La guerra en el invierno

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Noticias habían llegado del norte, una nutrida hueste procedente Skagos campaba a sus anchas por tierras de los Karstark y los Umber. Ambas familias habían plantado cara a los invasores y ambas habían caído en sus garras. Castillos destruidos, aldeas quemadas y prisioneros los supervivientes de entre los defensores.

Eddard Stark había partido desde Harrenhal al Nido de Águilas a ver nacer a su primera hija. Allí, dioses mediante, se había encontrado con su amigo Elbert, heredero del valle y curtido guerrero continental y extra continental. Ambos acababan de ser padres de sendas niñas preciosas, pero el heredero del Valle había perdido a su esposa. Cuando Eddard puso en antecedentes a Elbert, este no perdió un instante. Dio rápidas órdenes y en un par de jornadas, 800 hombres se aprestaban a la marcha. Eddard se aseguro de insistir en que el norte era duro con la gente, en especial con los que no conocían el invierno norteño, Elbert se aseguro de reunir ropa de abrigo suficiente para que nadie muriera de frio, si alguien debía morir, mejor que fuera en combate. De nido de Águilas irían a Piedra de las Runas, donde 800 hombres más se unirían a la comitiva Arryn, y de ahí, irían por mar hasta Puerto Blanco, donde tomarían el camino real para llegar a Invernalia en lo que esperaban fuera tiempo record.

Con la mayor parte de los hijos del invierno en las tierras del verano, los caminos del norte tenían mucho menos transito del usual y la nieve los cubría mucho más deprisa de lo que los norteños los descubrían. Elbert y Eddard lo comprobaron a cada paso, suerte que aunque el clima no acompañara, las gentes del lugar si eran amigas. A cada día se les unían más hombres, jóvenes imberbes, ancianos demasiado cansados y hombres que si bien no habían sido aptos para la leva inicial, ahora se incorporaban a filas ante el peligro de los saqueadores isleños. 1.000 hombres no, 1.000 vidas dispuestas a entregarse por la defensa de su tierra. Llamarlos hombres en el sentido bélico, era decir mucho. Armados con horcas, hachas, guadañas e incluso arpones, eran una muchedumbre furiosa. Si, furiosa, a cada paso, Eddard Stark los animaba, señalando a los hombres del valle que por amistad y fraternidad habían dejado el cálido sur por ayudarles con los despreciables ladrones que saqueaban a sus compatriotas. Señalaba a los hombres de Elbert, que portando estrellas blancas en sus sobrevestes azules, proclamaban orgullosos quienes eran. Veteranos mercenarios de Essos, Elbert los había reunido en torno a su estandarte y ellos le habían entregado su lealtad al pie de las montañas donde se aparecieran los Siete allá en Andalia. Eran hombres acostumbrados a climas mas cálidos, pero también a las penurias y aunque hubieran preferido estar en un millar de sitios antes que allí helándose las pelotas, no habían conocido comandante a quien seguir con mas fiereza. Elbert había peleado en los ríos por Aerys, 3 veces. Lucia en el torso el recuerdo dejado por el pez negro cuando se encontraron. En esos había perdido un ojo a manos de un dothraki, su antaño hermoso rostro, se antojaba ahora el de alguien mayor y más temible sin duda. Los jóvenes norteños daban fe, cuando los miraba con su único ojo azul, algunos temblaban, la mayoría no sostenían la mirada.

Los ancianos norteños comenzaron a llamar a Eddard “El Joven Lobo”, era un joven Stark, con el porte de un señor y la seriedad de un maestre. Puede que prefiriesen estar en sus hogares en vez de allí, pero sentían que algo importante les esperaba, querían ser parte de ello, contar historias junto al fuego como hacían los veteranos de Elbert.

Eddard y Elbert compartían tienda por las noches, debatían sobre como atacarían a los Skags y sobre el futuro.

-Cuando todo acabe Eddard. ¿Vendrás al valle o te quedaras aquí? Sabes que eres mi hermano y tendrás un hogar allí.

-No lo sé Elbert, tendré que hablar con mi hermano. Ya sabes, la manada ha de permanecer unida. No sé qué planes tiene mi hermano ni si necesitara algo de mí una vez todo vuelva a la normalidad.

-Yo también soy tu hermano y te necesitare. También necesitare que os quedéis en el valle tu esposa tu hija y tu, mi hija necesita una familia y nadie me es más cercano que vosotros.

-Olvidas a tu tío, a Dennys y a Jasper también.

-Mi tío, quiero a ese hombre. Ha sido más padre de lo que mi padre fuera para mí. Pero su decisión de hincar la rodilla ante Tywin… no sé si podremos volver a los tiempos de antes de la guerra. No te lo había contado, pero me fui a Essos a demostrar que la corona que los Hightower habían encontrado en Antigua era falsa. Lo cierto es que costo gran esfuerzo, pero encontré una corona antigua que bien podría ser la del primer rey ándalo, o al menos de algún antiguo rey Ándalo y dado que la encontré en el primer septo construido jamás, parece bastante autentica. ¿Verdad? Pues una vez la tuve en mis manos, envié a mis hombres a comprar espadas por Essos, con la intención de volver a poniente y ponerlas al servicio de Aerys. Pero cuanto más lo pensaba… ¿Pelear por ese hombre contra mi tío? No fui capaz, pero tampoco sentí cómodo con la idea de poner a mis hombres a pelear por Tywin, lo hubiera hecho, lo estaba a punto de hacer, hasta que me pediste ayuda.

