Misión 12.- La quimera de un hombre

PoV

Klaus Lannister

PoV Lyonel Marbrand

Seducido por la febril determinación de Othmar Farman, Klaus Lannister da vía libre al aristócrata para que vaya a la caza de mitos.

Tokens

Proyecto Vidriagón

Descripción del token

El proyecto Vidriagón

Ejércitos

N/A

Objetivo

Viajar por Poniente y Essos en busca de artefactos valyrios, reliquias arcanas y materiales fósiles asociados a mitos dracónicos, bajo el pretexto de investigación científica. El verdadero motor es la búsqueda de sentido en lo incomprensible, la creencia de Farman en una unidad perdida entre ciencia, magia y fe.

Misión

Viajar por Poniente y Essos en busca de artefactos valyrios, reliquias arcanas y materiales fósiles asociados a mitos dracónicos, bajo el pretexto de investigación científica. El verdadero motor es la búsqueda de sentido en lo incomprensible, la creencia de Farman en una unidad perdida entre ciencia, magia y fe.

Localización

Esto va a ser totalmente errático, nos impulsa la locura de un hombre y no pretenfo resultados tangibles, ni a largo, ni muchísimo menos a corto plazo.

Me lo planteo como una peregrinación loca a lo largo de todo Poniente y Essos siguiendo indicios y pistas según le de la ventolera a Othmar Farman.

Digamos, por ejemplo, que empezamos buscando la Lanza de Tarseol en las Marcas.

Por supuesto, el barón viaja en zepelin.

Roleo

Fragmento de diario — POV Lyonel Marbrand

*“He visto al Barón Farman esta noche, inclinado sobre un trozo de vidriagón. No lo estudiaba: lo escuchaba. Murmuraba como si el cristal respondiera. Decía que bajo cierta vibración podía oírse un eco, una voz antigua, quizá el murmullo de los dragones.
Herr Canciller, con mirada seria, le permitió seguir. Para él, Farman es un símbolo: la encarnación del sacrificio intelectual, del hombre que cruza el umbral de la razón por amor al conocimiento.

Yo, en cambio, he sentido miedo. No por el Barón, sino por el espejo que nos tiende. Si sus delirios fuesen verdad, ¿podría soportar escuchar lo que sea que yace en la piedra?”*

El Barón Farman volaba a gran altura sobre el Dominio, donde el sol moría sobre los campos calcinados. Bajo sus alas, las líneas del frente eran heridas abiertas: caminos rotos, columnas de humo, cosechas convertidas en barro. Los mechas dormían entre los surcos, cubiertos de polvo y derrota.
Pero Farman no veía eso. Su mente estaba fija en el fragmento de vidriagón que reposaba en su regazo, protegido en un cilindro de plomo. Había vuelto a oírlo aquella madrugada, en la quietud del hangar: un zumbido leve, constante, casi un latido. Lo había grabado en un fonógrafo, convencido de que la vibración seguía un patrón imposible… o quizá un lenguaje.

Mientras el avión viraba sobre las ruinas de Altojardín, el Barón cerró los ojos y creyó escuchar de nuevo esa voz: un murmullo profundo, como si las entrañas de la tierra quisieran responder. “No son ecos —pensó—, son recuerdos”. En su cuaderno escribió: La piedra canta cuando el mundo arde.

Entonces, por un instante, sintió una paz inhumana. La guerra, los hombres, los ejércitos, todo aquello era ruido efímero. Solo quedaba el canto del vidriagón, antiguo y paciente, aguardando a quien tuviera el valor —o la locura— de escuchar.

Según avance su viaje - es una misión que se repite en ciclos - descubrirá algo o se condenará.

El Barón Farman descendió a una altitud más baja cuando el motor delantero comenzó a vibrar con un ritmo extraño. No era fallo mecánico: él conocía sus máquinas como si fueran extensiones de sus propios huesos. Aquello era otra cosa. Un pulso, suave pero firme, que atravesaba el fuselaje desde el cilindro de plomo donde guardaba el vidriagón.

—Otra vez no… —murmuró, aunque sabía que sí, otra vez.

Aterrizó en un claro cercano, entre los restos ennegrecidos de un antiguo huerto. El sol se había hundido del todo, dejando un cielo rojo sangre. El Barón bajó del aparato, abrió la cabina, y el silencio del Dominio lo envolvió como un sudario.

Entonces lo vio: a unos diez pasos de distancia, un hombre de pie lo observaba.

Era alto, anguloso, de porte elegante pese al polvo y la devastación. Su cabello negro parecía absorber la poca luz disponible. Y sus ojos… sus ojos eran pozos azules que no parpadeaban.

Farman sintió un golpe en el pecho: lo conocía. Pero no lo conocía. Una familiaridad sin nombre, como recordar un sueño que nunca tuvo.

—Barón Farman —dijo el desconocido, con una voz que vibraba igual que el vidriagón—. Al fin nos encontramos.

Farman se llevó una mano al arma, aunque no llegó a sacarla.

—¿Quién es usted?

El hombre inclinó la cabeza, como si esa pregunta le resultara irrelevante.

—Llámeme un reflejo. Una sombra proyectada desde un lugar donde no he muerto, porque nunca he nacido. Lo importante no soy yo, Barón. Lo importante es lo que está despierto en el Norte.

Farman sintió un escalofrío.

—El Norte está sumido en guerra y locura, eso ya lo sé.

El hombre negó suavemente.

—No. Lo que habéis visto es solo la superficie. Debajo algo antiguo está moviéndose. Algo que siente vuestro mundo debilitado. Algo que escucha el canto del vidriagón igual que vos.

Farman retrocedió un paso.

—¿De qué está hablando?

La figura avanzó un poco, pero sus pies no levantaban polvo, como si no terminara de pertenecer a ese plano.

—Vuestras lámparas, vuestros dragones de hierro, vuestras máquinas… todo eso no es más que un eco. El Norte ha roto un equilibrio que nunca comprendió. Y ahora buscan… un heredero. Alguien capaz de oír lo que no debe ser oído.

Los ojos del Barón se abrieron de par en par.

—¿Heredero? ¿De qué?

El hombre sonrió con una tristeza profunda, casi humana.

—De aquello que duerme bajo el hielo desde antes de que los Primeros Hombres dejaran sus huellas en la tierra. De aquello que yo… en otro mundo… intenté contener, y por ello fui consumido.

Farman sintió que el aire se hacía más denso.

—¿Qué debo hacer?

El reflejo extendió una mano temblorosa, como si incluso ese gesto requiriera un esfuerzo colosal.

—Escuchad, Barón. No a mí. A la piedra. Al canto. Os ha elegido… o quizás solo os está usando. Pero si queréis comprender lo que despertará debéis ir al Norte.

Un golpe de viento apagó la escena y levantó polvo. Cuando Farman volvió a fijar la vista, el hombre había desaparecido.

Solo quedaba el cilindro de plomo vibrando en su mano. Y en la distancia, un eco que no pertenecía al mundo de los vivos.

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