PoV
Valys Belaerys
La encargada de llevar a cabo la misión bajo su dirección.
Tokens
Embajada de Desembarco
Recursos de Desembarco para conseguir el objetivo de la misión
Estancias de Oponn
Desde las Estancias de Oponn se obtendrán favores de gente de Desembarco para conseguir el obejtivo.
Objetivo
Tener control de parte de la estación central de ferrocarriles para así poder tener una línea directa a envíos de tapadillo a quien se desee en un futuro. Y además, de los puertos, para tenerlo todo comunicado. Un canal seguro para EUE.
Misión
- Obtener información, secretos, ayuda de diversas gentes gracias a la extorsión por información desde las Estancias de Oponn.
- Tratar de obtener secuaces o gentes bajo el mando de Valys utilizando los recursos que tiene en la ciudad.
- Tener algunos maquinistas y gente relacionada con los ferrocarriles en la estación principal de Desembarco del Rey así como en los puertos.
Roleo
La noche había caído sobre Desembarco del Rey con una lluvia fina, una cortina translúcida que volvía difusas las luces eléctricas de la Puerta del Dragón. En el distrito industrial, donde el vapor se mezclaba con el olor a carbón y a aceite, el bullicio del día había sido reemplazado por el sonido constante de las locomotoras durmiendo entre los andenes. La Estación Central de la Corona, orgullo del Consejo Federal, parecía un monstruo dormido: un cuerpo de hierro y cristal con entrañas de cobre y fuego.
Era el lugar que Valys Belaerys había elegido. Y nadie, salvo ella y unos pocos en su embajada, sabía por qué.
En los salones del antiguo Palacio de Maegor, donde ahora se levantaba la embajada de los Estados Unidos de Essos, Valys había dispuesto un mapa desplegado sobre una mesa de ónice. Las líneas férreas de la ciudad —trazadas como venas sobre el papel— convergían todas en el mismo punto: la Estación Central. Allí, entre los muelles subterráneos y los túneles de carga, se movían mercancías, armas y secretos. Controlar ese flujo significaba controlar la respiración misma de Desembarco.- Los ferrocarriles no sólo transportan carbón.- Murmuró Valys, encendiendo un cigarrillo con un mechero de plata valyria.- También transportan silencios.
Su interlocutor, un hombre de rostro afilado y acento braavosi, asintió con cautela.- Y los silencios, embajadora, cuestan oro.
Valys sonrió sin apartar la vista del mapa.- No, amigo mío. Cuestan obediencia.
El hombre deslizó un sobre sobre la mesa. Dentro, documentos, nombres, deudas. El sello de las Estancias de Oponn brillaba en la cera roja. El emblema de los Bufones Mellizos del Azar era un recordatorio de que la fortuna no era más que una herramienta para quienes sabían apostar bien.
Valys había jugado con cuidado. A través de Gael Blackfyre, la Pantera de Lys, había hecho llegar promesas, amenazas y favores a media docena de funcionarios del Consejo Ferroviario de Desembarco. La mayoría habían aceptado sin resistencia: un puesto mejor, una deuda borrada, un secreto enterrado. Otros habían necesitado algo más contundente: una carta anónima, una fotografía robada en un burdel del puerto, un testimonio falso.
Los Oponn sabían dónde encontrar las debilidades de los hombres. Y Valys sabía cómo usarlas.- ¿Y qué haremos cuando empiecen a sospechar? —preguntó el braavosi.
Ella se encogió de hombros.- Dejar que lo hagan.- Respondió ella con una calma que rozaba el desprecio.- Nada es más útil que una sospecha bien dirigida.
Dejó el cigarrillo en el borde del cenicero y señaló tres puntos sobre el mapa.- Estos son los depósitos subterráneos. Aquí, las rutas de mantenimiento. Y aquí.- Sus dedos se detuvieron sobre una franja sin nombre.- Un pasillo de carga olvidado desde el incendio de hace treinta años. Nadie lo usa. Nadie lo vigila.
El hombre la observó, comprendiendo al fin.- Un conducto para sus… envíos.
Valys lo miró con una expresión impenetrable.- Para los envíos del futuro. Por ahora, sólo necesito que existan.
Se giró hacia la ventana. A lo lejos, el resplandor anaranjado del puerto se mezclaba con la niebla del río. Allí también había hombres que le debían favores: capitanes, inspectores, comerciantes que recibían cargamentos del Este y no hacían demasiadas preguntas.
El puerto y la estación, pensó. Las arterias y los pulmones de esta ciudad. Si controlo ambos, controlo el flujo. Y si controlo el flujo, controlo la respiración.
El sonido lejano de una locomotora rompió el silencio. Valys cerró los ojos un instante, escuchando el rugido del vapor.- Esta ciudad cree que el futuro llega por el cielo, en zepelines y discursos —susurró—. Pero el futuro viaja bajo tierra, entre humo y hierro.
Apagó la lámpara. El mapa quedó iluminado sólo por la brasa del cigarrillo, como un campo de líneas rojas palpitantes.
Afuera, la estación respiraba. Las locomotoras exhalaban vapor como bestias prehistóricas, y bajo sus suelos, en el laberinto de túneles olvidados, hombres de Valys ya colocaban las primeras marcas.
El plan había comenzado. Y nadie, ni siquiera los dioses del azar, sabían hacia dónde llevaría esa línea.