La palabra del Señor de la Luz

La habitación entera pareció iluminarse.

Una figura emergió de las llamas. Pequeña, de ojos azules y rasgos de niño. A su alrededor el fuego parecía brillar con menor intensidad y la luz desvanecerse en negruras imposibles de describir de una manera racional. Su mirada, fría y antigua, a pesar de la cara en la que se enmarcaba, no transmitía más que muerte y dolor. Un dolor más antiguo que el mundo que hollaban.

A su alrededor había más. Arrastrándose, crepitando entre las sombras que parecía estar conjurando Melisandre en aquella alcoba de Invernalia. Las extremidades tambaleantes, los ojos muertos de aquellos que ya no caminaban entre los vivos. Avanzaban hacia Stannis desde todos los flancos. Las llamas parecían estar extinguiéndose…

“Solo una visión” Stannis Baratheon no había conocido el miedo en batalla ni el temor ante Dios. Pero había algo más antiguo que cualquier fuerza que hubiera conocido operando allí. Abrió la boca para dejar escapar un grito cuando el hogar volvió a brillar con fuerza y del fuego emergió otra figura. Blandía una espada y montaba un córcel hecho de luz, y los muertos retrocedían a su paso y el niño de ojos azules lo miraba con temor.

Azor Ahai, no podía ser otro, recorrió la habitación haciendo retroceder a la sombra hasta que se encontró cara a cara con el Enemigo. La espada golpeó el corazón helado, pero se quebró en pedazos. Una sonrisa, otra sombra. El frío del Norte volvió a invadir aquella sala y la propia Melisandre pareció perder la compostura. Otra mujer emergió entonces de las llamas, el torso desnudo y la mirada fija en el héroe que se defendía, como podía, de más figuras muertas emergiendo de todos lados.

“Nissa Nissa…”

Una espada hundiéndose en su pecho y emergiendo envuelta en llamas, con un color más vivo de lo que había visto nunca. Stannis tuvo que contener una lágrima ante el desborde de emociones que lo invadía. Cayó de rodillas mientras Melisandre seguía impávida tras él. Azor Ahai blandió entonces la espada llameante, haciendo retroceder a la oscuridad. Corona regia en la cabeza, arma en la mano, un guerrero invencible.

Pero el Gran Otro no retrocedía ante su fuerza, sino que permanecía en el mismo sitio, y las sombras seguían arremolinándose a su alrededor y levantando a los caídos para lanzarse contra el héroe. Fue en ese preciso momento cuando Azor Ahai pareció mirarle directamente. A él, el más irrelevante de los hermanos Baratheon, Rey por derecho, pero también por sorpresa. El que había hollado el Trono de Hierro apenas una semana en su más de un año de reinado, mientras Poniente se consumía en un conflicto constante. Azor Ahai le miró y, ante la creciente oscuridad, depositó su corona en el suelo, que se desvaneció con una ráfaga de luz.

Junto con la corona desapareció también el regio colgante que había ceñido su capa, así como un estandarte, ¡ahora lo veía!, coronado que iluminaba uno de los muros de la habitación. Sin corona ni pretensión, más que su espada y su armadura, Azor Ahai volvió a meterse en la oscuridad que salía de ls llamas, y con Dueña de Luz resplandeciente, atravesó las hordas de la muerte y volvió a clavarla en el pecho del Gran Otro.

Y entonces este gritó, con un sonido que tendría que haber escuchado toda Invernalia, y se desvaneció. El héroe cayó de rodillas y miró a su alrededor. Las llamas parecieron apagarse, pero revivieron con un fiero crepitar cuando otro hombre entró en la estancia. Un hombre de cuya mano surgió una larga línea azul, que fue alzándose contra una pared. Poco a poco llamas y magia construyeron una nueva figura: un Muro frente al hogar, mientras el olor a ceniza empezaba a invadir la sala.

Azor Ahai volvió a mirarlo, primero a él, y luego al Muro. Luego le dio la espalda y se dirigió hacia los restos ardientes de la Chimenea.

-Ahora sabéis el precio de la victoria, mi señor. El sacrificio desconocido de Azor Ahai - Melisandre le posó una mano sobre el hombro. En otras circunstancias la habría apartado, un gesto inapropiado en una corte, un gesto para un hombre débil. Pero allí, de rodillas sobre las piedras de Invernalia, no pudo sino agradecer el contacto de otro humano. - El último sacrificio del Rey Stannis Baratheon.

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