El soldado Andréi Sarov examinaba distraídamente sus botas mientras mantenía sus oídos tapados. La artillería llevaba una hora haciendo sonar ininterrumpidamente su canción de sangre y acero. Los estandartes del batallón ondeaban al viento, portaban dos banderas; una, la tricolor con el águila bicéfala del Movimiento Nacional, otra, la enseña propia, el lobo real de los Stark. Bajo el lobo, bordado en letras plateadas podía leerse “II REGIMIENTO VOLUNTARIO NORTEÑO”. Todos eran norteños exiliados de la zona de Puerto Blanco que habían terminado en el Dominio. Además de su etnia, les unía la fe. Casi todos adoraban a los Siete que Son Uno.
Él se había presentado con su padre voluntario para luchar contra el comunismo, pero lo cierto es que tenía 10 años y tan solo tenía recuerdos del gran sufrimiento y escasez que padeció durante aquellas duras jornadas de infancia. Realmente no entendía gran cosa, simplemente que un día el buen rey de Invernalia fue derrocado, que la paz se quebró y que su país se sumió en una cruenta guerra. Al final su familia terminó embarcando para el exilio con el príncipe Karstark en uno de los últimos barcos que llegaron para salvar a los derrotados. Su padre siempre decía que la pérdida de las pequeña hacienda familiar que tenían y de todos sus animales había sido culpa de esos perros comunistas boltoncheviques, así que ese comunismo sin duda debía de ser muy malo para haberles dejado sin hogar.
Lo último que quería Andréi era volver a perder un lugar al que podía llamar casa. No le gustaba estar ahí, en aquella trinchera mohosa dispuesto a matar gente, pero era lo que se debía hacer. Ahora ese comunismo volvía a amenazar su mundo y había vuelto a provocar una guerra. No quedaba más remedio que combatirlo porque ese era el mal menor.
La artillería detuvo su canción. Apareció el sacerdote del regimiento, una sombra gris que comenzó a pasear entre las líneas. Andréi sabía que era el mudo heraldo de una orden inminente de ataque. Siempre era así. Le acompañaban dos monaguillos, uno portaba incienso y el otro un icono de San Serwyn el Matadragones. Con voz monocorde, el religioso recitaba las plegarias de rigor:
— Padre, otorga a estos hombres fuerzas para defender tu justo juicio. Herrero, protégelos de las balas y la metralla del enemigo. Guerrero, insúflales el valor para avanzar sin miedo a nada ni a nadie…
— Saldremos de esta, Andréi —le comentó a su izquierda León Morozov. Morozov debía ser de su quinta, pero a diferencia de él, era testarudamente optimista. Si los horrores de la guerra le afectaban, parecía ocultarlo muy bien bajo su sonrisa confiada. Sus fríos ojos azules tenían un aura que siempre había dado escalofríos a Andréi, pero no podía dar una explicación racional a tal sentimiento. León era amable y bondadoso con todos y muy querido por la compañía—. Dios nos protege —añadió tocándose convencido la estrella de siete puntas que le colgaba del cuello—. Es más, protege a nuestro Caudillo. Tiene una suerte providencial. Los dornienses de la División Añil dicen que tiene baraka. Nos ha guiado siempre a la victoria. Hoy no será distinto.
«Nos ha guiado siempre a la victoria, es cierto, ¿pero viviremos para verla hoy?», pensó Andréi afligido. Pero no habría sido decoroso manifestar tales comentarios en semejante situación, así que se limitó a asentir con una sonrisa nerviosa.
— Espero que así sea.
No tuvo tiempo de decir mucho más porque su atención se fijó en el capitán Roderick Manderly, que se había subido a unas escalerillas y estaba prácticamente expuesto al tiro de francotiradores enemigos. Manderly era hombre rollizo, de ojos serenos y vivaces y un muy arreglado bigote. No tenía ningún aire marcial y de hecho parecía totalmente fuera de lugar. Según sabía, era profesor de Literatura Norteña en la Universidad de Altojardín antes de la guerra. Pero el capitán era un hombre valiente y se preocupaba genuinamente por sus compañía. A Andréi le parecía un sinsentido que hombres cultos como él luchasen en primera línea. Ellos sabían cosas, sabían pensar y dirigir y harían falta luego para reconstruir el país. En el Dominio había muchos Andréis campesinos, pero pocos Manderlys intelectuales.
— ¡COMPAÑÍA, EN FORMACIÓN! —ordenó con estruendo. Ciertamente, Manderly tenía voz de mando— ¡CARGUEN BAYONETAS!
Andréi empezó a tararear la vieja canción de las gentes de los pantanos, Mi patria querida, ya no te volveré a ver. Intentaba mantener su temblor y su miedo a raya. Terminó rápido, había perdido la cuenta de las veces que había hecho el gesto. Pronto se impuso un silencio incómodo, y llegaron los segundos más largos que siempre precedían a toda batalla digna de tal nombre.
— ¡Adelante! —Manderly puso su silbato en la boca y lo sopló con todas sus fuerzas. Su sonido marcó la orden de ataque—. ¡Por Dios y por la patria sureña! ¡Gloria!
Los vítores y los gritos de guerra empezaron a llenar la trinchera al tiempo que los soldados subían las escalerillas para abandonar las trincheras. Andréi rezó una última plegaria silenciosa al tiempo que empezaba a subir los escalones. Presentía que el día iba a ser muy largo.