Misión 34.- El vuelo del Grifo II

PoV

Klaus Lannister

Descripción del PoV

Hombre de mediana edad, calculador y carismático, mantiene un férreo control del poder a través de su visión de unidad nacional y supremacía tecnológica; su ideología brillante se enfrenta a contradicciones íntimas y a rivalidades militares que amenazan con fracturar el régimen desde dentro.

Tokens

Descripción del token

Hombre de mediana edad, calculador y carismático, mantiene un férreo control del poder a través de su visión de unidad nacional y supremacía tecnológica; su ideología brillante se enfrenta a contradicciones íntimas y a rivalidades militares que amenazan con fracturar el régimen desde dentro.
Legión Carmesí / Legión Grifo

Descripción del token

La élite militar de Occidente, ejército de choque de uniformes rojos y mechas de élite, símbolo de orgullo nacional y terror para los enemigos; comandada por el Barón Sigmund Crakehall , apodado el Barón Carmesí, encarna el mito de la invencibilidad que sostiene la moral del pueblo y del ejército.

Ejércitos

  • 1 de Regulares de Refugio Quebrado 3K artillerías 100K infanterías , en Refugio Quebrado , grupo verde
    Composición: artillery: 2500, infantry: 100000,
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  • Guardia de Refugio de Plata 3K artillerías 90K infanterías 75 centinelas , en Refugio de Plata , grupo verde
    Composición: artillery: 2500, infantry: 90000, powersuit: 75,
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Objetivo

Unificar:

  • Ejército de Regulares de Refugio Quebrado
  • Guardia de Refugio de Plata

…en un solo cuerpo operativo para su traslado inmediato al Frente Oriental bajo mando del Barón Siegmund Crakehall y la Legión del Grifo.

La presencia del Führer busca elevar la moral, reforzar la disciplina y reafirmar la imagen de invencibilidad de Occidente.

Misión

El Herr Canciller se toma su zepelin privado, Falcon III, para desplazarse a Refugio de Plata dónde arengará a las tropas que van a ser enviadas al frente oriental al mando del Herr Baron Siegmund Crakehall y su Legión del Grifo.

Localización

Refugio de Plata

Roleo

El Falcon III siempre ha sido un prodigio de ingeniería, pero solo cuando viajo con el Herr Canciller cobra una grandeza distinta, como si cada remache y cada válvula se tensaran para honrar su presencia. El zepelín avanzaba sobre las nubes con un murmullo grave y noble, y yo, sentado frente a él en el pequeño salón de mando, fingía revisar informes mientras le lanzaba miradas furtivas.

Klaus Lannister observaba el horizonte a través de los ventanales panorámicos. La luz de la tarde recortaba su silueta con una precisión casi cruel —demasiado perfecta, demasiado lejana, como una estatua viva de la que uno no debería enamorarse.

—Marbrand —dijo sin girarse, con esa voz profunda que resonaba mejor que cualquier motor—. ¿Los informes de la Legión están completos?

Su voz profunda y varonil me sacó de mis pensamientos.

—Sí, Herr Kanzler —respondí, con más suavidad de la que pretendía. Me odié un poco por eso. Me odié todavía más cuando él finalmente se volvió hacia mí.

Sus ojos, siempre firmes, siempre exigentes, se posaron en los míos. Era una mirada que podía quebrar a un general… y que a mi me aceleraba el corazón hasta sentirlo golpear contra mi pecho. Tomé aire, discretamente, como si su presencia lo consumiera todo.

—Bien —asintió, extendiendo la mano para que le pasara una carpeta. Mientras me inclinaba para entregársela, mis dedos rozaron los suyos apenas un instante que me pareció eterno.

Volví a mi asiento con una compostura exagerada. Él leyó en silencio, el ceño fruncido de concentración dándole un aire heroico que solo intensificaba lo que intentaba reprimir.

Mientras avanzábamos hacia Refugio de Plata, el zepelín empezó a descender y él se levantó, ajustando su capa carmesí. Por reflejo, me acerqué para corregir un pliegue que se había torcido. Nadie más lo habría hecho; nadie más habría notado ese detalle. Pero yo siempre lo hago.

—Gracias, Lyonel —dijo sin emoción aparente.

Su mano quedó a un palmo de la mía. Bastaría con extender los dedos. Un gesto mínimo, imperceptible. Pero imposible.

—Para servirle, Herr Kanzler.

El Falcon III tocó tierra con suavidad. Mientras nos preparábamos para descender ante miles de soldados formados, pensé —solo por un instante— que ojalá el viaje hubiera durado unas horas más. Sólo para seguir a solas con él, en ese cielo suspendido donde mi devoción no necesita disfraz.

Luego me recompuse, ajusté mi abrigo y abrí la puerta del dirigible para que el Führer descendiera el primero.
Donde él va, yo lo sigo.
Un paso detrás.
Siempre.

El nuevo ejército se conforma bajo la atenta mirada del Canciller sin problemas, como si nadie quisiera fallarle a su líder.