Por primera vez en cincuenta años se había reunido la Gran Cámara del Consejo Federal de los Feudos. La anterior ocasión fue para llegar a un acuerdo total que paliase las consecuencias de la Gran Plaga de Essos y ahora eran los ficticios tambores de guerra que retumbaban en cada casa de Desembarco del Rey lo que había llevado al Consejo Federal a lanzar la convocatoria.
Marwyn Sunglass siempre había visitado aquella sala cuando estaba vacía, aprovechando su inmensidad para pasear meditabundo sobre cualquier tema del gobierno y siempre le había resultado grotescamente grande, amorfa, como si el diseño hipertrofiado lo hubiera decidido un dictador acomplejado. Sin embargo, aquel día su aspecto era terrible. Desde su estrado como miembro del Consejo Federal y Lord Alcalde contemplaba la inmensa muchedumbre que atestaba la parte baja de la sala, una bestia informe que aullaba, crecía, se encogía y gruñía con cada latido. Cientos de representantes de todos los estamos de la ciudad gritaban sus proclamas bajo las tétricas luces verdes que emitía el gas de las grandes lámparas que cubrían las paredes. El sonido era ensordecedor, la vista abrumador, el olor…¡el hedor!, sólo podía definirse como embriagador. Era el olor de los grandes días.
La guerra estaba a las puertas de Desembarco y los Feudos y sus gentes debían pronunciarse y, sobretodo, debían escuchar lo que el Consejo dictaminase. En la mesa que ocupaba la parte central de la tarima del Consejo, alrededor de la cuál se encontraban los grandes nombres de la ciudad y los Feudos, se encontraban grandes libros de cuentas, leyes, tratados diplomáticos y la solicitud de apoyo del Alto Canciller de los Ríos. La Historia había sido un duro camino para los habitantes de la ciudad pensó Marwyn, una libertad conseguida paso a paso durante los últimos siglos que ahora se veía acosada por todos los frentes: la dictadura militarista de Occidente, que querría marcar a todos los habitantes de la ciudad con un león en el pecho, la dictadura de los Targaryen en Essos, deseosos de volver a extender su ponzoñosa sangre por Poniente y el Norte, incapaz de reconocer su condición diferente, queriendo convertir en iguales a todos los demás…
¡Orden! ¡Orden!
El Mayordomo del Consejo trataba de hacerse oir entre la multitud, pero el estruendo era demasiado incluso para los Aumentadores que estaba usando. Sólo cuando los enforcers que le acompañaban empezaron a accionar las grandes bombas de las mangueras de control de la sala, la Cámara baja comenzó a calmarse.
¡Orden! ¡Orden!
El anuncio era claro: el Consejo Federal iba a votar.
El Septón de Desembarco, una figura anacrónica que por una ley desfasada debía participar en el Consejo Federal siempre que hubiera una convocatoria de la Gran Cámara comenzó a hablar con débiles palabras de amor, respeto y paz, pero pronto fue ignorado y el resto de miembros del consejo comenzó a hablar hasta que Clarence Crabb estalló, ansioso como era pero, por una vez, tremendamente acertado.
Hay que defender nuestra libertad y no lo haremos aquí sentados. La guerra que se lucha hoy en Poniente, en los Ríos y el Dominio, es la que mañana se luchará en la orilla del Aguasnegras. ¡Debemos ir a la guerra!
La sesión había durado horas y, por fin, parecía que se iba a responder a la única pregunta que era importante responder. Pero, ¿quién lo haría? El resto de consejeros dudaba, incluso esta vez Lady Bellara Massey no fue capaz de oponerse a Crabb, cosa que era su pasatiempo preferido pero, claro, sólo un pasatiempo…Pronto las miradas se fijaron en el Lord Alcalde. El voto de Marwyn sería de facto el voto de la ciudad…
Defendamos a nuestros aliados. Extended el Contrato de Guerra.
Un rugido ensordecedor hizo temblar las paredes de la Gran Cámara, ni siquiera hizo falta escuchar al resto de consejeros dar su aprobación. Todos los representantes de la ciudad alta y la ciudad baja allí reunidos rugieron, los periodistas corrieron a lanzar mensajes a sus oficinas centrales, los Cuervos salieron raudos a sus líneas de comunicación en cuanto escucharon al Lord Alcalde, los mozos de las industrias corrieron hacia las puertas para informar de lo ocurrido…Aquella noche nadie descansaría en Desembarco, todos los turnos se doblaron, todos los hornos se encendieron y todas las máquinas se pusieron a trabajar y aquel martillo industrial infinito evocó al lejano clangor de las espadas, en otra época.
No había en Poniente una ciudad como Desembarco, tan grande, tan poblada, tan llena de fábricas y máquinas, tan llena de química y metal, tan llena de…energía. Y ninguna noche de entre todas las que habían precedido a aquella se había juntado tanto ajetreo en la ciudad, ninguna noche los alquimistas habían experimentado tanto, ni se había consumido tanto carbón en los altos hornos. Ninguna noche había sido como aquella. Y, en un laboratorio perdido, de un edificio perdido, de un barrio perdido, un joven ayudante ingeniero presenció algo que nunca nadie había presenciado, algo fascinante y…aterrador.