Bolton avanzaba implacable, enfundando sus manos en guantes de piel de conejo y expulsando una espesa columna de vaho que se elebaba por encima de sus cabezas, dispersándose en lo alto del segundo andén del la Estación Central del Sur. La III Internacional había terminado y los mensajes se habían enviado, hombres y mujeres volvían a sus lugares, los exiliados que habían decidido permanecer en el Norte buscaban nuevo hogar en los edificios comunales. Tras subir al tren se dirigió al vagón comedor. Allí esperaban algunos de los hombres más influyentes de los Ríos, pudo reconocer varios miembros del PSG y el Partido Liberal del Cruce, pero el que captó su atención fue Rufus Meier. Todavía no lo sabía, pero iba a ser de inestimable ayuda para la redacción del Pacto de Aguasgrises.
Yara culminó el discurso bajo unos cuantos aplausos, algunos la admiraban, pero muchos de los allí presentes únicamente toleraban la ayuda boltonchevique para conseguir la independencia. La veintena de hombres allí reunidos habían tomado nota, era el momento de acudir a los puestos de trabajo y conseguir un seguimiento generalizado de la huelga, cada industria y cada pueblo a izquierda y derecha del Forca Verde. Todos portaban revólveres al cinto y empuñaban fusiles y carabinas.
La mirada de la comandante norteña se detuvo en un extremo de la habitación, donde dos hombres murmuraban con un ojo fio en ella. Yara detestaba aquella organización, pero Bolton había insistido. “Las acciones de vanguardia no siempre quedan bien en los libros de historia”, había dicho antes de forzarla a aceptar bajo su mando a aquellos asesinos.
Las campanas de Los Gemelos repicaron al amanecer, pero no anunciaron misa, sino revolución. En la plaza, rodeado de obreros, soldados y delegados del Norte, Rufus Meier alzaba la mano temblorosa sobre un podio improvisado. Su voz resonó entre los puentes: “¡La República de los Gemelos nace hoy, libre de los viejos señores y de su codicia!”. Detrás de él ondeaban las banderas rojas enviadas desde Boltongrado; observadores del Komité Gélido tomaban nota sin aplaudir. Los presentes corearon su nombre mientras la radio local transmitía el juramento. Por primera vez, el Tridente tenía un nuevo eco: el de la revolución.
Pese a la exaltación, el gobierno civil no tardó en caer, con la misma rapidez que el zepelín del Alto Mariscal Vance aterrizaba sobre el Cuartel Nuevo eran detenidos los principales líderes independentistas. La sede del gobierno, en el corazón del Puente Viejo, fue ocupada por los soldados del Imperio, pero no tardaron en retroceder ante el empuje de los manifestantes, que pocos días después de la detención de Rufus Meier consiguieron hacerse con el control del este de la ciudad. Tristemente, las únicas piezas de artillería de la ciudad se encontraban en el cuartel y no tardarían en posicionarse en la rivera derecha del Forca Verde.
Roslin Chalton leía a la luz de una pequeña vela, un pequeño lujo que pocos podían permitirse en su barrio. Las dos primeras novelas le habían encantado, pero el tercero estaba siendo su favorito. Tormenta de Espadas narraba como la malvada casa Frey había asesinado a sus invitados, los nobles y caballerosos norteños. Aquellos libros eran una de las pocas propiedades que había en su pequeña casa de una sola habitación, oscura y húmeda.
Sus padre llevaban dos días doblando turno, echaba de menos que le leyeran antes de dormir. Eran sus historias favoritas, sobretodo el señor Charlton guardaba con orgullo un pequeño cuento de la misma historia donde se mencionaba a su familia como antiguos reyes de los Primeros Hombres. Pensaba que, cuando llegaran los valerosos norteños a tomarse su venganza, sería divertido experimentar una batalla como en sus libros. No tardaría mucho en cambiar de opinión.
El día llegó y las calles pronto se convirtiern en polvorines. Miles de personas colmaban las calles de la ciudad, portaban sacos, vigas de madera y toda clase de piezas de metal. Pronto muchas calles fueron impracticables, los tiros se escuchaban en la lejanía y los soldados entraban en las casas para barricar ventanas y ocupar azoteas.
Las zancadas de Yara pretendían ser seguras y rápidas, pero el humo, ceniza y polvo en suspensión dificultaba su visión, un profundo mareo le impedía avanzar en línea recta y el cansado convetía su avance más bien en lígeramente acelerado que en una carrera. Consiguió arribar a un cobertura, lejos del fuego de arillería que había masacrado a sus compañeros. No hubo edificio, sótano o trinchera que los protegiera del certero fuego de batería del Mariscal Vance. Como revolucionaria detestaba aquel hombre, como militar guardaba un pequeño lugar para la admiración al funcionamiento clínico de su máquina de guerra.
Consiguió reunir a un pequeño grupo y huir del frente, apenas disponían de un puñado de horas mientras las tropas del Imperio cruzaban el río. Se disponía a transmitir las órdenes cuando la vio. La pequeña Roslin, la niña de los Charlton, familia cuya casa habían utilizado para apostar vigías, yacía sin vida a escasos metros de la Umber. Sabía que sus ideas conducirían a la muerte a muchos, lo había asumido, pero verla allí, con sus pequeños ojos abiertos de par en par y fijos en nada le revolvió el estómago y reafirmó su convicción en las órdenes que iba a transmitir.
– ¡Abandonamos la ciudad! – dijo a los líderes que la observaban esperando su consejo – Vinimos a liberar la ciudad, no ha sepultarnos bajo sus ruinas. Para el Imperio vuestras vidas no valen nada, volveremos y nos combraremos cada una de las vidas inocentes que se han perdido hoy aquí
