El amanecer llegó turbio, filtrándose entre bancos de niebla y humo arrastrado por vientos del sur. Las aguas alrededor de las Islas Escudo parecían una vasta placa de hierro bruñido: inmóviles, densas, expectantes. Por primera vez en generaciones, tres flotas enemigas habían coincidido en el mismo punto del mapa y una cuarta surgía del horizonte como un augurio oscuro.
La flota del Ocaso, bajo la bandera de la Cancillería de Occidente, avanzaba lentamente desde el este. Sus acorazados, con sus proas doradas y torres de artillería dobles, mantenían una formación rígida, casi solemne. En su puente, el Almirante Valmar Celtigar-Lannister observaba el mar con la expresión de quien escucha una música que nadie más oye.
Detrás de Occidente, acercándose desde el norte, se alzaban las siluetas negras y dentadas de la flota de las Islas de Hierro. Los mástiles de los transportes brillaban con pintura de guerra; los buques de línea rugían con motores recién revisados. A la cabeza de esa masa oscura, con su casco coronado por la insignia del kraken retorciéndose, navegaba el Gran Kraken, buque insignia de Korl Greyjoy.
Frente a Occidente, desde el sur, la flota de los Escudos, del Dominio, levantaba espuma bajo los cascos de los rápidos cruceros y los destructores de Hightower. En el puente del Faro de Antigua, Ser Desembamb Hightower, Alcalde de Antigua y almirante improvisado, intentaba mantener la disciplina entre capitanes demasiado nerviosos para seguir un plan.
Y a poniente, emergiendo con arrogancia escoltada por acorazados blancos y grises, la flota de intervención de los Estados Unidos de Essos, con estandartes de dragón y estrella. El Congreso, buque insignia, portaba en su cubierta al recién nombrado Comandante Naval, Rhaegel Fuegoscuro, príncipe de influencia pero sin formación marítima.
—Tres contra uno —dijo Rhaegel, satisfecho—. Occidente se rendirá antes de que sus barcos empiecen siquiera a moverse.
Pero los barcos de Occidente ya se estaban moviendo. Lentamente, sí. Demasiado lentamente. Sus acorazados se alejaban del alcance de los cañones del Dominio, retrocediendo en diagonal, como si quisieran evitar el combate. Una maniobra tan conservadora, tan absurdamente prudente, que no tenía sentido.
—¿Qué están haciendo…? —murmuró Desembamb Hightower desde el sur, incapaz de descifrarlo.
—Escapan. Saben que no tienen salida —respondió Rhaegel, con una seguridad más propia de un político que de un comandante.
Pero Valmar Celtigar estaba sonriendo.
Y nadie se preguntó por qué.
La trampa empezó a cerrarse.
A la derecha de Occidente, las naves del Dominio aceleraron para flanquear. A la izquierda, los dragones de Essos apretaban para cortar la retirada. Y desde atrás, los barcos de las Islas de Hierro —rápidos, estrechos, afilados como flechas negras— avanzaban para completar el cerco.
—Herr Almirante —dijo un oficial occidental—. Nos rodean.
Valmar Celtigar-Lannister levantó una ceja.
—Exacto. Tal como estaba previsto.
Sus oficiales intercambiaron miradas incrédulas, pero nadie se atrevió a cuestionarlo. Lentamente, los acorazados occidentales siguieron moviéndose hacia el oeste, desplazándose lo justo para abrir un pasillo invisible entre sus líneas. Las flotas enemigas, concentradas en atraparlos, seguían sin entenderlo.
Hasta que algo cambió.
El avance de los barcos de las Islas de Hierro no se dirigía hacia Occidente.
Iba… hacia el Dominio.
Korl Greyjoy había esperado décadas para ese momento.
Desde su puente, gritó órdenes que pasaron de barco en barco como relámpagos de acero.
—¡Toda la flota, a toda máquina! ¡Ignorad a Occidente! ¡Tomad el sur! ¡A por los Escudos!
Sus timoneles giraron con violencia. Los transportes viraron en abanico. Y los destructores isleños cruzaron frente a la proa occidental… pasando de largo, sin disparar un solo cañón.
Desembamb Hightower tardó diez segundos en comprenderlo.
Y esos diez segundos fueron su condena.
—¡RETROCEDAN! ¡TODOS ATRÁS, YA! —gritó Hightower, pálido como la cera.
