Quellon Greyjoy, Lord Segador de Pyke

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#1

El asalto a los Ríos

Quellon Greyjoy había planeado el ataque, en parte, incentivado por una tercera persona con intereses distintos a los suyos. Aún así, finalmente el motivo pasó a ser el de contentar a sus vasallos. Los Hombres del Hierro llevaban tiempo infelices debido al largo periodo de paz y, en consecuencia, de pobreza que vivían desde la llegada de Aegon I y sus dragones. Fueron los Targaryen quienes los aislaron en las islas, extinguiendo la casa Hoare durante el proceso. Pero la paz del reino llegaba a su fin para dar comienzo a un periodo de guerra e inestabilidad, que si bien agradaba a la mayoría de hombres del Hierro, no provocaba ese sentimiento en Quellon, quien ocultaba sus verdaderos pensamientos y motivaciones. Tras largas conversaciones junto a su amigo de confianza Lord Rodrik Harlaw, llegaron a la conclusión que el período de los Targaryen llegaba a su fin. Era el momento de actuar, pues en los próximos años se decidiría el futuro de los Siete Reinos.

La inestabilidad de los Ríos generada por la traidora trucha de Lord Hoster Tully y su hermano el pez Negro blindaba una oportunidad que Lord Quellon no iba a dejar pasar. Las tierras al sur se habían convertido en zona de guerra desplazando a la mayoría de mercaderes y campesinos a las zonas más al norte de Aguasdulces. Además, la mayoría de hombres capacitados para el combate habían sido convocados al sur, dejando desprotegida la zona donde se realizaría la incursión.

La travesía fue corta y menos dura de lo esperado por Quellon que había permanecido encerrado en su camarote todo el tiempo. Su hijo Victarion se encargaba de él, a la vez que transmitía las ordenes al resto de la flota del Hierro. Todo suponía un riesgo para un enfermo Lord Greyjoy que se había empeñado en dirigir el asalto en persona. Más de 300 barcos, repletos de marinos de cada uno de los señores de las Islas del Hierro, avanzaban en dirección a Varamar.

La bruma marina había permitido que la gran flota se acercase sin ser vista hasta llegar a la altura del Cabo de Águilas. Las olas rompían contra la muralla de la fortaleza de Varamar, que se alzaba imponente en el horizonte. Desde lo alto, los guardias avistaban las primeras hileras de barcoluengos que aparecían de entre la niebla.

— Padre, hemos llegado— Quellon Greyjoy se incorporó en la cama lentamente sin decir nada, como si una parte de él aun siguiera durmiendo— Varamar se alza ante nosotros, lo más probable es que ya nos hayan visto desde las almenas—. Victarion insistía pero no parecía que su padre le estuviera escuchando—¿Asaltaremos la fortaleza directamente?

Quellon despertó del silencio que tantas veces le impedía ver, escuchar y sentir lo que tenía a su alrededor.

— Hijo mío… —los ojos de Quellon se iluminaron por fin—. me enorgullezco de ti, del hombre en el que te has convertido y, sobre todo, de lo que puedes llegar a ser… Tus hermanos no sirven para más que la guerra pero en ti veo el futuro de nuestra casa y el de todos los Hombres del Hierro. Pero aún te falta mucho por aprender, sólo espero poder seguir contigo el suficiente tiemp…—

¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG! — el repicar de la inmensa campana de bronce de la Torre Retumbante se hizo escuchar con fuerza.

Quellon, muy sorprendido, abrió los ojos de golpe — ¿Hemos llegado a Varamar? Rápido, ayúdame a salir, necesito verlo.

Victarion le ayudó a levantarse. Quellon se movía con mucha dificultad ayudándose con un largo bastón de hierro. El bullicio de los hombres del hierro se sobreponía incluso por encima del repicar de las campanas. Victarion salió primero e hizo sonar el cuerno para llamar la atención de sus hombres. Quellon salió en ese momento, todas las miradas estaban fijas en él y todos los hombres callaron, la mayoría de los marinos aún no lo habían visto y más de uno lo daba por muerto. Quellon respiró profundamente varias veces seguidas, la salada bruma inundó sus pulmones haciéndole recordar y sentir tiempos pasados.

— Hijos del Hierro. Hoy se termina nuestro confinamiento. Hoy seremos libres de nuevo. ¡Hoy le recordaremos a Los Siete Reinos que trescientos años no nos han hecho menos duros!

La respuesta fue ensordecedora. — ¡Por las Islas del Hierro! ¡Viva el Lord Segador de Pyke!


#2

Parte de la flota del Hierro aprovechó la distracción en Varamar para desembarcar al sur del golfo de Águilas y saquear grandes extensiones de los Ríos. La campana de la Torre Retumbante alertó a los campesinos de las tierras cercanas, pero de nada más les sirvió.

