NOTA DEL AUTOR
Debido a las posibles confusiones que se pueden dar al leer el relato, el mismo sucede antes de la batalla entre los ejércitos realistas y rebeldes.
Dos comitivas formadas por dos docenas de caballeros se separaron de sus respectivos ejércitos y se dirigieron al lugar acordado, en tierra de nadie. Rhaegar Targaryen había seleccionado a dos capas blancas para velar por su seguridad, con Ser Oswell a su diestra y ser Barristan a su siniestra la Mano del Rey no tenía nada que temer. Su escudero Clement Crabb portaba orgulloso el estandarte del dragón tricéfalo. Fue el príncipe Targaryen el primero en llegar al lugar convenido, pero no tuvo que esperar mucho para que aquel al que llamaban Tywin I hiciera acto de presencia. Su señoría se hallaba franqueada por dos inmensas moles embutidas en acero. Quién dijera que los gigantes se habían extinguido, era porque sin duda no habían podido ver con sus ojos a aquellos seres aterradores. Detrás de él, y no a mucha distancia, cabalgaban su hermano ser Kevan y su heredero ser Jaime. Rhaegar no pudo evitar sonreír para sus adentros. A sus trece años, Clement Crabb tenía más altura y más barba que el joven león. Cuando los caballos Lannister dejaron de cabalgar los comandantes de ambos ejércitos se examinaron con atención, de león a dragón; de Rey a Mano. Fue la Mano quién rompió el silencio.
— Ser Kevan, es un placer volver a veros —el aludido inclino la cabeza con cortesía— . También a vos, joven ser Jaime. Estoy seguro de que Arthur Dayne querrá volver a verte cuando acabe esta guerra —a Rhaegar le pareció ver sorpresa en los ojos del joven caballero ante la mención de la Espada del Alba— . Procura sobrevivir hasta entonces. Lord Tywin Lannister —el príncipe hizo hincapié en el título señorial, pues no era más que un falso rey— . Mentiría si os dijera lo mismo que a vuestra sangre.
Lord Tywin Lannister no dijo nada. Se limitó a analizarle fríamente con aquellos ojos esmeraldas más duros que el pedernal. Rhaegar miró un momento hacia el horizonte al tiempo que esbozaba una sonrisa dura. Después, volvió a mirar a su interlocutor a los ojos.
— El destino sin duda es cruel al volver a reunirnos en estas circunstancias. Cuando nos separamos en Harrenhal, vos erais la Mano, y ahora lo soy yo. Lo reconozco, habéis sido hábil, muy hábil. Aprovechando el descontento del reino hacia mi padre os habéis investido con una dignidad real que no os corresponde en absoluto. En circunstancias normales, Poniente jamás habría aceptado vuestro reclamo. Pero la jugada os ha salido mal —Rhaegar negó con la cabeza— . ¿Cómo dijisteis en Harrenhal? “Si vais a luchar, aseguraos de que contáis con una ventaja aplastante para que la victoria sea rápida y sin posibilidad de revancha” —recitó de memoria el príncipe, recordaba aquella conversación vívidamente— . Vuestra victoria está distando mucho de ser rápida; habéis arrojado al reino a una guerra civil incierta que a cada mes se lleva más y más hombres a una muerte prematura. Y aún en el caso en el que vencierais, os quedarían muchos cabos sueltos cuyo nudo escapa a vuestro control.
» ¿Por qué, Lord Tywin? ¿Por qué preferisteis satisfacer vuestra ambición personal en lugar de apoyarme para buscar una solución pacífica al gobierno errático de mi padre? Respondedme al menos a esa pregunta. Aún no es tarde para que depongáis las armas y para que volváis a servir al reino. No tienen por qué morir hoy decenas de miles de hombres. En circunstancias normales, no tendríais expiación posible por vuestros crímenes, pero estoy dispuesto a perdonar —el príncipe señaló a Lord Tywin brevemente con un dedo— . Renunciad a vuestro reclamo y volveré a confirmar ante el reino vuestras tierras y títulos. Yo me ocuparé de que mi padre no os ponga las manos encima. De lo contrario, os destruiré hoy aquí.
Tywin era un hombre paciente y, ante todo, un hombre de estado. Las acusaciones, insultos velados, amenazas y palabras en general que le dedicaba Rhaegar eran tomadas como parte de un teatro en el que los actores debían representar su papel. Lo único que le molestaba era que sentía que el Príncipe se creía su personaje. Dejó que el Targaryen despachara cada una de sus denuncias y cuando pudo replicar lo hizo con la frialdad y arrogancia que esperaban de él.
—No confiaba en vos, Príncipe Rhaegar —dijo con serenidad y dureza, con una certeza tal que si el dragón tenía algo de orgullo debería sentirse herido—. Los Targaryen habéis demostrado que vuestra estirpe se ha marchitado generación tras generación y no puedo permitirme servir a otro. Ni tan siquiera voy a permitir que Poniente lo haga.
— Me habéis fallado como lo hizo vuestro padre, Rhaegar. Deposité mi confianza en Aerys y lo hice con vos y por ello es por lo que han muerto tantos. Me culpáis de arrojar a Poniente a una guerra civil y no os dais cuenta de que lo haría una y otra vez si con eso consigo un gobierno justo y digno a los Reinos.
