Los informes comenzaron como murmullos. Luego, como golpes contra la puerta.
En el salón de guerra de Aguasdulces, el comandante Jason Mallister inclinó la cabeza sobre el mapa mientras los mensajeros empapados dejaban nuevos partes sobre la mesa. Cada documento era peor que el anterior.
—Han cruzado desde Colmillo Dorado —anunció el primer oficial de reconocimiento—. No con pequeñas patrullas. Con columnas enteras. Regulares, blindados ligeros, artillería móvil.
Un silencio espeso ocupó la sala. Era demasiado rápido… incluso para Occidente.
Otro mensajero irrumpió, sin aliento.
—Los pueblos de la frontera han caído sin luchar. Las vías de Atranta… ya no son nuestras. Los Brax han tomado el ferrocarril y lo están asegurando.
Mallister apretó los puños. Sin trenes, reforzar el frente sería un suplicio.
Desde la muralla norte de Aguasdulces, los vigías ya podían ver reflejos metálicos en el horizonte. Las tropas enemigas no estaban aún “en las puertas”, pero la tierra temblaba como si marcharan justo bajo los pies.
Llegó el siguiente informe:
—Los puentes del Forca… están perdidos. Todos. Han eliminado a los centinelas antes de que detonen las cargas. Ahora los están fortificando.
La voz del mensajero se quebró al final.
Jason respiró hondo. Los occidentales no venían tanteando terreno. Venían abriendo un corredor. Venían para quedarse.
—Y por último… —dijo el jefe de comunicaciones, tragando saliva—. Están levantando una base logística a diez millas del río. Dicen que es para recibir a la 1.ª Fuerza Expedicionaria Motorizada.
Un escalofrío recorrió la sala. Los “Hijos del Trueno” eran la vanguardia más temida de Occidente.
Mallister cerró los ojos un instante. No había tiempo para orgullo, ni para debates políticos. Solo para órdenes. Y Vance estaba en Los Gemelos.
—Que todos los consejos regionales evacúen aquello que no puedan defender —dijo, con voz de hierro—. Preparad las reservas. Preparaos para quemar tierra si es necesario.
Cuando abrió los ojos, la sala entera comprendió la verdad.
El enemigo no estaba llegando.
El enemigo ya estaba en el Tridente.