Rosereed a la palestra

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Después de meses de silencio el ajetreo y el ruido volvían a la Gran Fortaleza de Harrenhall. Ajeno a todo ello Rosereed andaba pensativo en sus aposentos. Se miro en el espejo, aquel yelmo ya era parte de su ser. Comenzó a quitárselo. No recordaba la última vez que lo había hecho. Liberado por fin del peso del acero, observó su reflejo. En su cabeza resonaban las palabras del viejo Frey, su padre: “Nosotros no somos quien para quitar o poner dinastías”.

Era cierto que Aerys se movía en una espiral de caos y locura, y estaba claro que la rebelión iba a estallar en cualquier momento. La premisa de su padre estaba clara, aprovechar y apoyar cualquier movimiento para intentar derrocar a Aerys, y obligarlo a abdicar en su hijo. Esa era la idea inicial de los Frey. Pero ya se sabe…el ego de los grandes señores de poniente tapa el sol. Cuando el León se postuló como nuevo Rey, la guerra, por una parte, difuminó las lineas de la lealtad, y el instinto de supervivencia, por otra fortaleció otros lazos a priori más endebles como los que unían a los legítimos señores de Harrenhall y a los señores del cruce.

Le habían llamado muchas cosas, comadreja, rata, bastardo, y la que más gracia le hacía, traidor, ¿quién no lo era o lo había sido en estos tiempos? Sus lealtades estaban claras, su padre, su familia, y sus hombres. Y la lealtad de su padre al parecer estaba con la dinastía reinante.

Nunca le habían llamado cobarde y no sería ahora cuando lo harían. Cogió pluma y tinta y se dispuso a escribir:

A Rhaegar Targaryen, hijo de Aerys, el Rey Loco… - continuó escribiendo varias líneas más explicando su posición sus motivaciones, y sus intenciones. Cuando ya casi había terminado llego la hora de firmar la misiva. Se paró a pensar por un momento y decidió finalmente el nombre con el que lo haría.

Una vez terminada la misiva se dirigió al gran salón donde los lugartenientes y hombres de confianza en el campo de batalla esperaban nuevas órdenes. Ya era hora de salir de aquella ratonera, los sitiadores después de meses de penuria deberían tener la moral por los suelos.

“Compañeros llevamos mucho tiempo aquí encerrados y se hace largo y pesado. Aun así, imaginad lo pesado que se les deba hacer a los que están ahí fuera, pasando hambre y frió. Alimentaos bien y descansad esta noche, mañana al amanecer saldremos con todo a dar cuenta de aquellos que se creen mejores que nosotros, de aquellos que nos llaman traidores. Nos hemos ganado el derecho a sobrevivir.” - se quitó el yelmo y un murmullo empezó a recorrer el gran salón. Por fin aquellos soldados conocían el rostro de su comandante, no era otro que Walder Ríos, el bastardo de Walder Frey. - “Bien, ya sabéis quien soy, ahora os digo, tras esta última batalla seréis libres, si así lo deseáis podréis volver a vuestras casas, y quienes quieran venir conmigo a las tierras del cruce se les dará un hogar y trabajo, se auguran nuevos tiempos para la casa Frey de los Gemelos, y para todos vosotros.” - Walder Ríos levantó el puño, y todos imitaron su gesto, y al unísono gritaron el nombre con el que se había dado a conocer como mercenario el cual lo acompañaría hasta el día de su muerte: “¡Rosereed, Rosereed, Rosereed!”