Euron avanzaba a un ritmo tranquilo, no parecía tener prisa por llegar a BuenMercado, el punto que su padre les había asignado. No respetaba ninguna de las normas “de conducta” que Quellon había impuesto a la Flota del Hierro. Se deleitaba con la muerte de los inocentes, disfrutaba cada lagrima de sus victimas.

— ¡Abre la boca de una vez! —Euron intentaba abrir la boca a un anciano que se resistía en el suelo— Podemos hacerlo de otra forma, viejo. Puedo arrancarte la cabeza… pero será más trabajo para mi.

El anciano estaba aterrorizado pero no cedía a las órdenes de Euron, que se alejó unos metros para recuperar su hacha. En ese momento, Harras Harlaw entró en la caseta.

— ¡Harras! ¡Mi hermano!
— ¿Has terminado de perder el tiempo? No queda nada de valor aquí. Los hombres están listos para reanudar la marcha, estamos a menos de dos días de BuenMercado.
—¿Nada de valor dices? —Euron miró fijamente al anciano, se había arrastrado unos metros en dirección a la entrada— Aun queda algo, pero no me llevará mucho tiempo.

Euron se acercó hasta su victima, la incorporó dedicándole su mejor sonrisa y tras eso golpeó la boca del anciano repetidas veces haciendo uso del mango del hacha. Sangre y dientes salieron volando y enseguida se apagaron los gritos de angustia, Euron por fin pudo meter su mano en la boca del hombre, que yacía inconsciente.

— Ya no queda nada de valor.— la mano abierta de Euron mostraba a Harras una moneda ensangrentada.—


#3

El saqueo en los ríos fue más bien un paseo, los barcoluengos rebosaban de bienes de diferente valor así como alimentos varios, incluidas miles de mujeres de BuenMercado. Lord Quellon Greyjoy había decidido repartir la mayor parte del botín entre todos los Hijos del Hierro, teniendo en cuenta a los hijos de los pocos isleños que habían muerto durante el saqueo. Volmark arrastraba el botín por la playa en dirección a su cabaña, tras él una mujer de avanzada edad lo seguía. Un niño salió de la cabaña y empezó a correr hacia ellos enérgicamente.

— ¿¡Padre!? ¡Padre! —Volmark levantó a su hijo y lo abrazó con fuerza— Hijo mio, pesas más que una foca, veo que sabes apañartelas solo, no has pasado hambre.
— Me enseñasteis bien, padre.— el niño lucía una gran sonrisa.
— Hijo mio se que te alegras de verme, y yo a ti, pero he de marcharme hoy mismo. El Lord Segador de Pyke parece estar más despierto que nunca y reclama la flota del Hierro de nuevo, todos los señores de las Islas del Hierro han confirmado su asistencia. Pero tranquilo —Volmark arrastró el saco delante de su hijo para que pudiera verlo mejor, y después señaló a la mujer que permanecía en silencio tras él— ¡te dejo al cargo de esto y además te traigo compañía!


#4

Los barcoluengos se alejaban de Antigua a un ritmo lento. Algunos de los señores de las Islas del Hierro se preguntaban porque no asaltaban la ciudad del faro. Aunque todos los movimientos estratégicos dirigidos por el Lord Segador de Pyke habían sido más que acertados y exitosos, el descontento crecía en la flota del Hierro. En su avance por las costas del Dominio se produjo la división que tanto habían intentado evitar. Parte de los isleños retrocedían liderados por Euron Greyjoy, aunque la mayoría de la flota continuaba apoyando a Quellon.

Una efímera e intensa tormenta había sorprendido a la flota provocando daños que los hombres el hierro no tuvieron problema en arreglar. En cuanto el temporal amainó, una extraordinaria noticia se propagó entre los marinos. Nadie hablaba de otra cosa.

— ¡Dos enormes pilares de agua surgieron del mar, atrapando y arrastrando a Quellon Greyjoy hasta las profundidades. Los marinos que lo presenciaron, incluido su hijo Victarion, aseguran que fue obra del mismísimo Dios Ahogado.— todos escuchaban la noticia asombrados, aunque algunos se mostraban reticentes a creer aquello. El cuentacuentos continuó con el relato— ¡Quellon ni siquiera hizo ademán de huir! sus hombres se mantuvieron quietos, paralizados por el asombro de lo que estaban viendo, sin duda fue cosa de los dioses. Ni siquiera Victarion hizo algo por evitar que el mar engullera a su padre.— al terminar el relato, estallaron las conversaciones paralelas, cada hombre defendía su opinión sobre aquel suceso.

Victarion Greyjoy tenía muy claro lo que había ocurrido: El Dios Ahogado había reclamado a su padre; Lord Quellon Greyjoy se encontraba ahora en las estancias acuosas del Dios Ahogado y las sirenas atendían todos sus deseos. A Victarion le preocupaba más quien sería el próximo Lord Segador de Pyke.