Misión 36: El Reclamo del Dragón

PoV

Valys Belaerys

Encargada de lanzar sus peticiones a todo lo ancho de Essos.

Tokens

Embajada Desembarco del Rey

Pajaritos, rumores, información a dar a todos los conocidos de Desembarco y otros lares.

Estancias de Oppon

Capacidad para llegar a todo Essos.

Objetivo

Conseguir mercenarios del mar. Pero buenos. No quiero a gente garrula, si no a mercenarios capaces que tengan buena reputación. También sirve aquellos hombres que tengan una deuda pendiente con Korl Greyjoy .

Misión

Hacer lanzar peticiones para aquellos que quieran unirse a una cruzada del Archidragón. Para ello se hará saber que se buscan a mercenarios/almirantes con la intención de formar parte de una gran flota con el objetivo de parar a los Greyjoy.

Importante: Korl Greyjoy tiene enemigos en Essos, se sabe porque lo pusiste en su día en la descripción del personaje haciendo de las suyas en estas tierras. Por lo tanto habrá gente que quiera verle muerto o que tenga deudas pendientes con él. Uniéndose a Daenor tendrán su oportunidad.

Antes de aceptarles en al flota, quiero tener conocimientos de ellos, su reputación y demás.

Roleo

La llamada no se proclamó en plazas ni se clavó en tablones. No llevó sellos oficiales ni dragones estampados. Nació, como nacen las cosas verdaderamente peligrosas, en los márgenes.

En Desembarco del Rey, Lady Vaelys Belaerys no alzó la voz. Se limitó a mover piezas.

Desde las Estancias de Oponn, los corredores de información más discretos de Essos, partieron mensajes fragmentados, nunca completos, nunca iguales. Un mercader de especias escuchaba en una cena que “en Essos se buscan almirantes que sepan mandar hombres sin preguntar demasiado”. Un banquero retirado recibía una carta donde se insinuaba que “las rutas del Mar Angosto pronto necesitarán escoltas con experiencia real contra piratas isleños”. Un capitán sin bandera oía, en un burdel del Aguasnegras, que “el hierro del oeste ha ofendido a quienes sí pagan a tiempo”.

Nada llevaba el nombre de los Estados Unidos de Essos. Pero todos entendían quién podía pagar flotas enteras… y quién tenía una cuenta pendiente con los Greyjoy.

Vaelys había sido clara en sus instrucciones:

  • Solo reputación contrastada. Hombres que sepan obedecer una cadena de mando. Nada de carniceros ni saqueadores.

Las Estancias filtraron con precisión quirúrgica. Viejos corsarios se quedaron fuera. Señores del mar demasiado ambiciosos, también. Pero algunos nombres comenzaron a repetirse, cruzando Essos y la costa este de Poniente como un murmullo persistente.

Uno de ellos destacó por encima del resto.

Maelor Qorren, llamado el Navegante del Jade.

Antiguo almirante de la Compañía del Tridente Verde, una flota mercenaria de reputación casi intachable en las costas de Myr, Tyrosh y Lys. Maelor había combatido piratas, protegido convoyes del Banco Rogare y, sobre todo, sobrevivido a un encuentro que pocos podían contar.

Años atrás, cuando Korl Greyjoy aún era un corsario errante en Essos, sus naves habían atacado un convoy bajo protección de Qorren cerca del Golfo de los Suspiros. La batalla fue breve y brutal. Greyjoy se retiró… pero no antes de incendiar la nave insignia de Maelor y capturar a su segundo al mando, a quien colgó del bauprés como advertencia.

Desde entonces, Maelor no había vuelto a pronunciar el nombre de Greyjoy en público. Pero sus hombres sabían que cada mapa que trazaba, cada maniobra que ensayaba, tenía siempre el mismo enemigo en mente.

El mensaje le llegó en Pentos, a través de un intermediario que no dio nombre ni exigió respuesta inmediata. Solo una frase:

  • El hierro ha cruzado una línea que el mar no perdona. Si aún recordáis el fuego sobre vuestra cubierta… el Archidragón escucha.

Maelor tardó una noche entera en decidirse. Al amanecer, quemó el mensaje. Al mediodía, vendió su casa. Al anochecer, su flota zarpó rumbo a Volantis.

No fue el único.

Desde Puerto Gaviota, una pequeña pero disciplinada escuadra de Poniente oriental ofreció sus servicios, veteranos de escolta comercial hartos de ver sus rutas amenazadas por isleños. Desde Lys, capitanes con contratos limpios y libros de cuentas claros preguntaron —con cautela— si los rumores eran ciertos.

Todos recibieron la misma respuesta, siempre indirecta, siempre sin firma:

Presentaos. El dragón no promete botín. Promete guerra justa y paga puntual.

Vaelys Belaerys observaba los informes llegar uno tras otro, ordenados con pulcritud. No sonreía. No era una victoria; era una preparación.

Sabía que cuando esos hombres se reunieran ante Daenor Targaryen, no lo harían por oro solamente. Lo harían por viejas deudas, por nombres que el mar no había borrado, por agravios que el hierro creyó impunes.

Y en algún lugar del Mar Angosto, sin saberlo aún, Korl Greyjoy estaba a punto de descubrir que los años como corsario en Essos habían dejado más enemigos de los que jamás imaginó.