La mañana comenzó con un desayuno para Cassandra y las demás damas de la casas Caron y Baratheon que la habían acompañado. Engalanada con ropajes dorados con detalles en verde, la joven heredera de Bastión de Tormentas disfrutó de la comida, la bebida y la conversación. Si los nervios habían anidado en ella nadie lo habría dicho, la futura princesa llevaba apenas unas semanas en la capital, pero ya había hecho de la ciudad su hogar y suya un ala entera de la Fortaleza Roja.
El rey apareció apenas unas horas antes de la ceremonia, el protocolo dictaba que intercambiara unas palabras con la que sería su cuñada y que les otorgara oficialmente su beneplácito. Llegó con visibles muestras de haber disfrutado la noche anterior, si lo hizo hambriento tuvo que conformarse con unas pocas peras confitadas y otros pastelillos de frutas. Las damas de las Tormentas habían dado buena cuenta de la panceta, el tocino ahumado, los panes con mantequilla y el pastel de nuez. El padre de la novia debía llegar en aquel momento, para acompañar a su hija al Gran Septo, pero un conflicto entre vasallos y una incursión en las Marcas habían requerido su presencia para comandar las huestes que se estaban reuniendo en la Selva. Finalmente, fue Lord Royce Caron, el abuelo de la novia, quien la entregaría a su esposo.
En aquel momento Aemond Targaryen debería estar esperándolos, bajo la cúpula de oro y cristal. Justo en el centro de los siete altares, como observado por los dioses, aguardaba el hombre más peligroso del reino la llegada de su princesa. Toda la ciudad hablaba de la última vez que un Baratheon se había casado tras aquellos muros. Sin duda, una ocasión muy diferente. Todos las grandes casas de Poniente habían acudido al enlace de Lord Rogar Baratheon y la reina regente. Aquella mañana no faltaban curiosos y no escaseaba la expectación, pero sí lo hacía la nobleza entre el público. El reino amenazaba con desangrarse y la mayoría de los señores esperaba el momento de posicionarse, con la amenaza de los dragones sobre sus cabezas. No es que el populacho no temiera el futuro, pero estaba acostumbrados al temor y la duda. Al menos, ese día, las sobras de los pudientes llenarían sus tripas una noche más.
La ciudad parecía haber revivido tras días de aturdimiento y el pesar de las noticias de un conflicto que seguía muy presente, como una bruma densa que no terminaba de despejarse. La llegada de los Baratheon había venido acompañada de un desfile, comida y regalos traídos desde las tierras de las Tormentas. Aemond se había asegurado, a riesgo de sus finanzas, de que se distribuyeran pasteles, pequeños juguetes, embutidos y panes entre el pueblo. Que la fiesta que habría de celebrarse en el Gran Septo de Baelor y tras los muros de la Fortaleza Roja no fuera una ajena a una población que comenzaba a inquietarse ante el bloqueo en la bahía.
Ahora esperaba bajo la gran cúpula, observada por el Septon Supremo, los Siete Dioses, su madre, hermanos y los diversos señores que allí se habían reunido. Dada la situación, las invitaciones habían hablado de una boda rápida, convocando a aquellos que quisieran asistir. No muchos habían podido. Tampoco es que le importara: la guerra tenía prioridad.
Las puertas se abrieron y Lady Cassandra Baratheon entró, escoltada por Lord Royce Caron. Espléndida, con el largo cabello negro suelto y engarzado con una tiara que brillaba en su frente y rimaba con sus ojos de color azul. Bella a la manera tormenti, de hermosas curvas, carácter fogoso y conversación animada. Se habían conocido entre los muros de Bastión de Tormentas y deber y pasión habían llevado a Aemond Targaryen hasta ese altar. Un momento de paz en el que no podría vivir mucho tiempo.
Se pasó una mano por la capa de color verde oscuro, abrochada con el emblema de los Targaryen. No llevaba el parche puesto, sino que el zafiro que reemplazaba el ojo perdido brillaba para que todos lo miraran. El Monstruo de un Solo Ojo y su mujer, que descendía las escaleras poco a poco, presta a pasar de la protección de su padre a la del Príncipe. Un príncipe errante que pronto partiría de nuevo.
Por la presente, yo, Aemond, Príncipe de la Casa Targaryen, doy gracias a los Siete por el nacimiento de mi hijo, Orys Targaryen. Que la bendición de los Dioses y de un reino en paz le protejan, así como a su madre, mi esposa, Lady Cassandra Baratheon, cuya presencia a mi lado agradezco todos los días.