PoV
General Rym Dalt
Comandante Supremo de Lanza del Sol.
Asegura disciplina, moral y fuerza militar directa.
Rym Dalt se reune con Alira Qorgyle para establecer los pasos a seguir por la Organización de espias.
Tokens
Las Serpientes del Desierto
La agencia de inteligencia oficial del Sultanato .
Desplegará a sus agentes de la mejor forma posible.
Riqueza comercial
El capital líquido del sultanato .
Dinero para sobornos, y compra de información.
General Rym Dalt
Comandante Supremo de Lanza del Sol.
Asegura disciplina, moral y fuerza militar directa.
Asegura disciplina, y utiliza sus contactos mercenarios, y del ejercito para facilitar la labor de las serpientes de arena.
Ejércitos
N/A
Objetivo
Buscar los focos de revolución y a los cabecillas de los mismos. Localizar y capturar a Nyra Uller. Aparte de localizar a cualquier agente de otras facciones.
Misión
A traves de sobornos, escuchas e infiltración se buscara cualquier foco de disidencia y revuelta. Con prioridad de encontrar a Nyra Uller
Localización
Dorne
Roleo
La sala donde se encontraron olía a sal y a pergamino; fuera, el ocaso doraba las murallas de Lanza del Sol, dentro, la luz era templada y deliberada. Rym Dalt permanecía junto a una mesa de madera áspera, con el mapa de Dorne extendido entre ambos como si fuera un tercer interlocutor. Frente a él, la líder de las Serpientes de Arena —Alyra — reclinaba apenas su figura sobre el respaldo de cuero; su mirada, afilada como un cuchillo de ceremonia, nunca dejaba de escudriñar los pliegues de la conversación.
Rym no perdió tiempo en frases grandilocuentes. Su voz, grave y contenida, pidió lo esencial: información sobre los focos de revuelta, indicios sobre la localización de Nyra Uller y la identificación de cualquier agente externo que agitara la llama dorniense desde fuera. No habló de órdenes ni de gestas; habló de responsabilidad.
Alyra sonrió sin mostrar los dientes. Las Serpientes habían aprendido a moverse en las sombras que otros preferían ignorar, pero su jefe no ofreció despliegues gratis. Pidió garantías: que la respuesta no convertiría a los suyos en chivos expiatorios, que las detenciones serían con respeto a la vida y al honor, que la voz de la arena tendría sitio en la mesa cuando se escribiera el futuro de Dorne. Rym contestó con la misma frialdad honesta: recursos a disposición —cajas selladas para pagos, reconocimiento formal, acceso a canales diplomáticos— y un compromiso público de que las acciones se encuadrarían bajo una autoridad que preservara la legitimidad y evitara martirios.
La conversación se deslizó entonces hacia la geografía de la insurrección, pero sin mapas tácticos. Alyra habló de barrios donde las palabras ardían, de universidades donde las jóvenes manos aprendían a escribir consignas, de puertos donde los barcos traían favores en vez de mercaderías. Habló de rumores que se convertían en actos si nadie los escuchaba; de estudiantes que se juntaban con obreros; de oficiales jóvenes que, por desesperación o por convicción, podían cruzar la línea. Rym escuchó, tomando nota de las zonas y de los nombres que se repetían en la lengua de Alyra, no para llenar casillas de un plan militar, sino para saber dónde dirigir esfuerzos de contención política y social: ofrecimientos de trabajo, intervenciones en los gremios, promesas de reformas que apagaran el fuego por las causas y no por la represión.
Cuando el nombre de Nyra surgió, la líder de las Serpientes dejó entrever algo que no era sorpresa sino cálculo: Nyra no era solo una palabra— era una idea con alcance, alimentada por resentimientos y por jóvenes que buscaban un nombre que gritar. Alyra señaló que la captura de Nyra, si era necesaria, debía ser gestionada con suma prudencia. “Traerla viva”, dijo, “es traer una conversación a la mesa. Traerla muerta es convertirla en una bandera.” Rym asintió: en su plan no había espacio para convertir a una figura en mártir. La intención era neutralizar su capacidad para incendiar plazas, desmontar su red y ofrecer un proceso que fuera público y, a la vez, administrado con mano firme.
Sobre los agentes externos, Alyra fue implacable en su escepticismo. Mencionó intermediarios que operaban desde fuera: emisarios que pagaban palabras, barcos que traían sobornos, envíos que parecían comida y eran mensajes. Contra ellos habló no de emboscadas sino de cortar incentivos, de perseguir las rutas del influjo, de emplear la diplomacia para exigir responsabilidades a quien financiase la subversión. Rym respiró hondo: la diplomacia, la economía y la fuerza institucional eran el triángulo que debía cerrarse sin abrir la puerta a la ocupación extranjera.
En un momento la tensión dejó paso a la negociación franca. Alyra Qorgyle reclamó libertad de movimiento para sus redes, una promesa de no persecución indiscriminada y la confirmación de que sus informantes serían recompensados. Rym ofreció, a su vez, recursos para reforzar la seguridad de las familias que apoyarían la transición, fondos para reparaciones en barrios tocados por disturbios, y la promesa solemnizada de que los pasos siguientes buscarían siempre la menor fricción posible con la vida de la gente. Acordaron, sobre todo, una máxima: que las acciones a tomar —sea detener a un instigador, sea desarticular una remesa de influencias foráneas— se harían con testigos y con la voluntad de evitar la violencia innecesaria.
La reunión cerró con un intercambio de símbolos menos que promesas. Alyra dejó una lista, no detallada en lo operativo pero sí rica en nombres y lugares: tabernas donde convergían conspiradores, talleres que servían de pantallas, vecindarios de secundaria donde las noches se encendían en asambleas. Rym entregó en contraparte un sello de confianza: la garantía verbal de que la maquinaria del Estado —toda y no solo la guarnición— se pondría al servicio de una resolución que preservara a Dorne. Ambos sabían que disponer “de todos los recursos” no significaba desatar tropas por doquier, sino emplear la legitimidad, la plata y la red social para apagar la revuelta en sus raíces y traer a Nyra y a sus apoyos al terreno de la ley y del debate.
Al marcharse, quedaron las sombras largas sobre el mapa. La alianza entre el general reformista y la líder de las Serpientes no era idílica; era un pacto de necesidad, tenso y cargado de condiciones recíprocas. Ninguno de los dos imaginó que la tarea sería fácil, pero los dos comprendieron que, si el fuego no se atajaba con inteligencia, pronto lo harían las llamas mismas. Dorne necesitaba respuestas rápidas, pero también prudencia: la línea entre imponer orden y sembrar más conflicto era, en aquel crepúsculo, tan estrecha como una hoja de obsidiana.