La Tormenta en armas

Lord Bruce Caron descendió del caballo y saludó a Lord Buckler estrechando el brazo en un gesto de camaradería.

Hacía horas habían enviado una avanzada para advertir de su llegada al campamento principal, los ejércitos de las Marcas movilizados junto con el resto de las tropas de La Tormenta, cansados después de varias jornadas por el bosque pero enteros y preparados para emprender nuevamente la marcha. La ayuda de los guías de la Casa Fawnton se había probado muy útil, no solo para buscar la ruta menos azarosa, sino también para instruir a los exploradores y cazadores y permitir el forrajeo de un ejército de estas características.

Estaréis cansado Lord Bruce, podéis ocupar una de esas tiendas, Lord Buckler señaló con el índice hacia un pequeño promontorio en el que se podían ver los pabellones de las casas nobles de La Tormenta, todas parecían haber acudido al llamado del Rey.

Os agradezco Lord Theodore, pero ya habrá tiempo para eso, replicó Lord Bruce, con vuestra venia primero presentaré mis respetos al Rey.

Su alteza real, Argilac Durrandon observaba desde la entrada de su pabellón la larga columna de hombres que venían desde el sur. Bajo su espesa y entrecana barba se dibujó una amplía sonrisa. Por fin los hombres del sur de sus dominios habían llegado. Ahora todo cambiaría.

Un pequeño grupo, avanzó entre los pabellones y tiendas y Argilac los observó acercarse lentamente con las manos cruzadas a la espalda. Sus caballeros aguardaban tras él, en silencio, con la mano en la empuñadura de sus armas. Eran tiempos convulsos y proteger a su rey era su máximo cometido. El ambiente alrededor de la tienda real era lúgubre y sombrío, pocos hombres se acercaban si no era necesario hacerlo. Todos conocían el temperamento del rey.

Conforme se fueron haciendo más visibles a los ojos del rey pudo ver a Lord Caron al frente de la marcha y aguardó bajo la entrada de su tienda a que llegara, resguardándose de la tenue lluvia que empezaba a mojar los campos. Vio al jinete desmontar y acercarse, hacer una reverencia y presentarse ante él y entonces rompió su silencio.

Lord Caron, alegráis la vista de este viejo rey – dijo sorprendiendo a los caballeros que le custodiaban, Argilac parecía estar de buen humor. – Pasad a la tienda y calentaos, enseguida os traerán algo para comer y beber – le dijo entrando el primero en la estancia y esperando a que el otro le siguiera.

Una vez se hubo puesto cómodo su invitado Argilac volvió a abrir la boca – veo que traéis un buen número de hombres. Acerté al poneros al mando. Esta noche y mañana descansaremos y planificaremos la marcha. El segundo día partiremos hacía el Aguasnegras. Allí nos espera ser Balon que ya debería tener todo dispuesto. Vamos a mostrar a ese estúpido y arrogante valiryo que pasa cuando se amenaza a la tormenta – le explicó guardando entonces silencio y observándole con detenimiento.

Lord Bruce asintió, también sorprendido por la cálida bienvenida, y siguió al rey al interior de la tienda, lo había visto en una única oportunidad hacía cuanto, diez, quince años quizás y no pudo evitar pensar en cuanto había envejecido. Aquel era el hombre que había rechazado la invasión dorniense y capitaneado sus tropas en la alianza contra Volantis cuando aún era un muchacho imberbe, el mismo que había capitaneado a la vanguardia de La Tormenta contra el Dominio en Campoestío y matado al Rey Garse en combate singular. Ahora la mirada aquilina se veía cansada, los hombros curvados por el peso de la edad, la melena y la larga barba encanecidas, y aún así el viejo rey mantenía una presencia imponente.

Lord Bruce aceptó la copa que le ofrecía el escudero y se removió con cierta incomodidad en su asiento ante el cumplido del Rey.

Gracias Milord, me honráis con vuestras palabras, pero no me corresponde a mi ese mérito, si no a vuestra capacidad para convocar a los hombres, todos esperan que los conduzcáis una vez más a la victoria, no había falsa humildad en las palabras del señor de Canto Nocturno, es más, se sentía avergonzado por haberse presentado sin tropas propias, puesto que los hombres de la Casa Caron se habían quedado protegiendo los pasos con Dorne.