-Vaya, Elbert. No sabía que fueras tan profundo. Siempre me pareciste mas como Robert que como tu tio. Robert… Me traiciono. He partió el corazón. Y lo añorare siempre, añorare al hermano que fue, no al monstruo en que acabo por convertirse. Aun asi, su martillo nos hubiera sido de gran ayuda en esta situación.

-¡Por Robert! ¡Qué descanse en el mejor burdel de los siete infiernos!

-¡Por Robert!

Menos de 3 millares de hombres dejaron Invernalia camino de Último Hogar. Y partieron con el conocimiento de una dura noticia. Lord Jon Arryn se había rendido. Ante la futilidad de la continuación de la lucha contra Aerys y tras haber sido Tywin derrotado en Atranta por el príncipe Rhaegar, Lord Jon Arryn había mandado a casa a sus hombres y se había ido en solitario a Desembarco del rey. Algunos testigos hablarían bien del difunto señor del Nido de Aguilas, de su compostura y de su valor. Pero lo cierto con seguridad es que Aerys ordeno su ejecución, el afilado acero del verdugo, cerceno la orgullosa cabeza de Lord Jon, haciendo en ese mismo momento, que Ser Elbert Arryn, pasara a conocerse como Lord Elbert Arryn.

-Añorare al viejo Eddard. Siempre. Pero ahora soy señor y necesitare hombres en quienes confiar. ¿Qué tal si me juras lealtad y te hago señor de las montañas de los clanes? Les caes bien, podría funcionar.

-No puedo prometerte nada Elbert. Dame tiempo para pensar y para hablar con mi hermano. Por favor.

-Sabes que soy como un perro de presa, he probado tu sangre por asi decirlo, y ya no te soltare jamás. Volveremos a hablar de esto cuando acabemos con los Skags. Hablando de los Skags. ¿Sabemos ya algo de la guardia de la noche? Dijiste que mandarían hombres a ayudarnos.

-Aun no sé nada. Las últimas noticias hablaban de un millar de hombres con Jeor Mormont mandándolos. Nuestros exploradores han traido noticias del enemigo, no hay duda de nuestra victoria, tras el ataque a los Umber sus números debieron reducidos.

Los hombres de la guardia llegaron esa misma noche. No traian informes precisos de los números de los invasores, al parecer, los Skags se movían por la nieve como peces en el mar. Parecia que el clima los alentara en vez de hundirlos. Si pudieron contar el plan de Mormont, estaba cerca del enemigo, sus hombres ocultos. Proponia que desde el sur, Elbert y Eddard lanzaran su ataque y el lanzaría el suyo una vez todos los Skags estuvieran inmersos en la lucha, el numero parecía jugar a favor de las fuerzas de la guardia, el norte y el valle combinadas. El plan era sencillo y la victoria seria sencilla también.

Más de un mes habían campado los Skags a sus anchas por las tierras de los Karstark y los Umber. Habían violado, matado, quemado y aterrorizado. El avance de Mormont había hecho replegarse a los Skags, a pesar de que muchos habían tratado de dar muerte al capitán de los exploradores de la guardia de la noche, pocos había que pudieran decir que lo habían enfrentado, pocos Vivian para contar la experiencia. El que todos suponían próximo Lord Comandante de la Guardia de la Noche, era guerrero y comandante veterano y sus hombres sabían cómo lidiar con salvajes.

Los Skags se hallaban cercados, empujados hasta Ultimo Hogar por Mormont y sin posibilidad de huir al sur a sabiendas de que Eddard y Elbert subían a por ellos, se aprestaron al combate. Entre las ruinas del otrora orgulloso castillo de los Umber, las tres huestes entraron en acción. Como había sugerido Mormont, Stark y Arryn avanzaron primero, formando una amplia línea, forzando al enemigo a extender las suya, para no ser rodeados. Con casi la totalidad del enemigo sumido en el combate, Mormont entro en acción, como sombras malignas, sus hombres avanzaron por la nieve, apoyando a sus aliados allí donde más necesarios eran.

La batalla fue corta pero cruenta, la nieve estaba roja por doquier y los lamentos de los heridos y moribundos eran coro. Finalmente los hombres de Skagos fueron derrotados y los gritos de victoria superaron a los gritos de los heridos. Y allí en ese momento, muchos aprendieron una dura lección. Un enemigo herido, no es un enemigo muerto.

Lord Elbert Arryn se acerco a uno de los comandantes Skags con los que había cruzado acero. El hombre llevaba una capa con los colores de los Umber y pensó que sería buena cosa recuperarla para que Eddard la devolviera a la familia. Clavo su espada en la tierra, junto a él. Soltó la capa del cadáver enemigo, pero el peso del hombre la tenia sujeta, dado que no quería rasgarla, tiro del hombre del muerto para girarlo y liberar la capa.

El hombre no estaba muerto aun, y haciendo gala de una enorme determinación, dado que sus tripas yacían esparcidas por la nieve, apuñalo a Elbert en un pierna. Sobre la rodilla, sajando musculo, tendones y ligamentos. La sangre salía a borbotones de la herida y el destrozo era enorme, el orgulloso hijo del valle se desplomo como un árbol ante un leñador mientras el Skag se reía con la boca llena de sangre y la vida yéndosele por el agujero del vientre. Ser Clint Eastwood, hace no mucho escudero de Elbert, acabo con las risas del hombre y corrió a auxiliar a su señor. Que conmocionado por él y ante la visión de su pierna derecha destrozada, solo pudo decir…

-Mierda. Era mi pierna buena.

Se desmayó. Lo atendieron allí mismo, cauterizaron la herida en el propio campo de batalla. Pero las complicaciones no terminaron ahí. Necesitaba un maestre con urgencia.