La tercera batalla de Altojardin

El sitio de Altojardín llevaba lo que parecía una eternidad en vilo, los hombres de Frank Tarly habían trabajado incansablemente reforzando las trincheras y posiciones defensivas sin dejar descansar a los hombres de la república ni un solo día. Las baterías de artillería vomitaban fuego sin parar, solo limitadas por lo rápido que las municiones llegaban a la ciudad por vía férrea y, día tras día, miles de hombres morían en las trincheras mientras la población civil trataba de encontrar un mendrugo de pan que llevarse a la boca.

Pero nada parecía indicar que la república fuera a avanzar y con las tropas del rey Tormenta arriesgándose a quedar enfangadas en Vado Ceniza el paso de los días solo podía traer refuerzos del Reino Unido del Valle. El día y la hora se mantuvo en secreto, pero la acumulación de tropas y munición no dejaba lugar a dudas, un asalto contra las posiciones republicanas se daría pronto.

No sucedió al amanecer (como dictan los manuales de estrategia) sino casi al medio día, durante toda la mañana las baterías frankistas habían callado y los oficiales de la república habían respondido reforzando la primera línea y guardando la munición propia. Los soldados respiraron temerosos, la calma era bienvenida, pero la tempestad que venía detrás aterrorizaba hasta al más valiente de los hombres.

Y finalmente el infierno se desató, la artillería frankista descargó toda su munición en cuestión de unos minutos y al poco sus tropas de élite se lanzaron a cruzar la tierra de nadie. La respuesta republicana fue tibia al principio, esperando a que la ofensiva estuviera en su punto álgido para desatar su propio infierno en respuesta, cubierto de una pesada neblina amarilla que corroía las gargantas de los hombres y les hacía escupir sangre.

Hora tras hora y oleada tras oleada los hombres de Frank Tarly chocaron contra las defensas de la república que poco a poco fueron cediendo, de una trinchera a la siguiente, metro a metro, día tras día. Al final de la semana tan solo unas docenas de kilómetros separaban a los ejércitos de sus posiciones iniciales, los frankistas habían prevalecido, pero … ¿a qué precio?

Poniente no había conocido una batalla tan cruenta en toda su historia, ni los legendarios campos de fuego podían hacer sombra a los ciento cincuenta mil hombres que yacían en los suburbios de Altojardín.

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El soldado Andréi Sarov examinaba distraídamente sus botas mientras mantenía sus oídos tapados. La artillería llevaba una hora haciendo sonar ininterrumpidamente su canción de sangre y acero. Los estandartes del batallón ondeaban al viento, portaban dos banderas; una, la tricolor con el águila bicéfala del Movimiento Nacional, otra, la enseña propia, el lobo real de los Stark. Bajo el lobo, bordado en letras plateadas podía leerse “II REGIMIENTO VOLUNTARIO NORTEÑO”. Todos eran norteños exiliados de la zona de Puerto Blanco que habían terminado en el Dominio. Además de su etnia, les unía la fe. Casi todos adoraban a los Siete que Son Uno.

Él se había presentado con su padre voluntario para luchar contra el comunismo, pero lo cierto es que tenía 10 años y tan solo tenía recuerdos del gran sufrimiento y escasez que padeció durante aquellas duras jornadas de infancia. Realmente no entendía gran cosa, simplemente que un día el buen rey de Invernalia fue derrocado, que la paz se quebró y que su país se sumió en una cruenta guerra. Al final su familia terminó embarcando para el exilio con el príncipe Karstark en uno de los últimos barcos que llegaron para salvar a los derrotados. Su padre siempre decía que la pérdida de las pequeña hacienda familiar que tenían y de todos sus animales había sido culpa de esos perros comunistas boltoncheviques, así que ese comunismo sin duda debía de ser muy malo para haberles dejado sin hogar.

Lo último que quería Andréi era volver a perder un lugar al que podía llamar casa. No le gustaba estar ahí, en aquella trinchera mohosa dispuesto a matar gente, pero era lo que se debía hacer. Ahora ese comunismo volvía a amenazar su mundo y había vuelto a provocar una guerra. No quedaba más remedio que combatirlo porque ese era el mal menor.

La artillería detuvo su canción. Apareció el sacerdote del regimiento, una sombra gris que comenzó a pasear entre las líneas. Andréi sabía que era el mudo heraldo de una orden inminente de ataque. Siempre era así. Le acompañaban dos monaguillos, uno portaba incienso y el otro un icono de San Serwyn el Matadragones. Con voz monocorde, el religioso recitaba las plegarias de rigor:

Padre, otorga a estos hombres fuerzas para defender tu justo juicio. Herrero, protégelos de las balas y la metralla del enemigo. Guerrero, insúflales el valor para avanzar sin miedo a nada ni a nadie…

Saldremos de esta, Andréi —le comentó a su izquierda León Morozov. Morozov debía ser de su quinta, pero a diferencia de él, era testarudamente optimista. Si los horrores de la guerra le afectaban, parecía ocultarlo muy bien bajo su sonrisa confiada. Sus fríos ojos azules tenían un aura que siempre había dado escalofríos a Andréi, pero no podía dar una explicación racional a tal sentimiento. León era amable y bondadoso con todos y muy querido por la compañía—. Dios nos protege —añadió tocándose convencido la estrella de siete puntas que le colgaba del cuello—. Es más, protege a nuestro Caudillo. Tiene una suerte providencial. Los dornienses de la División Añil dicen que tiene baraka. Nos ha guiado siempre a la victoria. Hoy no será distinto.

