La Flor y Nata del Reino

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#1

Altojardín resonaba con las risas y con la música de los bardos. Se estaba celebrando algo. Al parecer, algo relacionado con dragones.

-Cuando… Cuando… Cuando vea el dragón… -empezó a decir con esfuerzo un altamente intoxicado Príncipe Edmund, que se sostenía a duras penas apoyado en Addam Hightower-… cuando vea el dragón le voy a decir… Te voy… te voy a cortar la cabeza… ¡y me voy a mear dentro!

Un coro exagerado de vítores y risas se alzó de la concurrencia. No quedaba claro si se reían con él, de él, o una mezcla de ambas. En cualquier caso, Edmund se envalentonó.

-Addam. ¡ADDAM! -gritó sin verlo, antes de darse cuenta de que estaba apoyado en él-. Addam, tú vas a venir conmigo… a matar el dragón. Tú y yo… ¡contra el dragón! ¡A la mierda el dragón! Pero la cabeza me la quedo yo -puntualizó-. Pero te puedes quedar la cola -concedió magnánimo.

Para Addam la noche prometía, en Altojardín apenas era conocido y eso hacía que pudiese relajarse, no debía guardar más las formas que el Príncipe y éste no parecía guardarlas demasiado… Cuanto más bebían más se venían arriba, hasta que el tema culmen del dragón salió a la luz y Addam acompañó al grupo de carcajadas generadas por el príncipe.

-¡Para rabo el que tengo aquí colgado! -dijo cogiendo su generoso miembro con ambas manos, en ese estado confundir cola con rabo no era tampoco descabellado, mientras se reía a carcajadas-. Se me ocurre algo, Edmund… -le susurró algo al oído, algo que posiblemente ni él mismo hubiese entendido pues su cabeza carburaba ahora a otro ritmo-. ¡TABERNERO! ¡QUIERO UNA OLLA, UNA PUTA OLLA! -miró a su alrededor y cogió al primer pobre diablo que pudo ver del brazo-. Tu serás el dragón del Príncipe…

Con lo que el creyó era paso firme se acercó a la barra y tomó la olla que el tabernero entre curioso y temeroso le facilitó y Addam se la puso en la cabeza a aquel pobre diablo

-Aquí tenéis a vuestro primer dragón -para dotarlo de mayor “realismo” cogió una vela de uno de los candiles que adornaba las mesas y la enganchó en una de las asas de la olla-. Matadlo y coronad reina de la belleza a alguna de las damas que os observan.

Un coro de aplausos, vítores y ánimos varios se habían despertado mientras un gran cucharón de madera caía a los pies del príncipe.

Edmund, por su parte, agarró una copa, la levantó y se la echó en pecho y espalda (la gran mayoría en el pecho pero, de alguna manera, también algunas gotas en la espalda). Perdió por un momento la noción del tiempo, y cuando volvió en sí Addam le decía algo de un dragón señalando a un tipo con un yelmo raro. La verdad es que no se enteraba ya muy bien de las cosas. Había bebido demasiado. De hecho, hacía ya horas y horas que había bebido demasiado, y en ese tiempo había seguido bebiendo; no todos los días aparece un dragón en Poniente y tenía que celebrarlo como se merecía.

Lo que el entendió, en cualquier caso, era que ese petulante del casco le disputaba el honor de matar al dragón. Sí, eso parecía. Estaba claro. Se quería aprovechar de él, ahora que estaba borracho, para robarle la gloria eterna.

Y Edmund eso no lo iba a consentir.

Se lanzó con un rugido sobre él, y ambos cayeron al suelo. Se oyó primero un “BONG” cuando la cabeza del paje, dentro de la olla, chocó contra el suelo de piedra, y luego otro “BANG” en un tono ligeramente distinto y un “toc” sordo cuando la cabeza de Edmund chocó primero contra la olla y, tras rebotar, contra el suelo.

Lo siguiente que vio, entre una neblina, fue a una figura vagamente maternal que se inclinaba sobre él y parecía preocupada. Ya no oía ruidos. Debía de haber acabado la fiesta.

Edmund intentó incorporarse y dijo algo. Algo parecido a “te quiero, mamá”. O al menos eso era lo que él intentaba pronunciar.

A continuación soñó que fornicaba, con un vigor impropio de su estado de embriaguez, con una joven de busto generoso. Pero en cierto momento la miró y en vez de verla a ella vio a Addam Hightower. El sueño se había convertido en una pesadilla.

Se levantó con un terrible, terrible, terrible dolor de cabeza, el peor que había tenido en su vida. Gimoteó lastimosamente durante un rato antes de ser capaz de abrir los ojos, y vio durmiendo a su lado, para su sorpresa, a la tetona de su sueño. “¡Así que no ha sido un sueño!” pensó, con una punzada de orgullo abriéndose paso entre su horrible malestar.

“Pero… entonces…”

Se incorporó con dolor pero con creciente ansiedad y miró a la espalda de la mujer. En efecto, Addam estaba acostado al otro lado.

Se llevó la mano al culo con temor, pero no notó nada raro por allí abajo, para su alivio. Con un bufido, se dejó caer de nuevo e intentó volver a conciliar el sueño. O morirse. Lo que pasara antes.


Al verlo caer de aquella manera, Addam no pudo evitar reprimir las carcajadas. Lo que hacía un momento eran momentos de jolgorio se convirtió en una mezcla de risas entre aquellos que encontraron de lo más cómica la actuación de un malogrado Príncipe y momentos de preocupación y angustia entre aquellos que creían que podía haber sufrido en aquel duro chance contra el suelo, entre ellas una bella señora de buena edad pero hermosa y de buen busto.

-Creo que deberíais cuidar bien de vuestro campeón, el dragón ha sido vencido y merece la gloria - le dijo a la señora, que probablemente era alguna fulana que aguardaba el momento de buscar una vida mejor-. Y vosotras dos -sus manos habían ido a parar a las nalgas de un par de jóvenes doncellas, putas también con casi total seguridad- asegurémonos que el Príncipe sigue respirando y permitidme que os enseñe mi premio…

Entre risitas y cuchicheos Ser Addam echó los brazos por encima de los hombros de las muchachas impidiendo que escaparan y apoyándose para no caer, un poco de cada, y anduvo detrás del Príncipe que lastimosamente caminada dando tumbos hacia una habitación de un edificio que parecía cercano a la buena taberna en la que habían pasado la tarde y buena parte de la noche.

Cuando despertó a la mañana siguiente, todos yacían en una enorme cama, la señora que se había ocupado del Príncipe dormía entre los dos hombres y las dos jóvenes permanecían a los pies de la cama, todos desnudos aprovechando el buen tiempo que reinaba en el Dominio.

Mientras caminaban hacia la torre donde iba para mostrar sus respetos al Rey antes de partir hacia Antigua comentaban las hazañas de la noche anterior, aunque Edmund aún parecía andar entre pesadillas.

-Os comportasteis de manera salvaje con aquella mujer, nunca vi arremeter a nadie con tanto ímpetu y tanto alcohol en el cuerpo. Aunque al poco os desplomasteis… La dama fue bastante generosa, os estuvo lamiendo el miembro durante largo rato pero no consiguió devolverlos a la vida -una fuerte palmada en la espalda casi hizo tumbar al príncipe que apenas deambulaba y se le notaba bastante convaleciente-. En unas semanas se celebrará el Gran Torneo de Antigua… Os enseñaré como nos las gastamos en mis tierras.


Nueve meses después, de manera simultánea en Altojardín y Antigua…

-¿Que ese niño es mi qué? -dijeron Edmund y Addam