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#1

Leyó la carta dos veces, pero no daba crédito a las palabras que el cuervo le había hecho llegar. “Alas negras, palabras negras”. Cuánta verdad había en ese viejo dicho. Quemó el papel con la llama de una vela, mientras su mirada se perdía por una de las ventanas de la torre. El cielo estrellado y el silencio de la noche cubrían esa parte del mundo, pero él, en su interior, estaba lejos de sentir la calma que reinaba fuera.

—¿Qué decía la carta, padre? —preguntó Walter con voz temblorosa. Como casi siempre que se dirigía a él.

—Era de Aegon Targaryen. Quiere erigirse en rey de los Siete Reinos. Pide hincar la rodilla o sufrir su ira.

Walter se acercó a su padre, mientras la llama de las velas bailaba a su paso, generando una danza de sombras informes y lóbregas en la estancia. Se sentó y, con un gesto de la mano, pidió vino. Un sirviente le alcanzó una copa llena.

—¿Y qué es lo que haréis, padre?

Wyl de Wyl seguía con la mirada perdida, mientras pensaba en las consecuencias inmediatas y más lejanas en el tiempo de lo que acababa de leer.

—Hijo, sabes que debemos lealtad a los Martell. En este momento hemos de hacer lo que digan, apoyar su decisión, sea cual sea, y mostrar nuestra lealtad. En este mundo es muy fácil tener enemigos, así que hay que cuidar a los aliados.

Con un estridente grito pidió una pluma y un pergamino. Una de las criadas lo trajo de la habitación de al lado. Wyl de Wyl no perdió la oportunidad de manosear uno de sus pechos y pellizcarlo, con tanta fuerza que la chica emitió un involuntario gemido. Walter se removió incómodo en su silla.

—Padre, ¿puedo sugerir…?

—¡No! Harás lo que yo te diga, imberbe estúpido. Ahora mismo lo que debemos hacer es apoyar a nuestro señor. Para mandar hay primero que servir. Cuanto antes te lo metas en tu cabezota mejor le irá a nuestra casa.

Walter agachó la mirada, como siempre hacía cuando era presa de la ira y de las palabras agresivas de su padre, que le aguijoneaban con más violencia que las que cualquier otro pudiese pronunciar. Con su padre descubrió que era posible odiar y amar a la vez a una persona.

Wyl de Wyl mojó la pluma en la tinta y empezó a escribir. Su pulso, siempre firme, hacía algún tiempo que ya no lo era tanto. Aún podía escribir con su caligrafía de siempre, recia, recta y angulosa, como siempre había pensado que correspondía a un hombre de su posición. Pero en algún trazo se le iba la mano, alargándolo más de lo que él quisiera.

Walter bebía en silencio.

—Por cierto, hijo, Meria Martell nos ha convocado a una reunión. Viajarás hasta Dorne en mi lugar.

El joven suspiró. Aunque lo vio como una oportunidad de hacer algo por su casa y por su padre, se sintió contrariado.

—De acuerdo, padre. Como ordenéis.

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