Los motores del Dominio rugieron. Las chimeneas vomitaron humo negro. Los barcos giraron desesperados, intentando huir del flanco que creían seguro.
Pero entonces, el mar explotó.
Primero fue un estruendo sordo, profundo, casi un rugido subterráneo.
Después, una columna de agua se elevó treinta metros sobre el aire.
Y luego otra.
Y otra.
Y otra.
Los barcos del Dominio empezaron a volar en pedazos. Cascos partidos. Calderas reventadas. Tripulaciones enteras arrojadas por los aires como muñecos.
Desde el puente del Congreso, Rhaegel Fuegoscuro abrió los ojos con horror.
—Eso no son cañones —susurró—. Eso viene de… abajo.
Y entonces lo vio.
Siluetas negras, alargadas, emergiendo a flote entre la espuma como bestias prehistóricas. Tubos lanzatorpedos aún humeantes. Sombras que rompían la superficie y volvían a sumergirse con un destello oscuro.
Submarinos.
Pero no los prototipos de Essos.
No los lentos y torpes Abisales que los USE estaban desarrollando con dificultad.
No.
Eran delgados.
Rápidos.
Letales.
Eran de las Islas de Hierro.
Rhaegel apretó los puños.
—Los Greyjoy… ya dominan esta tecnología…
El orgullo naval de Essos se derrumbó en su pecho como un edificio de arena.
El Dominio intentó defenderse. Los destructores giraron para disparar cargas de profundidad. Los cruceros de Antigua abrieron fuego contra las naves isleñas en superficie. Y durante diez minutos, los hombres del Dominio respondieron con valentía feroz a la lluvia de torpedos.
Hundieron veinte barcos isleños.
Pero no fue suficiente.
Uno tras otro, los barcos de Ser Desembamb Hightower desaparecieron bajo las aguas. Cuando su buque insignia, el Faro de Antigua, explotó en una nube de vapor y fuego, la línea del Dominio se quebró por completo.
Los supervivientes huyeron hacia las Islas Escudo, perseguidos por submarinos que se movían como monstruos invisibles bajo la superficie.
La flota del Dominio había dejado de existir.
Occidente aprovechó la brecha.
Valmar Celtigar-Lannister ordenó avanzar, ahora sin obstáculos entre él y los USE.
En cuestión de minutos, los acorazados occidentales abrieron fuego con precisión quirúrgica. Los dragones de Essos respondieron, pero sin la protección del Dominio y sin comprender la posición de los submarinos, el caos se apoderó de sus líneas.
Rhaegel Fuegoscuro gritó órdenes contradictorias.
—¡A la derecha! ¡No, izquierda! ¡Carguen profundidad! ¡Retirada ordenada! ¡No retrocedan todavía!
Nada servía.
Occidente atacaba desde el frente.
Las Islas de Hierro desde el flanco.
Y bajo ellos, la sombra de los submarinos mantenía a los USE en un estado de pánico continuo.
Dos horas después, la flota de intervención de Essos se desmoronó.
Cruceros incendiados.
Destructores hundidos.
Transportes volcados como juguetes rotos.
Acorazados aislados, luchando solos, uno tras otro silenciados por el fuego combinado.
Cuando el sol empezó a ponerse, solo la mitad de la flota de los USE seguía a flote.
Y no había adónde huir.
La victoria fue absoluta.
En el puente del Gran Kraken, Korl Greyjoy contempló el horizonte teñido de fuego, respirando hondo el olor a sal, humo y hierro fundido.
—Así comienza —murmuró— la era del Kraken.
En el puente del Ocaso Occidental, Valmar Celtigar-Lannister inclinó la cabeza, satisfecho.
—Objetivo cumplido. Abran paso hacia las Islas Escudo. Que el mundo vea quién gobierna el mar.
Y desde el Congreso, el humillado Rhaegel miró sus naves destruidas, comprendiendo algo demasiado tarde:
La guerra naval en Poniente había cambiado para siempre.
Y los Estados Unidos de Essos habían llegado como dominadores…
pero aquella noche abandonarían el campo como derrotados.
Solo el mar, lleno de cadáveres y fragmentos de acero, quedaba para contar la historia de aquella jornada.
Una historia que llevaba un nombre grabado en cada ola: La Caída del Dragón en las Islas Escudo.