Korl se reunía con sus capitanes, fiel a su estilo, en la mesa había comida de calidad, pero no en exceso. Si bien reconocía que era un hecho que la grasa envolvía los órganos vitales y en ocasiones protegía de balas de pequeño calibre, prefería sentirse ligero y no quería tener que renovar el vestuario. Parte de su imagen, construida bajo sólidos principios de, hago lo que me da la gana y porque yo soy Korl, implicaba la contención en materia de comida, lujuria, alcohol y otros vicios.
No es que Korl fuera un hombre ajeno a los placeres de la carne ni la bebida o la comida, en realidad, su amante y su cocinera eran la misma persona. Incluso su camarote tenía un par de entradas secretas, una de ellas comunicaba con la cocina. La cuestión es que jamás se dejaba ver o escuchar en una situación que mermará un ápice la imagen que tanto había trabajado en construir.
Los hombres charlaban tranquilamente y el vino no faltaba, aunque en presencia de Korl nadie se excedería. Eso quedaría la después del postre, esa parte no la llevaba Korl, la llevaba su hermana, que tenía pocos reparos en que la vieran en posiciones y exposiciones diferentes. Sonó la puerta y aunque no se hablaba en voz muy alta dentro de la sala, solo pudieron escuchar la fuerte risa del guardaespaldas de Korl y unos tímidos golpes en la puerta.
Un hombre entro en la estancia. Todos los conocían, se pusieron en pie y saludaron marcialmente. Era el segundo de Korl, Dunstan Drumm, de los Drumm de Viejo Wyk. El hombre parecía un anciano, aunque todos sabían que no era mayor que si comandante en jefe. Vestía el gris y negro uniforme antiguo de oficial de la armada de Korl, aunque ya todos vestían el nuevo y más elegante negro con bordados y botones dorados.
Sus manos parecían garras y la piel de su rostro parecía cuero viejo. El hombre se coloco las manos a la espalda y se estiró. Si no estuviera tan flaco sería un hombre imponente. Pero eso a el claramente no le importaba. Y los oficiales allí presentes no mostraban respeto solo al grado militar, todos sabían de su intelecto y habilidad como ingeniero e inventor.
Había puesto en marcha la extracción de crudo en Viejo Wyk, había diseñado y fabricado 200 submarinos velocísimos, había creado una receta de combustible que permitía llegar más lejos a los submarinos, con la consiguiente merma en espacio ocupado. El hombre ante ellos era un genio, uno de esa clase qu prefería su taller y sus herramientas a las personas en general.
Sabían que solo salia para decir algo cuando tenía algo que decir. Una teniente de uno de los Tentáculos del Kraken, se puso de pie y le ofreció una copa de vino bien llena, también le sonrió. Dunstan la miro, se relamió mirando a la joven oficial y recorrió su cuerpo con la mirada. Sin apartar su mirada del pecho que subía y bajaba, alterado por la mirada avida del notable oficial, exclamó.
-Espero que el vino este bueno, si no, no hará justicia a la copera.
Levantó la mirada hacia el resto de oficiales, los miro a los ojos uno a uno, se detuvo en uno pelirrojo, se parecía al chico que había fallecido intentando mejorar la organización de las líneas de montaje. Un tal Jon. No dijo nada, pobre muchacho pensó para sus adentros. Al fondo de la mesa estaban Korl y su hermana ella, como siempre, impudica y descarada se sostenía los pechos y le sonreía, se había dado cuenta de como había mirado a la teniente de la copa de vino.
Pido ver cómo Korl tocaba el hombro de su hermana y está dejaba sus juegos para aposentarse con mayor seriedad, aunque las probabilidades de que el 100% de los hombres y el 90% de las mujeres hubieran visto a la joven sin el uniforme de campaña era del 100%.
Dunstan carraspeo, se puso firme, saludo a su comandante y empezó a declamar.
-Comandante. Solicito permiso para tomar un sumergible, descender al lecho marino para investigar los navíos Occidentales que nuestros Tentaculos hundieron hace algunos días.
Korl enarcó una ceja y respondió mirando en derredor.
-Mi segundo pide permiso para tomar un submarino que le lleve al ver los barcos que hundimos hace unos días. ¿Voluntarios?
Todos los oficiales se pusieron en pie, firmes y saludaron con pasión. Dunstan dio un paso atrás mientras echaba mano a la cadera. No con miedo sino con sorpresa. Había luchado en el pasado, echar mano al arma cuando Denis peligro era normal para el. Pero rápidamente entendió que no había peligro.
-Pues si todos queréis venir… ¿Que tal si me acompañas tú moza? Ya sabes, por si se me acaba el vino…