Las campanas de Puerto Gaviota repicaban bajo una lluvia fina, casi eléctrica. En la estación inferior del teleférico, dos figuras se confundían entre el gentío: Albar Inwell, el político socialdemócrata del Valle de tendencia comunista, y Kyra Shagga, la espía más sofisticada que la URSN había logrado infiltrar en el Valle, su cómplice y —a esas alturas— algo más. Llevaban días moviéndose entre sombras, cambiando de nombres, dejando migas falsas en cada taberna o posada. Pero sabían que el cerco se estrechaba. Ysilla Corbray no toleraba errores.
Desde una casa discreta frente al puerto, el Capitán Ren Ferren observaba con los prismáticos a través de las cortinas. Su interlocutor, un hombre delgado de mirada dura —uno de los agentes especiales del Servicio de Contrainteligencia del Valle—, murmuró sin apartar los ojos de los informes.
—Se mueven esta noche. El carguero Sweet Lament zarpa al amanecer rumbo a Norvos. Si embarcan, los perdemos.
Ren asintió con un gesto.
—Entonces no saldrán del puerto.
Kyra tiró del brazo de Albar hacia un callejón húmedo.
—No te pares —susurró—. Nos siguen desde el mercado.
—¿Cuántos?
—Dos, quizá tres. Pero parecen locales.
Albar, acostumbrado a los despachos de diplomáticos y las cenas de embajadores, se sentía torpe bajo la lluvia, su gabardina empapada y su mente girando entre rutas de escape.
—¿Y si intentamos el muelle sur? Hay un paso de carga sin registro, los estibadores nos deben favores.
Kyra negó con la cabeza.
—Ysilla compró a la mitad del puerto. Si aparecemos allí, no nos dejan ni respirar.
El eco de pasos tras ellos confirmó sus sospechas. Dos hombres, uno con impermeable negro, otro con gorra de pescador. Kyra desenfundó una pequeña pistola oculta en el corsé.
—Tú por la izquierda —murmuró.
El primer disparo resonó seco entre la lluvia. El hombre del impermeable cayó sin gritar. El segundo huyó, perdiéndose en la bruma.
En la sede de inteligencia en Arrynfort, Ysilla Corbray leía los informes mientras se quitaba los guantes. Su voz era un filo.
—Albar Inwell y Kyra Shagga. Los llamaban Zorro Blanco y Sombra Roja en los despachos del MI5 y el MI6. Han pasado meses infiltrando puertos, sindicatos y estaciones de radio.
—¿Cuál es la orden, mi lady? —preguntó su segundo, el inspector Maelor Stenn.
Ysilla se giró lentamente.
—Quiero a Inwell vivo. Shagga es prescindible.
Esa misma noche, los agentes del Valle desplegaron un cerco invisible alrededor de los muelles. Los equipos de detención iban vestidos de estibadores, marineros y prostitutas. En las tabernas, los rumores sobre espías del Norte crecían con cada vaso de ron.
Albar y Kyra se refugiaron en un almacén abandonado. El sonido de las olas chocando contra el muelle era casi hipnótico.
—¿Y si no lo logramos? —preguntó Albar, mirando la puerta cerrada.
Kyra sonrió con melancolía.
—Entonces habremos vivido más de lo que esperaban de nosotros.
Antes de que pudiera responder, la puerta saltó por los aires. Explosión controlada.
—¡Al suelo! —gritaron las voces del Valle.
Kyra disparó tres veces. Albar intentó correr, pero un proyectil lo alcanzó en el hombro. Cayó sobre un montón de redes, jadeando.
—¡No disparen! —gritó un agente— ¡La necesitamos viva!
El humo y el ruido lo envolvieron todo. Cuando la niebla se disipó, Kyra había desaparecido.
A la mañana siguiente, Ysilla Corbray observaba desde un balcón del cuartel costero cómo un convoy escoltaba a un prisionero vendado y maniatado hacia la fortaleza de vigilancia.
—¿Está confirmado? —preguntó sin girarse.
—Albar Inwell. Confirmado por huellas y código de transmisión.
—¿Y la mujer?
—Se arrojó al mar —respondió Maelor Stenn con sequedad—. Pero no hemos hallado el cuerpo.
Ysilla permaneció en silencio largo rato.
—Entonces no está muerta.
En la celda subterránea, Albar apenas podía levantar la cabeza. Un agente del Valle, con uniforme gris sin insignias, se sentó frente a él.
—Sabemos quién eres. Sabemos a quién respondes. Lo que no sabemos —dijo mientras encendía un cigarro— es cuántos más hay como tú.
Albar rió débilmente.
—Más de los que creéis.
El agente lo golpeó con calma, sin rabia.
—No te equivoques. Aquí, incluso los fantasmas del Norte cantan cuando el hielo se derrite.
Días después, un cadáver apareció en la playa del norte de Puerto Gaviota. No tenía rostro reconocible, solo una cicatriz en el hombro. Los informes oficiales confirmaron: “Inwell, ejecutado por intento de fuga”.
Ysilla Corbray leyó la nota sin pestañear, pero al margen escribió:
“Demasiado rápido. Verificar autenticidad del cuerpo.”
Esa noche, un pescador recogió en su red una caja metálica impermeable. Dentro, una carta escrita con letra apretada:
“Para el Comité del Norte. Caída inevitable. No volver. Ella sigue libre. —A.”
Semanas más tarde, en una taberna de Islas del Verano, una mujer de cabello oscuro y mirada cortante se sentó en la barra. Un marinero le ofreció una copa y bromeó sobre las tormentas del norte. Ella sonrió, con esa sonrisa que podía derretir acero.
—Dicen que el mar se traga lo que ama —susurró Kyra Shagga, mirando hacia la espuma—. Pero a veces… lo devuelve con intereses.
Y en los despachos de Ysilla Corbray, el nombre de Sombra Roja volvió a circular en los informes clasificados.
El juego, una vez más, había comenzado.
El token Mirlos del Valle sufre un punto de daño por la huida de Kyra. Has neutralizado a los espías de la URSN en el Valle. De momento, ya sabes.