PoV
Frieda Lannister-Vikary
Descripción del PoV
Diplomática refinada y maestra del doble lenguaje, negocia alianzas y secretos con una habilidad que mezcla seducción y pragmatismo, manteniendo a Occidente conectado al tablero internacional, aunque su ambición personal puede volverla un riesgo tan grande como un recurso.
Tokens
Frieda Lannister-Vikary
Descripción del PoV
Diplomática refinada y maestra del doble lenguaje, negocia alianzas y secretos con una habilidad que mezcla seducción y pragmatismo, manteniendo a Occidente conectado al tablero internacional, aunque su ambición personal puede volverla un riesgo tan grande como un recurso.
Legión Grifo
Descripción del PoV
La élite militar de Occidente, ejército de choque de uniformes rojos y mechas de élite, símbolo de orgullo nacional y terror para los enemigos; comandada por el Barón Sigmund Crakehall , apodado el Barón Carmesí, encarna el mito de la invencibilidad que sostiene la moral del pueblo y del ejército.
Ejércitos
N/A
Objetivo
El objetivo primario es impedir que el gas llegue al frente, ya sea dañando el tren y el cargamento o reventando las vías.
El objetivo secundario es hacer todo el daño posible, si se explota el cargamento de gas en el medio de un campamento y mueren unos pocos de miles de rojos apestosos mejor que mejor.
Misión
Al ser una misión que une espionaje con infiltración colaborarán Frieda Lannister en la obtención de la información, planos horarios, soborno del personal adecuado y la Legión Grifo con una combinación de mechas de espionaje y sabotaje (TYR-14; CER-05 y CER-09; así como el JAM-12 de Siegmund Crakehall).
Localización
Línea férrea que une Antigua con Altojardín.
Roleo
El reloj marcaba las doce cuando Frieda Lannister-Vikary descendió del coche oficial. El andén estaba envuelto en una niebla aceitosa y fría; los faroles apenas iluminaban las siluetas metálicas de los mechas alineados a lo largo de la vía. Frente a ellos, como golem de acero , aguardaba el Barón Carmesí, Sigmund Crakehall, enfundado en su uniforme rojo, las botas relucientes y la sonrisa insolente de quien cree que el mundo le pertenece.
—Lady Frieda —saludó con una reverencia afectada que rozaba la burla—. Siempre es un honor recibir a la joya diplomática de Occidente. ¿Viene a bendecir la Legión con su encanto o a controlarnos en nombre del Canciller?
Frieda, envuelta en un abrigo de piel de zorro blanco, lo miró con una sonrisa que se congeló al alcanzar el rubí de sus labios.
—Ambas cosas, quizá. Si dependiera de usted, Sigmund, la mitad de estas vías estarían en ruinas por puro entusiasmo. He venido a asegurarme de que la otra mitad siga intacta lo suficiente para cumplir su propósito.
El Barón soltó una risa baja, arrogante.
—Ah, mi querida Frieda… no todo en esta guerra se gana con planes y sobornos. A veces hay que ensuciarse las manos. —Se acercó un paso más, tan cerca que ella pudo sentir su perfume y el olor a tabaco importado en su aliento—. Aunque si usted se ensuciara un poco, estoy seguro de que hasta la guerra parecería más hermosa.
Frieda no se movió. Su expresión permaneció inmóvil, pulida, diplomática. Solo sus ojos, fríos y dorados, mostraron un destello de desprecio perfectamente contenido.
—Agradezco su preocupación, Barón. Pero hay quienes nacimos para mover piezas, no para mancharnos con ellas. Yo haré que la información llegue a usted; los horarios, las claves de paso, los nombres de los conductores que no verán el amanecer. Usted solo debe encargarse de que el tren no llegue a Altojardín.
Crakehall inclinó la cabeza, divertido.
—Tan fría como el hielo, milady, exactamente como me habían dicho. Aun así… —rozó su guante con el suyo, un gesto insolente disfrazado de cortesía— …me pregunto cuánto tardaría en derretirse si alguna vez bajara la guardia.
Frieda se apartó con elegancia, sin alterar el ritmo de su respiración.
—No cometa el error de confundir diplomacia con debilidad, Barón. Si falla esta misión, el Canciller no necesitará enemigos externos para hundirle la carrera.
El Barón Carmesí sonrió.
—Entonces no fallaré. Ni en la misión… ni en hacer que me recuerde.
Ella se giró sin responder, el abrigo ondeando como una gallardete en el viento frío de la noche. Mientras el tren de carga rugía a lo lejos, Frieda pensó, con fría certeza, que la guerra no siempre se ganaba en el campo de batalla. A veces, bastaba con saber qué hombres eran demasiado peligrosos para dejar con vida después de la victoria.