«Nos ha guiado siempre a la victoria, es cierto, ¿pero viviremos para verla hoy?», pensó Andréi afligido. Pero no habría sido decoroso manifestar tales comentarios en semejante situación, así que se limitó a asentir con una sonrisa nerviosa.

Espero que así sea.

No tuvo tiempo de decir mucho más porque su atención se fijó en el capitán Roderick Manderly, que se había subido a unas escalerillas y estaba prácticamente expuesto al tiro de francotiradores enemigos. Manderly era hombre rollizo, de ojos serenos y vivaces y un muy arreglado bigote. No tenía ningún aire marcial y de hecho parecía totalmente fuera de lugar. Según sabía, era profesor de Literatura Norteña en la Universidad de Altojardín antes de la guerra. Pero el capitán era un hombre valiente y se preocupaba genuinamente por sus compañía. A Andréi le parecía un sinsentido que hombres cultos como él luchasen en primera línea. Ellos sabían cosas, sabían pensar y dirigir y harían falta luego para reconstruir el país. En el Dominio había muchos Andréis campesinos, pero pocos Manderlys intelectuales.

¡COMPAÑÍA, EN FORMACIÓN! —ordenó con estruendo. Ciertamente, Manderly tenía voz de mando— ¡CARGUEN BAYONETAS!

Andréi empezó a tararear la vieja canción de las gentes de los pantanos, Mi patria querida, ya no te volveré a ver. Intentaba mantener su temblor y su miedo a raya. Terminó rápido, había perdido la cuenta de las veces que había hecho el gesto. Pronto se impuso un silencio incómodo, y llegaron los segundos más largos que siempre precedían a toda batalla digna de tal nombre.

¡Adelante! —Manderly puso su silbato en la boca y lo sopló con todas sus fuerzas. Su sonido marcó la orden de ataque—. ¡Por Dios y por la patria sureña! ¡Gloria!

Los vítores y los gritos de guerra empezaron a llenar la trinchera al tiempo que los soldados subían las escalerillas para abandonar las trincheras. Andréi rezó una última plegaria silenciosa al tiempo que empezaba a subir los escalones. Presentía que el día iba a ser muy largo.

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Un olor amargo cubría el aire. Un aire tremendamente espeso y amarillento. El campo estaba sembrado de cadáveres que sangraban por los ojos mezclados los fascistas y los hombres de la república. En la trinchera los federales todavía cavaban posiciones defensivas y posicionaban a su artillería. Un joven soldado descamisado recuperaba el aliento, sucio de polvo y sangre, miraba el suelo de la trinchera apesadumbrado al borde de las lágrimas cuando un joven capitán se le acercó y le dio una palmada en el hombro “Habéis luchado como leones contra la peor escoria de asesinos del continente, esta guerra se ganará con bayonetas y fusiles, pero sobre todo con estas.” Le tendió una pala y se puso a cavar con él. “Los próximos diez kilómetros les costarán otras tantas vidas, la diferencia con ellos es que tu hoy podrás besar a Gladys cuando acabes tu turno. Ellos van a seguir cagando sangre antes de llegar a Dustonbury y para cuando quieran llegar a Antigua a este ritmo habrán pasado ocho años, porque vamos a pelear cada palmo de terreno. Yo creo que se quedan sin ejército antes.” El capitán rió con una risa amarga que llenó la trinchera. “No sólo son estúpidos que luchan por conceptos vacíos sino que son los peores payasos de Poniente. Recuerda como era el país antes de que empezaran la guerra, éramos felices, pero el futuro por el que luchamos será aún más brillante.” Las dos figuras siguieron cavando hasta bien entrada la noche.

El Estado Mayor de la República Federal del Dominio estaba reunido observando el mapa. “Nos han ganado doce kilómetros con las bajas parejas, no es una victoria pero nos sigue permitiendo implementar nuestro plan. Estableceremos las siguientes líneas defensivas aquí, aquí y aquí. El frente es todo el país y si seguimos conteniendo y desgastando a su núcleo podemos ganar la guerra, más ahora que hemos resistido hasta que ha empezado la guerra en Poniente. La República aún tiene cartas en su mano. No cedáis y saludadles con plomo y acero cuando vengan. Salud y República.” El general republicano encendió un puro y se fue a follarse a su mulata después de un largo día.

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