Misión 6.- El precio de hierro

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Frieda Lannister-Vikary

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Frieda Lannister-Vikary

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Ejércitos

N/A

Objetivo

Conseguir un informante fiable en las Islas del Hierro que, a cambio de un precio en oro suministre información fiable sobre la situación en las Islas del Hierro, los movimientos las facciones y eventualmente que pueda usarse para sobornar a una parte de los piratas del hierro y debilitar a Jorl Greyjoy.

Misión

Conseguir un informante fiable en las Islas del Hierro que, a cambio de un precio en oro suministre información fiable sobre la situación en las Islas del Hierro, los movimientos las facciones y eventualmente que pueda usarse para sobornar a una parte de los piratas del hierro y debilitar a Jorl Greyjoy.

Localización

En principio Desembarco del Rey, si se considera que Frieda tiene que viajar para hacer más efectiva la misión o cerrar acuerdos se podría considerar.

Roleo

El muelle olía a salitre y a gasoil adulterado; la niebla se pegaba a la madera como una capa húmeda. Frieda Lannister-Vikary, envuelta en un abrigo oscuro que apenas delataba la insignia dorada en su pecho, avanzó sin prisa entre cuerdas tensas y faroles de gas que parpadeaban. A su lado, las vigas de hierro de los muelles crujían con el rumor de cajas y de autómatas porteadores; en el aire flotaba el aullido metálico de una locomotora de vapor que todavía no se decidía a partir.

El informante la aguardaba bajo un toldo raído, con la mirada acostumbrada a leer mareas y conspiraciones. Tenía las manos curtidas de quien remienda redes y de quien guarda secretos; sus palabras surgieron en voz baja, como si temiera que el propio mar escuchara. Le ofreció un nombre de astillero, el horario de una patrulla y una pequeña prueba —un dato que pudo verificarse con un telegrama antiguo—. Frieda lo escuchó sin mostrar el rostro; anotó la información con la templanza de quien sabe que la política se construye más con pruebas que con promesas.

Mientras hablaban, alrededor el muelle seguía su liturgia de hollín y hierro: jóvenes talladores de cuerdas fumaban en corrillos, un par de mechas menores silbaban en la bahía y una motora de contrabandista se disolvía en la penumbra con apenas un zumbido. Cuando el informante hizo su petición —una protección pública que no mencionó en voz alta, y un favor que solo la etiqueta podría cubrir—, Frieda sostuvo la mirada con la serenidad de quien entiende el precio de los favores.

Se despidieron con una señal casi ritual. Frieda se alejó por el muelle entre sombras que olían a petróleo y esperanza. En su libreta quedó el nombre, el astillero, la hora, y la conciencia de que la información, una vez en las manos poderosas, deja de ser mera noticia para convertirse en palanca: capaz de abrir puertas o resquebrajar lealtades.

Tres noches después, el informante volvió a buscar a Frieda en el mismo muelle, bajo una lluvia fina que hacía hervir el gas de los faroles. Su voz temblaba más por miedo que por frío.
—Dicen que Korl Greyjoy ha reunido clanes, máquinas y barcos —susurró—. Que planea un golpe en el continente. Nadie sabe dónde… ni cuándo. Solo que ha jurado que el hierro volverá a reinar.
Frieda lo observó sin pestañear, el agua resbalando por su abrigo oscuro.
—Rumores, nada más —murmuró.
Pero cuando el hombre se fue, ordenó en silencio un mensaje cifrado: “Vigilad el mar.”

Pues eso, el informante revela a Occidente que los Greyjoy están preparándose para entrar en el continente pero no sabe cómo pretenden hacerlo. No es que el informante hable de que es un proyecto ultrasecreto, es que no ha sido capaz de llegar tan lejos.