FRIEDA
Desembarco del Rey. Días posteriores a la desaparición de Tesla.
Apenas unas horas después de la explosión en el pabellón central, Desembarco del Rey despertaba de su momentáneo aturdimiento y volvía a su habitual estado de ebullición. Las explanadas que habían brillado con zepelines y pabellones ahora olían a ozono y a metano; los dirigibles extranjeros abandonaban los muelles, y el aire se llenaba de telegramas cifrados y órdenes en clave. Frieda Lannister-Vikary recibió la directiva de la Cancillería en una minuta fría y breve: “Recupérelo. Silencie el escándalo. Y si no es posible, al menos descubra quién demonios lo ha hecho.” Aquello no era sólo un encargo de Estado: era una humillación clavada bajo la piel. Tesla había desaparecido bajo su patrocinio, bajo su mirada, en un evento que ella misma había urdido para mostrar al mundo la gloria de Occidente… y la suya propia.
El té se enfriaba sobre la mesa de madera de arciano en su despacho del Consulado Occidental, pero Frieda no tocó la lujosa taza de porcelana importada de Yi Ti, mientras observaba con aire indolente el ajetreo de las berlinas en la avenida con sus ojos entornadas tras los binoculares tornasolados. La luz mortecina entraba por los ventanales, filtrada por el humo de las fábricas. «Bajo mis propias narices…» murmuró, cerrando el puño, y la palabra mis se hundió en su pecho como sus uñas en la palma de la mano. Había cenado con Tesla dos noches antes: él hablaba con la fiebre de los que vislumbran futuros eléctricos y ella sonreía, distraída, imaginando el impacto de su exhibición en las falsas sonrisas de sus falsos aliados. Ahora, el genio se había esfumado como un prestidigitador, dejando tras de sí un olor intoxicante a éter y derrota.
Se ajustó sobre el pecho el broche con el emblema del león y la flor de lys —símbolo de su doble linaje— y respiró hondo. Lo encontraría. Recuperaría al hombre que encarnaba aquello que Occidente aspiraba a ser. Ordenó a sus agentes rastrear hangares, bitácoras de zepelines y listas de pasajeros; envió confidentes a los consulados extranjeros; ofreció monedas a quien fuera necesario y silenció a quien amenazara con hablar. Cada interrogatorio, cada soborno, cada silencio comprado la alejaba un paso más de la diplomática de sonrisa calculada y la acercaba a la criatura implacable a la que la Cancillería había concedido poderes sin límite.
Se movía entre diplomáticos de sonrisas envenenadas, espías que ofrecían fragmentos de verdad envueltos en mentiras, y calles donde la multitud se arrmolinaba para leer los diarios y lanzar consignas contrarias. Pensó en Valys Belaerys, cuya serenidad blanca la había distraído durante la feria; pensó en la posibilidad del cebo; en el Norte, en Essos, en el Dominio… y siempre volvía al mismo punto: su propio descuido. Lo que se perdió bajo su protección debía ser recuperado por su mano.
Mientras la ciudad vibraba con motores, bocinas y consignas patrióticas, Frieda sonrió sin que la sonrisa alcanzara sus ojos. Sabía que hallar a Tesla, vivo o muerto, era la única forma de cerrar el boquete y cincelar de nuevo su nombre en la historia. En lo profundo de su pecho, su orgullo herido ardía como una llama infinita —azul y gélida, como el éter que lo había devorado todo.
