El Domingo Sangriento de Altojardín

El sol brillaba en lo alto y el cielo estaba totalmente despejado. La temperatura ambiente era placentera. El día era espléndido para disfrutarlo en la terraza de un bar de la avenida principal de Altojardín y eso estaba haciendo el capitán Roderick Manderly, que se hallaba disfrutando de unos días de permiso. No obstante, pronto vería la calma rota. Observó como una multitud avanzaba a través de la avenida en dirección al Palacio de las Rosas, vieja residencia real de los monarcas Tyrell, antigua sede del parlamento republicano y actual residencia del generalísimo. Estaba encabezada por el septón Morel. Manderly observó también enseñas y consignas de los más prominentes sindicatos y asociaciones de trabajadores. Algunas parroquias simpatizaban con la causa, y hacían sonar las campanas en solidaridad a la protesta.

¡Queremos ver al Generalísimo! ¡Venimos en son de paz! —proclamaba por las calles el septón Morel, encabezando la marcha— ¡Queremos paz y pan! ¡Venimos en son de paz!

Manderly miró a la multitud con viva inquietud. Tenía la sensación de que todo ese asunto no podía acabar bien.


El sargento Gastón Dax avanzaba raudo a través de la amplia escalinata que comunicaba el salón de recepciones con las estancias superiores del Palacio de las Flores. Le habían remitido que el Generalísimo se hallaba en una reunión con el Estado Mayor, lo cual era todo un inconveniente. Pero prefería no pensar en la furia de su capitán si no volvía con una respuesta clara de un superior capacitado. Los soldados que guardaban la estancia del Caudillo no se mostraron muy colaboradores. Tuvo que pedir, amenazar, gritar, y al final suplicar hasta que al final accedieron a hacerse a un lado. En aquellos momentos Tarly estaba exponiendo los detalles de una futura ofensiva sobre un mapa, y los generales del Estado Mayor escuchaban atentamente en silencio. El Generalísimo frunció levemente el ceño, no esperaba la interrupción, pero pronto se recompuso e hizo un leve asentimiento con la cabeza, indicando su conformidad con la presencia del sargento y esperando un informe.

Mi general —el oficial se cuadró—. Lamento interrumpiros de manera tan abrupta, pero me envía el capitán Larence, del Primer Regimiento de Fusileros de la Guardia. Una gran multitud se está empezando a concentrar frente al Palacio de las Rosas. Unas diez mil personas, como mínimo, y más y más están llegando conforme hablamos. Solicita refuerzos para mantener a raya y en orden a la multitud.

El Regimiento lo componen 500 soldados, más que suficientes para mantener a raya a unos alborotadores. Y eso sin contar a las fuerzas auxiliares de los cuerpos de la guardia urbana. ¿Quiere el capitán Larence que le enseñe a hacer su trabajo?

Sin duda, mi general. En ese caso… — el sargento se mordió el labio— mi capitán solicita permiso para abrir fuego en caso de que no se pueda contener a la multitud por medios convencionales.

Disparar y dispersar, sí —respondió fríamente el general. Apenas meditó la respuesta, lo que dejó profundamente frío al sargento—. Las reuniones de más de tres personas en espacios públicos sin autorización militar están prohibidas. Si Rowan y los socialnacionalistas son incapaces de mantener el orden les daré una lección gratuita de cómo hacerlo. Podéis retiraros, sargento.

Como ordenéis, mi general.


El sargento alcanzó a su superior en el exterior de la puerta principal del palacio de las Rosas. Dos largas hileras de soldados se habían dispuesto delante de la fachada principal del edificio. A unos pocos metros, la multitud se apelotonaba, gritando consignas y exigiendo ver al Generalísimo. El capitán Larence estaba inquieto a lomos de su caballo y se aproximó a Dax raudo en cuanto le divisó.

¿Y bien?

El Generalísimo ordena abrir fuego en caso de que no se pueda dispersar a la multitud por medios convencionales.

Menos mal —el alivio de Larence era palpable—. Sabéis, sargento, no quiero tener problemas con un hipotético juicio militar en caso de que unos pocos disparos contra una multitud se desmadren. Pero teniendo ya las espaldas cubiertas…

¿Perdón? —Dax estuvo a punto de perder la compostura. “¿Pero cómo puede tener tan poca humanidad?”—. Esos hombres están indefensos, señor. ¿No deberíamos advertirles de nuestras intenciones?

¿Advertencia? —Larence le miró como si fuera un reblandecido mental—. Pero si ya tuvieron su advertencia, sargento. Nada de reuniones —el capitán sacó su pistola del cinto y alzó el brazo con el que la portaba—. Tomad posiciones y preparaos para abrir fuego. ¡¡SOLDADOS!! ¡¡CARGAD LAS BAYONETAS!!

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