La Casa de las Siete Lámparas - I
Las siete torres de nácar de la Casa de las Siete Lámparas ardían como faros perpetuos sobre la noche de Nueva Valyria y su resplandor nunca se apagaba, visible desde los muelles y desde las colinas que se extendían alrededor de la ciudad. Desde niño, Caloran había sentido en esas luces algo más que un símbolo, y ahora que era Ministro de Ciencia y Energía todavía lo sobrecogía contemplarlas, pues no había jornada en la que aquellas lámparas no parecieran palpitar como si fueran los ojos de una deidad. Algunos afirmaban que su fulgor provenía de mecanismos ópticos, cristales y espejos encantados; otros juraban que ardían fuegos primigenios de la Vieja Valyria, pero en realidad nadie fuera de la propia Casa había visto jamás el interior de esas torres y ese secreto era parte de su poder.
Caloran trabajaba esa noche en su laboratorio, rodeado de tubos de bronce y válvulas de vapor, con las gafas empañadas y la túnica salpicada de manchas verdosas. El motor híbrido que reposaba sobre la mesa resoplaba con irregularidad, como un animal domado a medias, y cada ajuste que hacía el maestre era acompañado por una ráfaga de notas rápidas en pizarras ennegrecidas, donde cálculos imposibles se superponían a bocetos de reactores y dibujos de engranajes. Su mente, sin embargo, divagaba tanto como trabajaba, pues el lugar mismo le inspiraba pensamientos que iban más allá de la mecánica. La Casa de las Siete Lámparas había nacido hacía siglos, cuando un grupo de sabios abandonó la Ciudadela de Antigua hastiados de sus dogmas, y junto a ellos habían llegado eruditos de Braavos, de Volantis, de Myr y hasta de la Bahía de los Esclavos. Todos buscaban lo mismo: un refugio donde el conocimiento no estuviera atado a cadenas, ni al acero ni al fuego, sino que se expandiera en todas direcciones como la luz.
Aquel salón primero, donde los sabios jugaban con prismas y lograron que la luz se abriera en mil colores, pronto se transformó en un edificio mayor y luego en una fortaleza completa. Fue allí donde se reavivó el fuego valyrio de color verde, donde la alquimia se mezcló con la mecánica, y donde lo que parecía superstición se convirtió en método. Con el paso de las décadas, la Casa se coronó con siete torres de nácar, cada una ardiendo con un fulgor perpetuo. El vulgo decía que cada lámpara representaba un saber: el fuego que custodiaba los secretos ígneos, la luz que revelaba la óptica y la energía, el metal que albergaba la forja y las aleaciones, la sangre que contenía los estudios dracónicos, el vapor que impulsaba las primeras máquinas, la memoria que guardaba libros y mentes, y el éter, la más enigmática, que rozaba lo invisible y lo arcano. Caloran había sido discípulo de todas esas corrientes, pero nunca supo atarse a una sola; esa dispersión lo hacía parecer desaliñado, casi incapaz de ordenar su vida, y al mismo tiempo era la fuente de su genio.
Mientras ajustaba la presión del motor, recordó cómo los primeros sabios habían proclamado que la Casa debía ser un templo del saber y no de los dioses, una iglesia postrada a la ciencia donde la fe se rendía al conocimiento mismo. Ahora, bajo la estructura de los Estados Unidos de Essos, era también un ministerio, un engranaje político que los Targaryen usaban para consolidar su dominio, pero para Caloran seguía siendo un santuario. El motor bufó de nuevo, y esta vez un chorro de vapor se tiñó de verde, un verde luminoso como el fuego valyrio, y durante unos segundos las paredes mismas parecieron reflejar aquella luz. El maestre se quedó quieto, fascinado, consciente de que acababa de rozar una energía híbrida que combinaba lo industrial y lo mágico, lo tangible y lo residual. Sonrió, agotado, con los ojos ardiendo tras las lentes empañadas, porque entendía que en aquel instante estaba cumpliendo la misión de su vida: arrancarle al mundo secretos que aún no había decidido entregar, forzar a la realidad misma a transformarse, como lo habían hecho los sabios que encendieron por primera vez las siete lámparas que todavía brillaban, inmutables, sobre Nueva Valyria.