El Lannister imponía en su caballo, con su armadura carmesí con motivos de leones dorados, su capa de la mejor tela cayendo sobre las grupas de la montura y su regia figura, porque por mucho que quisiera negarlo Rhaegar, Tywin parecía y actuaba como un rey. Y la corona. Aquella corona sobre sus sienes lo hacía rey, quizás no para todos pero sí para los suficientes.
» Me preguntáis el por qué de mi causa y me amenazáis y concedéis el perdón. Príncipe Rhaegar, aún no entendéis que no tenéis nada con lo que negociar. Es vuestro padre quien gobierna, ha sido Jon Connington quien os mantuvo vivo, es Martell quien os hace creer que tenéis aliados y son unos mercenarios quienes os mantienen esperanzados. Y os demostraré, día a día, que puedo derribar cada pilar en el que os sostenéis.
» Pero me habéis ofrecido una oportunidad y sería indigno de mí no ofreceros lo mismo. Marchaos a Rocadragón como Príncipe y así conservaréis el título. Vuestros hijos seguirán siendo Príncipes y podéis dedicaros a vuestra Profecía. Mi causa no requiere de extinguir a los Targaryen, busco el trono de Poniente y los Targaryen tienen su lugar en él.
» Pero si os oponéis a mí hoy, no existirá el perdón. Los Targaryen caerán en desgracia y desaparecerán de Poniente. Haré realidad cada uno de los miedos y bulos que me asignan, Rhaegar. Seré el Tywin que queréis que sea.
En otras circunstancias, el príncipe dragón no habría podido evitar soltar una carcajada amarga, teñida, tal vez, con algo de desprecio. Las palabras que salían de la boca del señor del león bien podrías haberlas dicho el canalla de su cuñado, con ligerísimas variaciones. Oberyn Martell y Tywin Lannister eran personas mucho más similares de lo que su arrogancia les impediría admitir.
— Un gobierno justo y digno a los reinos… mientras vos tengáis el poder en las manos. ¿Es así, no? —el príncipe levantó una de sus cejas, fingiendo sorpresa— Vuestros nobles deseos quedan reducidos a la nada porque el principal motor de vuestros actos es la ambición.
» Si os ayuda a conciliar mejor el sueño pensar que soy una marioneta en manos de tal o cual señor o que sólo soy una persona insignificante sostenida por otras mucho más virtuosas que yo no seré yo quién os saque de ese error. Pero tened cuidado, Lord Tywin —Rhaegar no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa— . Quizá hayáis errado en vuestro juicio y estéis frente a un peligro mucho mayor al que pensáis.
» Decís que me correspondéis con una oportunidad y yo os respondo que no me ofrecéis más que palabras vacías. Mientras la estirpe del dragón perviva vuestro reclamo al trono no será sólido, y necio sería si pensase que ibais a permitir que yo y mi familia tuviéramos una vida larga y feliz. Es una lástima, pero dado que no cedéis, las circunstancias nos obligan a combatir hasta la muerte.
» Será mejor que recéis, Lord Tywin. Yo, por mi parte, ya no lo hago mucho. Me concentro en la disposición de mis tropas y capitanes, pero vos, mi orgulloso señor de Roca Casterly, necesitáis toda la ayuda que podáis reunir, porque al otro lado del campo de batalla os aguardan los hombres más duros y veteranos que se conocen en este confín del mundo; comandados por un general que no conoce la derrota. Si los dioses os abandonan enterraré vuestro nombre con vuestros huesos y os borraré de la historia.
Tal vez el príncipe había pecado de arrogante, tal vez la emoción le había dominado conforme las palabras subían por su garganta, tal vez debería haber sido más comedido… pero ya era demasiado tarde para deshacer lo dicho. Aunque haciendo honor a la verdad, no distaba mucho de lo que pensaba. Tras acabar su discurso, no esperó respuesta, porque ya no había nada más que decir. Tomó las riendas de su caballo y se dio la vuelta sin despedirse, acompañado por sus dos escudos blancos.
Lord Tywin miró como Rhaegar se marchaba y casi sintió pena por el necio que le daba la espalda. No había entendido nada de lo que estaba ocurriendo, era joven y creía que el honor, las causas justas y las profecías movían el mundo. Poniente entero esperaba que Tywin buscara hasta el último Targaryen y lo matara si vencía, pero todos sin excepción se equivocaban. Quizás, sólo quizás, Aerys sabía qué pasaría si Tywin se sentaba en el Trono de Hierro.
El Señor de Roca Casterly no temía a los Targaryen ni sus aspiraciones en caso de ser derrotados, los quería vivos, quería que pudieran ver año tras año cómo eran gobernados; les permitiría gobernar Rocadragón pero tan sólo eso, serían vasallos de los Lannister y como tales serían tratados. Lord Tywin Lannister sólo quería ver a su Casa en lo más alto para que nunca nadie volviera a despreciarlos. Fueron reyes una vez y volverían a serlo.
Rhaegar hablaba de que no era un títere, de que a su lado estaban los más valientes hombres de Poniente, pero Tywin sólo veía que debía toda su carrera militar a los Fuegoscuro y que eso sería su perdición. Para el Señor de Roca Casterly no había diferencia entre unos y otros, dragones, pero sería irónico que los que ayudaron a mantener a los Targaryen en el trono se lo arrebataran después. Ellos o los dornienses. A saber. Tywin y Rhaegar tenían algo en común al fin y al cabo: sus aliados no eran de fiar.
Tywin espoleó su caballo y volvió grupas. Tenía una batalla que ganar.