Lonjaenana no solo no detuvieron su actividad, sino que bullían de una actividad propia solo de los antiguos tiempos de guerras y sitios, cuando los habitantes acudían a hacer acopio de productos básicos sin miramiento. Pakko-Roz había salido con un casco especial que había modificado su herrero particular, un filtro de varias capas de carbón y arcilla porosa le separaba del exterior. Durante aquella salida pensaba dejarse ver por una de las grandes plazas dominada por múltiples negocios suyos. Sus seguidores debían sentir seguridad, sus números no se habían resentido, pero mejor prevenir, la temporada estaba a punto de comenzar y presentía que ese año sería especial, requeriría ingentes cantidades de oro. Puede que no hubiera sido el mejor jugador de Blood Bowl, pero era jodidamente bueno haciendo oro.

Normalmente solo escuchaba halagos, acostumbrado a la más ridícula servidumbre de empleados y consumidores. Sin embargo, tres semanas de encierro habían caldeado los ánimos y polarizado las opiniones y pese a contar con un amplio apoyo de todos los clanes las voces críticas se escuchaban más a menudo, algo completamente nuevo para él. Quizá fue la sorpresa lo que le hizo perder sus nervios o puede que fuera su completo convencimiento de ser el que mejor gestionaba las situaciones de crisis en la ciudad, pero cuando dos barbilampiños le increparon su gestión giró sobre si mismo y bramó a la cara de los jóvenes enanos.

- ¡A la merda! ¡A la merda! – poco pudieron hacer sus guardias, incapaces de ponerle una mano encima a su líder, suficiente tenían con evitar que los sin barba mantuvieran la cabeza sobre sus hombros -. ¡Gilipollas! ¡Gilipollas! – y con un último grito sentenció el terrible atrevimiento de cuestionar al jefe de la familia Roz -. ¡A tomar por culo!

Al volver a su mansión, situada sobre la ladera de la montaña más alta, dominando las instalaciones de investigación y desarrollo rúnico, se refugió en su ostentoso despacho. Dos jóvenes enanos no merecían entrar en su libro de agravios, no eran nadie, pero se aseguraría que jamás se les dejara entrar en ninguno de sus mercados de la Isla de Nuffle. Dudó durante un instante, un enano de su nivel no podía perder los nervios, se sentía más inquieto que de costumbre. Paró un instante y alzó un rezo a Nuffle, estaba por encima de todo aquello. Estaba por encima de todos.

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