Harwyn Saltbeard ajustó los diales oxidados de su pequeña emisora pirata, oculta en una cueva húmeda bajo los acantilados de Viejo Wyk. El mar rugía detrás de él, como si quisiera tragarse cada palabra antes de que escapara al éter. La antena improvisada —una maraña de cobre y piezas de un viejo barcoluengo— chisporroteó cuando encendió el generador.
—Aquí habla Harwyn Saltbeard… —murmuró al micrófono—. Para los oídos libres. Para los que aún recuerdan que no todo lo que dice un comandante es verdad.
Inspiró hondo. Aquello podía costarle la vida.
—Korl Greyjoy me ha ofrecido oro. Oro y favores. Quería que mintiera por él. Que dijera que la flota está fuerte, que el Kraken es un presagio favorable, que todo sigue bajo control. Y yo, hijos del hierro… no voy a hacerlo.
Un trueno lejano retumbó sobre el acantilado. La señal zumbó, inestable, pero siguió viva.
—Me buscó en mi casa. Me ofreció un puesto oficial en la emisora de Puerto Noble. Me pidió que dejara de hablar de los barcos hundidos, de los hombres que no regresan, de la gente que empieza a temer que él despertó al monstruo.
Harwyn bajó la voz, casi un susurro:
—Korl quiere controlar el miedo. Y quien controla el miedo, gobierna. Pero mientras mi voz siga en el aire… no tendrá silencio. Ni obediencia. Solo verdad.
Ups, parece que no ha funcionado. Más bien al contrario.