Un modelo a seguir

Corrían los años dorados de la gran NAF, una época en la que el césped de los estadios olía a gloria, astrogranito y a fondos de inversión infinitos gestionados por la liga. En lo más profundo de las cloacas de Altdorf, un jovencísimo Kraznag, con las orejas más limpias, la chistera todavía por estrenar y una ambición tan desmedida como mal orientada, pasaba las noches colándose en las gradas de los grandes recintos para ver el espectáculo.
Por aquel entonces, Kraznag no entendía de primas de seguros, ni de hojas de cálculo complejas como las que usan algunos para gestionar batallas ficticias. Para él, el pináculo de la civilización no era la filosofía ni el arte imperial, sino el evento que paralizó el mundo en el año 2488 IC: la gran final de la Blood Bowl entre los Reikland Reavers y los Darkside Cowboys.
Kraznag recuerda perfectamente el instante exacto que le cambió la vida. Mientras medio estadio miraba hacia el césped, donde los jugadores se masacraban con elegancia, ocurrió la verdadera obra maestra. En pleno partido, las animadoras de los Darkside Cowboys decidieron que el deporte profesional se quedaba corto y ejecutaron el plan maestro del siglo: se fugaron con Nikk Three-Horn, el mismísimo Comisionado de la NAF, y con la totalidad de los fondos de la tesorería de la liga.

Desde la duodécima fila de la grada general (a donde había llegado colándose por un colector de aguas residuales), el joven Kraznag sintió una epifanía mística. Se le estiró el pescuezo, se le cayó el monóculo de hojalata que llevaba por entonces y se quedó con los ojos como platos, babeando de pura y sincera admiración.

—¡Por Nuffle… —susurró el goblin, con lágrimas de emoción verde brotándole de los ojos—. ¡Eso no es robar una cartera! ¡Eso es que te paguen por secuestrar al jefe y dejar a todo el continente en bancarrota!

Esa misma noche, Kraznag decidió que no quería ser un simple matón callejero que apuñala tobillos por calderilla. Quería ser como Nikk. Bueno, no exactamente como Nikk: huir con un grupo de animadoras elfas oscuras le parecía un riesgo cardiovascular innecesario para su frágil anatomía. Pero sí quería el aura, la impunidad absoluta y, sobre todo, la capacidad de volatilizar las arcas de una organización entera y salir caminando con una sonrisa y los bolsillos repletos.
Mientras los aficionados y los directivos entraban en pánico colectivo ante el inminente colapso de la NAF, el joven goblin se deslizó sigilosamente hacia los despachos abandonados del comité. Allí, se quedó bastantes minutos impregnándose del olor a corrupción, aromas a mentiras y tufo a papeleo sin sentido. Casi ni notaba su propio pestazo.

Kraznag cogió una vieja libreta de cuero, respiró profundamente la fragancia a papel oficial y extorsión, y supo que su destino estaba sellado. Años después, sentado en su despacho subterráneo hojeando aquella misma agenda que había recuperado de las garras de la burocracia, Kraznag sonrió con malicia y se ajustó el monóculo de joyero. Nikk Three-Horn le había enseñado que la verdadera violencia no se ejerce con los puños en el campo, sino firmando el desfalco perfecto desde la comodidad de un despacho clandestino.