Todas las casas marqueñas han acudido prestas a vuestro llamado pero, si bien hemos dejado atrás hombres capaces y experimentados guardando nuestras fortalezas, sus números serían insuficientes si sufrimos un ataque a gran escala, Bruce miró al Rey, debía transmitirle lo que era una preocupación común de todas las casas fronterizas, todos hemos dejado nuestras familias y propiedades atrás y los dornienses son chacales atentos a cualquier debilidad para atacar.

Lord Bruce era un hombre de palabra, había jurado lealtad al Rey Argilac y a la casa Durrandon como antes lo había hecho su abuelo y sus antepasados, había recibido las órdenes del rey y las había obedecido y ahora las obedecería de nuevo, aún si estas eran marchar al norte del Aguasnegras, pero como hombre apegado a su tierra y a su familia, le costaba entender que para luchar con un ejército invasor tuvieran que abandonar La Tormenta.

Argilac se mesó la barba ante la preocupación del señor de las Marcas. Hacía bien en transmitirle su temor y hablarle con claridad pero sabía que era un riesgo asumible a cambio de sobrevivir. Ya habría tiempo de volverse hacía Dorne.

Dorne no importa - respondió tras unos segundos, entrelazando las manos en su regazo y mirando fijamente a los ojos del marqueño. - Dorne puede hacer lo que quiera. Si avanza los hombres que quedan deberán defender los pasos y aguantar. Necesitamos todos los hombres aquí. Vos no conocéis el poder de los dragones. Esas bestias aladas son como un millar de hombres. Aegon es la auténtica amenaza. Cuando acabemos con el y sus escasas tropas ya habrá tiempo de volvernos hacía el sur. Cada vida sesgada y cada palmo de tierra que pretendan arrebatarnos lo recuperaremos multiplicado por cinco. Si Dorne nos ataca Lord Bruce os juro que os haré señor de todas las Montañas Rojas y vuestros dominios se extenderán hasta el desierto - le respondió buscando calmar al marqueño. No iba a mentirle, Dorne no le preocupaba demasiado, pero tampoco iba a obviar aquella amenaza.

En cuanto al viaje que nos queda, ¿cuándo estaréis preparado vos y vuestros hombres? - preguntó el rey mientras se levantaba en busca de un mapa de la región. Encontro el pergamino enrollado entre un montón de textos y mapas de diversas regiones y lo acercó hasta la mesa para mostrarle la ruta a seguir. Cruzar el bosque y llegar al Aguasnegras, una vez allí, tocaría seguir adelante.

Bruce inclinó la cabeza en señal de asentimiento, sintiéndose nuevamente incómodo, señor de las Montañas Rojas, sin duda eso complacería a su padre.

Se hará como ordenéis, Majestad, acertó a decir, si las historias de los dragones eran ciertas, y Argilac así parecía creerlo, entonces necesitarían hasta el último hombre capaz de empuñar un arma. Por su parte, ya habían tomado las precauciones posibles para defender las Marcas, si Dorne atacaba venderían cara su derrota.

Estos hombres están acostumbrados a marchar en montaña, mi señor, y los Fawnton nos han apoyado para cruzar el bosque, dadles una comida caliente y una noche de reposo y mañana estarán listos para marchar con el resto del ejército, respondió Lord Bruce mientras se inclinaba sobre el mapa.

Una vez que crucemos el Aguasnegras, será difícil ocultar el nuestro avance, un ejército de estas dimensiones no pasará inadvertido, menos si nuestro enemigo tiene dragones para observarnos desde arriba, mi consejo al norte del Aguasnegras sería avanzar a marchas forzadas y sorprender al valiryo antes de que pueda prepararse para enfrentarnos.

Argilac sonrió satisfecho, un día, un día de descanso y su camino hacía la gloria eterna continuaría. Alzó la copa en honor de su invitado y de un solo trago la vació en su gaznate derramando parte en su tupida barba entrecana.

Pretendo conseguir amigos en el Tridente Lord Caron - dijo jugando con su mano derecha con el cuchillo de la cena - es posible que no nos vea llegar, pero si así fuera, no pasa nada. Lo superamos en número y valor y los Hoare nos apoyaran. Llevan días solicitando nuestra ayuda. Una vez acabemos con Aegon será Hoare a quien le ajustaremos las cuentas. Vos y yo restableceremos la grandeza del reino Lord Bruce - dijo el rey con los ojos brillantes de la emoción. El hormigueo de los dedos era sintoma inequivoco de su impaciencia, quería sentir el acero en la mano y cabalgar frente a sus hombres hacía el enemigo, demostrarse que aún podía comandarlos pese a su edad.